WASHINGTON ¿QUÉ SERÁ, SERÁ?

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Philip Stephens*. La retirada estadounidense del compromiso global comenzó antes de la presidencia de Donald Trump. Podría seguir después de su presidencia. Sus raíces son el desencanto popular de la idea que Estados Unidos es Policía del Mundo con proteccionismo generalizado.

Muchos estadounidenses ven la política exterior como algo que practican las élites para el beneficio de las élites.

El peligro es que el país está al borde de un cambio generacional hacia el aislamiento comparable al de las décadas de 1920 y 1930. Tiene un serio problema con el extremismo de extrema derecha en  grandes comunidades de clase trabajadora de raza blanca. Otras democracias occidentales que dependen de EE.UU. para su seguridad debieran preocuparse por esta tendencia.

Si los demócratas quieren mantenerse en el poder, Biden necesita separar a los económicamente inseguros y descontentos de estos  teóricos de la conspiración.

La primera tarea ahora para el presidente es hacer que la política económica interna sea un éxito con el énfasis en ´económica´.

Si Estados Unidos quiere liderazgo en el extranjero, tiene que ser fuerte en casa. Biden hereda una economía devastada por la descontrolada pandemia de Covid que ha costado millones de empleos y abatido a innumerables pequeñas empresas.

Las decisiones importantes en materia de política exterior en sus primeros dos años serán sobre el tamaño de su plan de estímulo fiscal (tienen que ser grande) y su prometido programa de inversión en infraestructuras. Estas cosas llevan tiempo, pero los votantes se dan cuenta cuando los cimientos están en marcha.

Algunos podrían llamar a esto una política exterior de “EE.UU. primero”. Para Trump fue un lema poderoso, pero vacío. Para Biden, volvería a conectar los intereses de sus ciudadanos con la conducta del país en el escenario mundial.

Popularizar la política exterior no es fácil. Los vínculos entre la geopolítica y la seguridad personal no siempre son obvios. Quienes pierden en los acuerdos comerciales rara vez se sienten reconfortados por el hecho de que pueden haber producido grandes beneficios para la economía en general.

Los expertos en política exterior de Washington “anhelan meticulosos principios de organización” y piensan sobre “grandes estrategias”, señala un informe del Fondo Carnegie para la Paz Internacional. Pero la gran mayoría de los estadounidenses “se preocupan más por las amenazas inmediatas a su seguridad física y económica”. Los acuerdos comerciales que desestabilizan las industrias tradicionales deben estar estrechamente relacionados con los programas de regeneración económica social.

El informe Carnegie dice que las clases medias quieren que Estados Unidos ejerza el poder, pero con prudencia. Los días del aventurerismo militar extranjero han terminado. Ninguno de los enfoques principales actuales de política exterior –el internacionalismo liberal posterior a la guerra fría, el unilateralismo de EE.UU. primero, o la primacía de las política progresistas hacia el cambio climático, la justicia social y similares- es lo ideal.

La respuesta del informe es un enfoque que se basa en una economía más fuerte y más justa que a la vez encauza la política exterior hacia fines “menos ambiciosos”. La coherencia y la confianza son importantes para algo más que las grandes ambiciones. Pero EE.UU., como “un faro de esperanza” para el mundo, ha perdido gran parte de su brillo.

 

Philip Stephens* es editor de economía, editor político y editor de la edición del Reino Unido del Financial Times. Escribió Politics and the Pound , un estudio de la gestión de los tipos de cambio por parte del gobierno británico desde 1979 y una biografía de Tony Blair.