SALIR DE LA TRAMPA DE ARENA. Desafíos para la política económica y la cultura política argentina.

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Por: Maximo Merchensky. La pandemia del nuevo coronavirus sometió a las elites dirigentes de todo el mundo a una prueba novedosa, para la cual ningún evento anterior las había preparado.  Los gobiernos debieron tomar medidas sin información, contra un problema desconocido, de implicancias difíciles de determinar.  Rápidamente se advirtió que cada medida podía tener un impacto económico de proporciones extraordinarias, y a tono con esto y se desplegaron medidas anticrisis también inéditas.  Poco a poco se fue aprendiendo sobre el nuevo virus y los esfuerzos se concentraron en procurar la vuelta, lo más pronta posible, a una nueva normalidad.

El gobierno argentino, por su parte, se abrazó a la pandemia, que se convirtió en el objeto excluyente de la política pública.  El distanciamiento social, la política de “cuidar la salud de la gente” le granjeó rápidamente una altísima valoración.  Pero resultó una huida hacia delante: la cuarentena temprana, que al principio pareció un acierto, se extendió mucho más de lo previsto (terminó siendo la más larga del mundo), para mostrar al fin resultados entre mediocres y malos en su objetivo de contener la enfermedad, con un altísimo costo.  La parálisis de la actividad profundizó los serios problemas de la economía argentina, que venía de una crisis cambiaria (2018) y de casi una década de estancamiento.

En primer lugar, la oscilación pendular entre políticas económicas estatistas y modelos pro-mercado.  Este péndulo tiene raíces profundas en nuestra historia y se reproduce al menos desde la década del setenta del siglo XX.  En segundo lugar, la tensión profunda de reivindicaciones de diferentes sectores de la vida nacional, que se expresan y encuentran cauce, alternativamente, en esas políticas, pero que además signan el debate público, lo parcializan y lo radicalizan.  Y en tercer lugar, tal vez el más significativo, la ineptitud de la dirigencia argentina para encontrar una salida superadora a esta trampa y, por el contrario, su permanente reincidencia en las mismas políticas y el mismo sectarismo.

Tanto las políticas pro-mercado cuanto el estatismo han aparecido en coyunturas históricas concretas para responder a problemáticas puntuales.  Cada una de estas políticas pudo mostrar –en diferentes etapas y contextos mundiales– resultados satisfactorios por un tiempo.  Cada ciclo generó expectativa e ilusión, y se alimentó, al menos en parte, de la buena fe y la buena voluntad de los argentinos, que siempre apostaron a encontrar el camino del desarrollo.  En cada uno de estos períodos, la tensión de reivindicaciones sectoriales se encauzó momentáneamente, y el proyecto político de turno pudo consolidarse.  En la historia reciente, eso ocurrió con la Convertibilidad a mediados de los años 1990, y con el kirchnerismo al promediar la década del 2000.  Más tímidamente y por menos tiempo, también el gobierno de Cambiemos alimentó una expectativa importante, y se benefició provisoriamente de ella.

Nuestras crisis periódicas son muy agudas, profundas y destructivas.  Lejos de las alteraciones del ciclo ordinario que pueden mostrar otras economías del mundo, nuestro país se empobrece sin cesar en términos relativos.  Hasta mediados de la década del sesenta, Argentina peleaba por entrar al top ten de las diez economías con mayor producto bruto per cápita del mundo, y algunos años ingresaba en ese podio.  Desde entonces, no hizo sino retroceder y hoy se posiciona alrededor del puesto 67.  Tenemos el mismo producto per cápita que hace cincuenta años.  De la ilusión al desencanto, se profundiza la destrucción del tejido social y se frustra y revierte la movilidad social ascendente que caracterizó una vez a la sociedad argentina.  La pobreza aumentó del 5% de la población al casi 50%, y por eso las tensiones reivindicativas y las posiciones políticas sectarias se agravan y profundizan.

Como resultado de la crisis de este modelo pendular tenemos además un creciente lastre súper estructural.  Cada una de las políticas ensayadas no sólo afectó a la economía de determinado modo (con sus más y sus menos), sino que se incorporó al andamiaje institucional argentino, cristalizado en forma de leyes, regulaciones, impuestos, deducciones, etc., que nunca se derogaron completamente, sino que se han ido apilando una sobre otra, superponiendo y contradiciendo.

De las diferentes políticas quedaron sucesivas capas legales, normativas y regulatorias que conforman la maraña que son hoy el sistema tributario argentino, el sistema de coparticipación federal de impuestos, el sistema de regulación de entidades financieras y el mercado de capitales y de crédito, el sistema cruzado de subsidios y transferencias al sector privado, el sistema previsional y de protección social, por mencionar algunos.  Cada capa tiene implicancias de largo alcance.  Por un lado, traban la actividad económica, la dificultan o le agregan costos.  Por otro lado, al afectar recursos e ingresos, implican derechos que juegan en el campo de las reivindicaciones políticas, retroalimentando las tensiones que mencionamos más arriba.

La situación de la economía argentina es hoy de estanflación, y constituye un desafío especial porque las medidas pro-mercado que tradicionalmente se propusieron para contener o derrotar la inflación tienen un efecto contractivo, mientras que las herramientas fiscales que podrían dinamizar la actividad tienen consecuencias inflacionarias casi inmediatas.

Adelantamos al lector que el presente ensayo procura elucidar los elementos críticos del estancamiento de la economía argentina alrededor de una idea muy simple, que opera como su tesis de fondo: la crisis argentina es una crisis estructural, debida a la insuficiente capitalización de su estructura productiva.  Argentina nunca acertó a alentar procesos genuinos de inversión, continuados en el tiempo, con impacto real en la productividad del trabajo y la competitividad de la producción, factores centrales del desarrollo en el mediano plazo.  La crisis argentina es consecuencia de la ineptitud de la política económica en las últimas cinco décadas para impulsar y sostener en el tiempo un proceso de inversión y capitalización.  O puesto en términos políticos, la ineptitud de la dirigencia argentina para administrar los conflictos redistributivos y al mismo tiempo privilegiar el proceso de inversión y capitalización requerido para que la economía crezca (que naturalmente sustrae recursos a la puja de distribución del ingreso).

En este punto vale señalar que, por supuesto, las pujas distributivas no constituyen un problema en sí mismas.  El juego de reivindicaciones sectoriales tiene en política la misma importancia que el juego de oferta y demanda en el mercado de bienes y servicios.  Así como de la interacción en el mercado surge el precio de los bienes, que sirve en las economías modernas como el más eficaz índice para la asignación racional de los recursos, así también de la discusión de las reivindicaciones sectoriales debieran surgir los acuerdos que funcionen como índices de comportamiento, los términos de la convivencia política.  Pero para esto, los participantes del juego deben preocuparse, en todo momento, de velar por la salud de la economía y promover su crecimiento.  Aquí es donde los argentinos realmente fallamos.

Los grandes debates que tenemos pendientes (la estructura tributaria argentina, el régimen de coparticipación federal, el régimen previsional, la legislación laboral, el dispositivo de protección social) debieran también ser enfocados bajo un nuevo prisma, apuntando a resolver no sólo el financiamiento de las urgencias sino la sustentabilidad integral de cada uno de estos sub-sistemas en un modelo de desarrollo consistente, congruente, sustentable, que permita bancarlos.

A esta altura de la crisis resulta evidente que no hay atajos, que no hay herramientas mágicas para enderezar el rumbo, y que la economía argentina no tiene con qué crecer si no se privilegia la inversión de riesgo en el sector productor de bienes y servicios.

La dirigencia política le debe a los argentinos una tarea que le es exclusiva, que sólo ella puede encarar y resolver: poner fin a la confrontación sectaria, empalmar los intereses particulares, las reivindicaciones sectoriales puntuales de todos los actores de la vida nacional y alinearlos detrás de una política económica de desarrollo; un sistema consistente, ordenado, claro, no contradictorio de incentivos y penalidades que alienten la inversión masiva, pública y privada, en todos los rubros de la economía.

Ese es el acuerdo que hay que lograr, tal es el objetivo que tiene que aunar la vocación y los esfuerzos de los argentinos, que puede ayudarnos a reformular los viejos problemas –es decir formularlos de nuevo, sin preconceptos sectarios y abarcando al conjunto de intereses en juego- encontrar tareas comunes, cerrar la grieta y permitirnos trabajar juntos.  En las próximas páginas trataremos de exponer los diferentes aspectos de esta tarea.