¿QUEREMOS UNA PATRIA COMUN?

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Lourdes Puente* La globalización desafió a los Estados creando una nueva ciudadanía: el ciudadano del mundo. El pasaporte para ella, exige, sobre todo, la capacidad económica de viajar, más aun, de poder vivir en cualquier parte del mundo. No es para todos.

Alexander Gorlach, en la introducción de una publicación sobre identidad que presentó Konrad Adenauer, citaba a David Goodhart con dos conceptos que son muy útiles para explicar las sociedades de esta aldea global.
Aquellos que pertenecen al grupo de los en cualquier lugar (anywhere) y aquellos agrupados bajo la categoría de en algún lugar (somewhere). Los primeros serían los más parecidos a los que mencionaba como ciudadanos del mundo. Los que viajan, viven en ciudades, hablan diversos idiomas, enfrentan todo el tiempo lo diferente. Los de algún lugar, son para él, los que generalmente viven en zonas rurales, rodeados siempre de las mismas personas y haciendo siempre las mismas cosas. Con esta diferencia podemos explicar la grieta, entre los actuales “conservadores” o “nacionalistas” que defienden los valores tradicionales y los globalizados o ciudadanos del mundo que plantean la diversidad y la apertura.
Este clivaje subyace en casi todos los países del mundo, no importa la cultura. Los nacionalismos extremos encuentran en esto una de sus explicaciones.
Los globalizados no se sienten parte del destino del lugar donde nacieron. Hablan de su país generalmente en tercera persona. Los “somewhere”, reaccionan ante la globalización queriendo cerrar puertas y ventanas, y reivindicando una identidad que ya no tienen ninguno de sus vecinos de las ciudades.
Pero estas categorías no agotan las sociedades actuales, y menos las de nuestra querida región. Hay un número creciente de ciudadanos que está fuera del sistema. No sienten que su destino vaya con el de la comunidad en la que viven o en la que tuvieron que vivir por necesidad. Por el contrario, no sienten que esa comunidad las contenga y les brinde oportunidades.
Ninguno de estos grupos atravesados por la globalización se sienten parte de una comunidad, ni creen que vivir juntos tenga algún sentido. Los emociona quizás cierto folklore y tradición común, o los embandera una camiseta en un mundial. Pero la vida personal de cada uno no se siente ligada al destino de ese colectivo otrora llamado Patria.
Rota esa convicción que vale la pena vivir juntos, los Estados hacen malabares por sostener en instituciones de otra etapa, una sociedad empoderada y fracturada. Los intereses de las partes se globalizan también, y cobran una fuerza que pelea con el Estado de una manera muchas veces desigual, sobre todo con los nuestros, de instituciones más frágiles.
Y la política, esa profesión cuya misión es conducir ese vivir juntos, se convirtió en un sector más. Peleando espacios y lugares de poder, y alejándose mucho de quienes dicen representar y debe conducir.
¿Queremos vivir juntos argentinos y argentinas? ¿Queremos que haya una Patria común que contenga a todo habitante de nuestro suelo?
La pandemia funciona como oportunidad para contestar esta pregunta en el hacer, aquí y ahora. La oportunidad de recrear el vivir juntos. El vivir juntos como país, y el vivir juntos entre naciones como sociedad global. ¿Qué más que esta pandemia para comprender que solo no se salva nadie? Que es entre todos y con todos.
¿Hay ingenuidad en sumar al que está en las antípodas de mi pensamiento? ¿Hay alguna otra manera de recrear la vocación de vivir juntos si no es sabiendo que ese “juntos” nos contiene a unos y a otros? No existe más la posibilidad de acordar un discurso homogéneo. Ya somos sociedades diversas. Solo puede unirnos un destino común. Y la convicción que podemos hacerlo juntos. Donde cada actor de cada comunidad se sienta parte, se involucre. Sector público, sector privado y el tercer sector. Que todo ciudadano y ciudadana sienta que ese barrio, esa ciudad, ese país, se hace con él o con ella, o no se hace.
Señor o señora intendente, señor o señora gobernadora, señor o señora en la oposición, deje de buscar la parte, júntese con los otros actores de su propia comunidad, anímese a sumar al ciudadano, y cumpla con su profesión, póngase al servicio de encontrar y recrear ese horizonte que nos hace creer que vale la pena juntos.
No hay destino común si dejamos hermanos o hermanas afuera. Y eso cuenta para Argentina, para la Patria Grande y para la aldea global en la que nos convertimos. No es un problema moral sino un desafío humano.

*Directora de la Escuela de Política y Gobierno de la Facultad de Ciencias Sociales, UCA.