PRONOSTICO SOMBRÍO

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Francis Fukuyama- Las grandes crisis tienen consecuencias importantes, imprevistas. La Gran Depresión estimuló el aislacionismo, el nacionalismo, el fascismo y la II Guerra Mundial. También condujo al New Deal, al ascenso de Estados Unidos como superpotencia mundial y, finalmente, a la descolonización.

Ya está claro por qué algunos países han tenido mejores resultados que otros en la lucha contra la crisis. Hay razones de sobra para pensar que esas tendencias continuarán. No se trata de una cuestión de tipo de régimen. Algunas democracias se desempeñaron bien, otras no. Lo mismo ocurre con las autocracias.

Los factores responsables del éxito de las respuestas a la pandemia han sido la capacidad del Estado, la confianza social y el liderazgo. Los países que han limitado el daño con un buen aparato estatal, un gobierno en el que los ciudadanos confían y escuchan, y líderes eficaces- han tenido un desempeño impresionante y limitado el daño. Los países con estados disfuncionales, sociedades polarizadas o liderazgo deficientes han tenido un mal desempeño dejando a sus ciudadanos y economías expuestos y vulnerables.

Cuanto más se aprende sobre COVID-19, la enfermedad causada por el novedoso coronavirus, más parece que la crisis se medirá en años en lugar de cuatrimestres. El virus parece menos mortal de lo que se temía, pero es muy contagioso y a menudo se transmite de forma asintomática. El Ébola es altamente letal pero difícil de contagiar; las víctimas mueren rápidamente, antes de que puedan transmitirlo.

El COVID-19 es lo contrario: la gente tiende a no tomarlo tan en serio como debiera: se ha propagado -y seguirá haciéndolo- por el mundo causando un gran número de muertes.

Nunca los países van a declarar la victoria sobre la enfermedad; las economías se abrirán lenta y tímidamente, y el progreso se verá frenado por las posteriores oleadas de infecciones. Las esperanzas de una recuperación en forma de “V” resultan demasiado optimistas. Lo probable es que sea una “L” con una larga cola curvada hacia arriba o una serie de “W”. La economía mundial no volverá en un futuro cercano a su estado anterior a la enfermedad de COVID-19.

Una crisis prolongada significará fracasos empresariales y devastación para sectores como centros comerciales, cadenas minoristas y turismo. Los niveles de concentración del mercado en la economía de Estados Unidos han aumentado durante décadas y la pandemia impulsará aún más la tendencia. Sólo las grandes empresas podrán capear el temporal y los gigantes de la tecnología serán los que más ganen, ya que las actividad digital es cada vez más importante.

Las consecuencias políticas serán significativas. Los pueblos pueden ser convocados a actos heroicos de autosacrificio colectivo por un tiempo, pero no para siempre.

Una epidemia persistente combinada con profundas pérdidas de empleos, recesión prolongada y carga de deuda sin precedentes con  tensiones que se convertirán en una reacción política, aunque no esté claro todavía contra quién.

La distribución mundial del poder seguirá desplazándose hacia el Este,  Asia oriental ha manejado mejor la situación que Europa o Estados Unidos. Aunque la pandemia se originó en China y Beijing inicialmente la encubrió y permitió que se extendiera, China se beneficiará de la crisis, al menos en términos relativos. Como ocurrió, otros gobiernos al principio actuaron mal y trataron de encubrirla también, de forma más visible y con consecuencias más mortales para sus ciudadanos. Por lo menos Beijing ha podido recuperar el control de la situación y avanza hacia lograr que su economía funcione con rapidez y sostenible.

Estados Unidos ha fallado en su respuesta y han visto su prestigio caer. El país tiene un enorme potencial de acción estatal y ha acumulado un historial impresionante frente a previas crisis epidemiológicas. Su sociedad altamente polarizada y su incompetente líder impidieron que el Estado funcionara con  eficacia. Su Presidente avivó la división en lugar de promover la unidad, politizó la distribución de la ayuda, responsabilizó a los gobernadores de la adopción de decisiones clave, alentó las protestas por proteger la salud pública, y las instituciones internacionales en lugar de incentivarlas.

En los años venideros, la pandemia podría dar lugar a una disminución relativa de Estados Unidos, a la erosión del orden internacional liberal y al resurgimiento del autoritarismo en todo el mundo. También podría conducir a un renacimiento de la democracia liberal, un sistema que ha confundido muchas veces a los escépticos y mostrado notables poderes de resistencia y renovación. Surgirán elementos de ambas visiones, en diferentes lugares. Desafortunadamente, a menos que las tendencias actuales cambien, el pronóstico general es sombrío.

Los resultados pesimistas son fáciles de imaginar. El nacionalismo, el aislacionismo, la xenofobia y los ataques al orden mundial liberal han ido en aumento durante años, y esa tendencia sólo se verá acelerada por la pandemia. Los gobiernos de Hungría y Filipinas aprovecharon la crisis para dotarse de poderes de emergencia alejándose aún más de la democracia. Muchos otros países, entre ellos China, El Salvador y Uganda, han adoptado medidas similares.

Han aparecido barreras al movimiento de personas en todas partes, incluso en el corazón de Europa: países encerrados en sí mismos, se pelean y tratan a sus rivales de chivos expiatorios políticos de sus propios fracasos.

El auge del nacionalismo aumentará la posibilidad de un conflicto internacional. Los líderes pueden ver las disputas en el frente externo como distracción de política interna, o sentirse tentados por debilidad de sus oponentes a aprovechar la pandemia para desestabilizar a sus rivales preferidos, o crear nuevos conflictos. La fuerza estabilizadora de las armas nucleares y los desafíos comunes a que se enfrentan todos los principales actores, la turbulencia internacional es menos probable que la nacional.

Los países pobres con ciudades abarrotadas y sistemas de salud pública débiles se verán muy afectados. No sólo el distanciamiento social, sino también la simple higiene, como el lavado de manos, es extremadamente difícil en países donde muchos ciudadanos no tienen acceso regular al agua potable. Y los gobiernos a menudo han empeorado las cosas en lugar de mejorarlas, ya sea por diseño, por incitar a las tensiones comunales y socavar la cohesión social, o por simple incompetencia.

India, por ejemplo, aumentó su vulnerabilidad al declarar un cierre repentino en todo el país sin pensar en las consecuencias para las decenas de millones de trabajadores migrantes que se hacinan en todas las grandes ciudades. Muchos se fueron a sus hogares rurales y propagaron la enfermedad por todo el país; una vez que el gobierno cambió su posición y empezó a restringir el movimiento, quedaron atrapados en las ciudades sin trabajo, refugio o atención.

El desplazamiento causado por el cambio climático ya era una crisis de lenta evolución que se estaba gestando en el Sur global. La pandemia agravará sus efectos llevando a grandes poblaciones de los países en desarrollo cada vez más cerca del borde de la subsistencia. Y la crisis ha aplastado las esperanzas de cientos de millones de personas de los países pobres que se han beneficiado de dos decenios de crecimiento económico sostenido.

La indignación popular aumentará, y frustrar las crecientes expectativas de los ciudadanos es, en última instancia, una receta clásica para la revolución. Los desesperados tratarán de emigrar, los líderes demagógicos explotarán la situación para tomar el poder, los políticos corruptos aprovecharán la oportunidad para robar lo que puedan y muchos gobiernos tomarán medidas drásticas o se derrumbarán.

Mientras tanto, una nueva ola de intentos de migración del Sur global al Norte se enfrentaría esta vez con aún menos comprensión y más resistencia, ya que los migrantes podrían ser acusados ahora de manera más creíble de traer enfermedades y caos.

Por último, las apariciones de los llamados cisnes negros son por definición impredecibles pero cada vez más probables cuanto más lejos se mire. Las pandemias pasadas han fomentado visiones apocalípticas, cultos y nuevas religiones que crecen en torno a las ansiedades extremas causadas por las dificultades prolongadas. El autoritarismo, de hecho, podría ser visto como un culto de este tipo, que surge de la violencia y la dislocación engendrada por la Primera Guerra Mundial y sus secuelas.

Las teorías de la conspiración solían florecer en lugares como el Medio Oriente, donde la gente común estaba desempoderada y sentía que le faltaba protagonismo. Hoy en día, también se han difundido ampliamente en los países ricos, gracias en parte a la fractura del entorno mediático causada por Internet y los medios sociales, y es probable que el sufrimiento sostenido proporcione un material rico para que los demagogos populistas lo exploten.

 

Francis Fukuyama Ha escrito sobre una variedad de temas en el área de desarrollo y política internacional. Su libro El fin de la Historia y el último hombre, publicado por Free Press en 1992, se tradujo a más de 20 idiomas.