PRISIONEROS EN EL TIEMPO.

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Ferdinand Amunchásteguy. Los días del encierro han concluido y sin embargo, la sensación de continuar prisioneros se mantiene en el tiempo. El ánimo de los que habitan la ciudad no ha mejorado y, en verdad, no existe motivo para que ello suceda. Hace una semana lo que alimentaba la inquietud era la posibilidad de un contagio vertiginoso del que parecía que no podíamos escapar, ahora, superado ese primer temor, la incertidumbre continúa tratando de saber qué ocurrirá con aquellos que   deben recibir una segunda dosis que se encuentra ausente,  En realidad estas situaciones, directamente vinculadas a la Pandemia, casi resultan menores, frente a las situaciones que habrá de transitar el pueblo de esta Nación.

La caída de la actividad económica, nuestro endeudamiento con el mundo, difícil de saldar, la confusión política en la que nos encontramos y el incierto destino de nuestras instituciones son los hitos que han de marcar el camino por el que habremos de transitar.

Mientras tanto, distintos pasos de comedia se desarrollan frente a nuestros ojos marcando la decadencia por la que atravesamos.  Nuevamente se ha replanteado el dilema de las clases presenciales que, se asegura, poseen una eficacia sensiblemente superior al de las «no presenciales». Sin embargo en estos días, una representante de la educación convencional y conductora de un noticiero, sorprendió -por lo menos a algunos- anunciando la muerte de William Shakespeare ocurrido solo unos días antes, presentándole como el primer vacunado de coronavirus en el Reino Unido a más de icónico escritor de su lengua. Tan prolongada vida hubiese hecho famoso, de todos modos, al escritor que, lamentablemente para la periodista, había decidido abandonarnos unos siglos antes.

Este episodio menor, sin embargo, solo expone el torpe modo en el que los argentinos desarrollamos nuestras vidas, apartándonos del camino por el que una vez transitamos, para nuestro orgullo y la envidia de muchos de nuestros vecinos. Descreemos de nuestras Instituciones y cuestionamos su actividad alzando la voz, nuestra forma de exponer otras ideas consiste en movilizaciones carentes de contenido y en ruidosas expresiones que solo reflejan frustraciones. Todo aquello que brillaba se ha opacado y parece que ignoramos el modo de recuperar el tiempo perdido.

Nuestras contradicciones se advierten a diario, y perdemos la oportunidad de alcanzar objetivos que podemos compartir y que, más tarde o más temprano pueden alcanzarse. Por estos días, dos episodios distintos dan razón a nuestros dichos, mientras localmente vemos avanzar la inseguridad y los episodios violentos, la justicia decide condenar al policía Chocobar y al mismo tiempo se realizan muchos procedimientos en barrios de emergencia que, en apariencia, desarticulan organizaciones dedicadas al narcotráfico, aunque la búsqueda de «Dumbo», uno de sus cabecillas,  resulta  llamativamente infructuosa. Mientras adherimos al reproche que algunos países le hicieron al Estado de Israel por su forma de repeler los ataques provenientes de Gaza, al mismo tiempo retiramos la denuncia contra el régimen de Venezuela por violación a los derechos humanos.

Todo es confuso como nuestro futuro, hemos perdido claridad para conocer si pertenecemos a un país rico por sus recursos, o si el 60 por ciento de pobreza indica lo contrario, Creemos respetar la ley pero no dudamos en hacer justicia  por mano propia, Casi podríamos afirmar que como pueblo podemos representar a Jekill y a Mr Hyde ya que encarnamos las antitéticas conductas que parecen convertirse en nuestro genoma degradado.

El deterioro institucional por el que transitamos, no escapa a ninguna ideología pues es esencial a nuestra personalidad y marca el fin de una realidad. O recuperamos la llama de que nos iluminó en el pasado o nos someteremos a la oscuridad que se avecina.

Debemos despertar; dejar de lado las ambiciones personales e intentar avanzar hacia el lugar que presumimos que nos corresponde, pero respecto del que no hacemos nada para alcanzar; es imprescindible que, abandonando las posturas personales, construyamos un futuro posible que encierre nuestras virtudes y deje de lado lo que hoy nos separa. Es hora que los Argentinos entendamos que somos uno y, que solo así, juntos, podremos avanzar. No debe existir una grieta, no puede haber una diversa concepción de la Nación, el preámbulo de la Constitución que recitaba Alfonsín en su campaña, hoy conserva los principios que pueden traer el bienestar para estas tierras.