PAYASO DE CUMPLEAÑOS.

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Por: Luis Tonelli. La cuestión del asalto al Estado por parte de los grupos privados siempre estuvo centrada especialmente en el lobby corporativo empresario. Incluso hubo ingeniosas teorías marxistas que sostenían porqué los Estados capitalistas combatían de algún modo esa intrusión; dado que pese a ser el Estado burgués “la oficina que representa los intereses capitalistas” había una racionalidad colectiva que le era propia para actuar en contra de los capitalistas privados para que capitalismo en general no entrara en crisis. De allí la idea de “autonomía relativa del Estado”.

Sin embargo, la idea del Estado como árbitro, (aunque sea con los dados cargados) en los conflictos importantes para el funcionamiento social, es algo compartido por diferentes posturas ideológicas, salvo obviamente los anarco liberales que consideran que el Estado es el causante de todos nuestros males presentes y futuros.

En la Argentina vivimos un fenómeno intrigante: todos estamos a favor de que las cosas cambien pero todo sigue igual (y para peor). Todo gobierno que llega puede hacer cualquier cosa, menos cambiar “la forma de hacer las cosas” en el país. Y eso más allá de los votos que obtenga o la situación de bonanza por la que disfruta -o la crisis que sufre.

En ese punto estamos claramente frente a un equilibrio, dirían los economistas. O los politólogos setentistas, frente a un empate social y político. El empate entre dos sectores antagónicos, en un juego de suma cero, en donde cada sector encarna dos proyectos de país diferentes. Uno ligado al sector agroexportador (el que produce dólares, digamos). Y, otro, ligado a los sectores que dan trabajo, digamos. El sector financiero pescaría en uno y otro bando, aunque siempre es demonizado según donde uno se pare.

Hechos interesantes, de los tantos que uno puede citar, es que los protagonistas de semejante confrontación tectónica en la Argentina integren, conviviendo afablemente, el directorio de asociaciones varias, vivan en los mismos countries se comporten como buenos vecinos, y hasta jueguen al golf junto (cosa que, demás está decir, hacen junto a ellos, unos cuantos sindicalistas y políticos que disfrutan de ese lifestyle).

Está bien que lo cortés no quite a lo valiente, pero no quiero terminar tan pronto el artículo y reducir todo a una cuestión de reglas de etiqueta y civilidad. Me parece en cambio, que, en el país de la Grieta, de la Des-Unión, en donde el corto plazo ya es largo plazo, donde no hay políticas de estado, y todo es desencuentro, existe un consenso implícito formidable.

Tanto es así que ese consenso se ha vuelto “the only game in town”. El mecanismo no tiene nada que no sabemos. Toda vez que nuestros intereses se vean afectados ya sea por el Gobierno mismo, por nuestros antagonistas, por cuestiones epidemiológicas, atmotsfericas, o de invasiones marcianas, recurrimos al Estado (y ni que hablar cuando nuestros intereses pueden ser favorecidos por el Estado).

Hasta aquí, no he dicho ninguna novedad para cualquier observador del capitalismo. Se dirá, “el Estado es bombardeado por los lobbys, y él finalmente arbitra entre estos conflictos”. Pero, el problema radica en que el Estado argentino no arbitra nada. Tiene “el sí fácil”. Por las razones que sea: falta de institucionalidad, corrupción, desidia, falta de formación, acción intrusiva de los actores, etc. Etc.

Cuestión resumida en la conocida frase “si el ajuste no se hace, lo hará la crisis” (verbigracia, lo que ha sucedido con la crisis desatada por la pandemia y que ha permitido licuar mucho del déficit, especialmente el previsional). Lo que es una demostración palmaria de la falta de autonomía estatal. Por supuesto que hay “no” específicos y relativos, pero el empate hegemónico no es incompatible con esta perspectiva del Estado débil. Al no haber la insitucionalidad propia de un sistema con una hegemonía social determinada, el Estado hace como los perros de mi barrio, que le ladrán y le mueven la cola cualquiera que pasa.

Saber cuándo empezó todo solo importaría a la historia, si no fue que se volvió un mal ejemplo exitoso que todos finalmente tratamos de imitar, y nadie puede apartarse sin sufrir las consecuencias de ese acto unilateral (diría Russell Crowe, ah no, perdón, John Nash).

La constitución de 1853 institucionalizó el conflicto entre Buenos Aires y el resto de las provincias, pero no arbitrándolo, sino dándole una “solución estructural”, que ha ido agravando el problema. Las provincias interiores elegían al presidente y este disponía, según el artículo 4 de los impuestos a la exportación o importación.  Y a los gobernadores se les dio senadores pero también diputados, que en vez de representar a la Nación, representan los deseos del gobernador que los metió en su lista. Desde mediados de siglo, a las provincias pobres se le fue agregando otro problema mayúsculo: el conurbano.

Es más fácil quedar bien con el mandamás de turno y levantar las manitos para votar sus iniciativas, que atraer inversiones. Y encima, eso puede reducir la dependencia del electorado propio, ligado al empleo público y a subsidios.

Todos siguieron ese modus operandis, y ahora el Estado es un paya

so de cumpleaños. Le da todos los caramelos a los chicos que lloran (algunos, grandulones y ricos) y cuando se les acaban, le pide al papá que le compre más, que es el mismo de siempre.