PANDEMIA Y PODER.

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Abadi, Faur, Abadi*. Las relaciones de poder que atraviesan nuestra vida relacional, desde los vínculos más cercanos hasta los más alejados y, por lo tanto, en todas las áreas de nuestro quehacer, han tenido diversas e importantes manifestaciones en esta encrucijada inédita que significa la actual pandemia.

Las primeras minimizaciones tenían la pretensión de negar su existencia a través del mecanismo de la ignorancia, aunque la evidencia del virus-enfermedad, de indudable gravedad, generó una sorpresa inquietante. Muy pronto la sorpresa derivó en ansiedad, búsqueda de respuesta y tensión. Por lo tanto, no se hizo esperar la angustia con su cortejo sintomático característico y la verdad abriéndose entre mecanismos de la defensa de distinta índole.

Para citar solo algunos de ellos: el banal descreimiento, la negación en su forma más variada, racionalizaciones que apelaban al pensamiento mágico, teorías persecutorias que diagnosticaban conspiraciones de todo tipo, hasta las mismas desmentidas que llegaron, incluso, al más llano repudio de la realidad. La omnipotencia y la pretensión de invulnerabilidad del sujeto de la razón demostró ser una ficción. Ya no era invencible y el sentimiento de fragilidad, debilidad e insuficiencia fue enorme.

El ocaso de los dioses

El PODER estaba en otro lado. Ahora estaba alojado en el virus. El derrumbe narcisista que provocó la aparición de esta enfermedad hizo pensar que ese poder podría estar en muchos lugares distintos en el futuro, pero ya no en el nuestro.

La ansiedad se generaba frente a esta incertidumbre. ¿Era recuperable? ¿Volveríamos a ser dueños de esa fantasía controladora y omnipotente donde el sujeto de la razón gobernaba el planeta? ¿Y si lo fuera, sería de una dimensión suficiente? Tal vez había concluido un tiempo socio- histórico donde imperaba una versión todopoderosa de hombres y mujeres. Una versión en la que pretendían haber ocupado el trono de los Dioses del Olimpo y desde allí aspirar como aquellos a una próxima inmortalidad.

En el ámbito de la política, la crisis de poder suscitó un impacto contundente. La credibilidad y la autoridad de muchos dirigentes de todas partes del mundo se ocuparon y en algunos casos llegaron a desvanecerse de un modo definitivo. No solo porque algunos instalaron una comunicación realmente deficitaria, sino porque también proclamaron promesas que no pudieron cumplir. El incumplimiento tomó las falsas promesas que no pudieron cumplir. El incumplimiento tomó las falsas promesas como mentiras y el fracaso que testimoniaron muchos de los resultados obtenidos les hicieron perder nada menos que la confianza. En ese punto queremos detenernos. La confianza y el respeto son esenciales en estos tiempos críticos, por lo tanto, agregamos a nuestro punto, por supuesto, el PODER. El Cobid-19 se convirtió en una amenaza constante que no daba tregua al peligro de contraer la enfermedad.

El derrumbe narcisista que provocó la aparición de esta enfermedad hizo pensar que ese poder podría estar en muchos lugares distintos en el futuro, pero ya no en el nuestro.

Quiero señalar otro enfrentamiento, cuyo significado circula escondido y que se traduce en una conducta encubridora: me refiero a la desobediencia a las restricciones y los protocolos. La intención en destronar del poder al virus en un combate inconsciente parece decirle: “no te tengo miedo, te desafío, no me quedo encerrado porque todavía yo preservo el poder”.

Hacer consciente la dinámica evita comportamientos autodestructivos. Si rescatamos el criterio de realidad y el miedo útil, esto permitirá elegir el camino que cuida, protege y maneja el poder como verbo y no como sustantivo. Vale decir, el poder generativo, creativo y aliado y no el poder autoritario, narcisista y opresivo.

Otro aspecto ligado a esta temática es el mundo de las redes sociales. Todos son dueños de aquello que antes pertenecía a unos pocos. Lo íntimo, lo privado, el secreto, circula sin que pueda ser detenido ni controlado. Los dueños del poder han perdido la exclusividad de su trono. Noticias (falsas, fake news o verdades), teorías, especulaciones con mayor o menor fundamento, se suceden ininterrumpidamente y todos se convierten en difusores y receptores de lo que cualquiera, con mayor o menor resonancia, quiera publicar. Un tablero donde las fichas definitivamente han cambiado su lugar.

Por lo tanto, todos tienen poder y nadie lo tiene. Esto ha jerarquizado una nueva forma de poder grupal, que deberíamos empezar a estudiar con más dedicación. Desvestido de su pretensión autoritaria, narcisista y absoluta, este poder grupal se reubica en un terreno todavía lleno de incógnitas.

No cabe duda de que, en este replanteo de valores, lugares y jerarquizaciones, y nada menos que referentes, el poder ha sufrido significativas metamorfosis; y no cabe duda tampoco de que uno de los elementos que ha impulsado este movimiento ha sido el estallido de esta pandemia.

José Eduardo Abadi, Patricia Faur y Barbara Abadi son los autores de “Y el mundo se detuvo”. Editorial Grijalbo