NO SE TRATA DE PINTURA

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La valoración de las bellas artes responde a su calidad emocional y técnica pero se multiplica por otros factores: un mercado que garantiza la salvaguarda de los inversores o que promueve el poder y prestigio de personas o entidades poderosas. Eso lo entendió el Vaticano, Napoleón, Hitler, Rockefeller, que sucedieron a la obra pública colosal de griegos y romanos.

El estallido de la Revolución Industrial engendró un nuevo género: voraces capítalistas, deseosos de reconocimiento público, tanto por su flamante refinamiento como su resplandeciente riqueza.

La vida moderna abandonó los espacios monumentales por casas suntuosas. Rescacielos y de vez en cuando magníficos museos. Allí donde se albergan las pinturas.

Los espacios públicos se resignan a su destino de jardines. Pero algo está cambiando. Las esculturas de arte moderno crecen en interés y valor.

Alberto Giacometti, con sus refinadas siluetas alcanzan los u$s 140 millones; Amadeo Modigliani, conmueva con esos rostros en piedra (50 millones). Edgar Degas, con su bailarina adolescente, va por los 20 millones. Los móviles de Alexander Calder, seducen a los asiáticos (unos 18 millones por sus obras. Los delicados Brancusi atraen en todo el mundo.

Damian Hirst insiste en exhibir sus animales en formol. Cuestan hasta 17 millones de dólares. Algunos bichos se desintegran pero no hay problema: al comprador se los repone.

Sería injusto pasar por alto la obra de Takashi Murakami, en Japón. Y también sería injusto no recordar no solo al gran escultor argentino Curatella Manes, sino a los hombres de gobierno del siglo pasado que supieron instalar en la querida Buenos Aires, estatuas que todavía reclaman nuestro amor y cuidado.