NADA QUE DECIR

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Ferdinand Amunchásteguy. Los comentarios de esta semana podrían ser los más sencillos de abordar, con solo dedicarnos al sobreseimiento dictado en favor de la Vicepresidente y sus compañeros de ruta durante la gestión en la que ejerció la Primera Magistratura.   Lagos párrafos podrían dedicarse a la trayectoria de los Jueces que decidieron la cuestión, su  pasado y sus origines, como también el hecho singular de que haya sido una mujer quien se opuso, con argumentos de peso,  a consolidar la lo que muchos vieron como un acto de impunidad.

Luego de esa opinión general y casi política de la cuestión, existirían cientos de argumentos jurídicos, en uno y otro sentido, que autorizarían a cuestionar la decisión y extender en largos párrafos los comentarios sobre la misma. Porque dictar un sobreseimiento,  que hará cosa juzgada sobre los sucesos similares que se juzgan en otros expedientes, y no solo hacer lugar a la excepción de “Litis pendencia”?.  Los porqué podrían multiplicarse al infinito -y estas líneas también- y solo arribaríamos a un único destino : el escaso valor que hoy habita en nuestro país y el poco respeto a las Instituciones  y sus incumbencias.

Casi no es importante detenerse a analizar la corrección o no del pronunciamiento, ya que se vuelve necesario bucear en las razones que permiten que alguien pueda sustraerse al proceso en el que podrá demostrar su inocencia si fuere el caso. Tampoco es menor el hecho de los personajes que se ven involucrados en este pronunciamiento, ya que si se tratase de ciudadanos ignotos, seguramente,  pocas suspicacias se despertarían por lo ocurrido pero, siendo quienes son los involucrados,  un cierto sabor amargo se desliza por nuestras gargantas haciéndonos sospechar que todo no resulta tan obvio como se lo presenta.

Pero entonces, si de ello no hemos de hablar, a que nos referiremos?  No es difícil advertir que este país es una inagotable fuente de argumentos para cualquiera que intente escribir sobre sus habitantes Podríamos dedicarnos  a la seguridad,  tan maltrecha en estos días, en los que nos apabullen las cámaras esparcidas por distintos lugares, mostrándonos los hechos violentos que suceden a diario y que miramos ya, con la naturalidad que nos brindan los hechos cotidianos.

Podríamos también destinar una líneas –o largas parrafadas- al alarmante crecimiento del narcotráfico en la ciudad de Rosario y que, lamentablemente, no tardará en instalarse en otros centros urbanos en los que ya se insinúa su presencia. No sin advertir la marcha ocurrida estos días por aquellos que, además del uso medicinal, proponen habilitar todos los consumos y usos del cannabis, incluso el recreativo, eufemismo empleado para habilitar el consumo sin ninguna limitación.

Tampoco nos faltaría letra para opinar sobre el modo cada vez más notorio en que el narcotráfico se vincula a los factores de poder. Policías y jueces, destinados a enfrentar ese flagelo, aparecen, cada vez, con más frecuencia, vinculados a organizaciones criminales que las apañan, habiendo quedado demostrado como, desde las mismas prisiones, los jefes aprendidos continúan dirigiendo sus organizaciones y ordenando atentados y actos de amedrentamiento.

Del  mismo modo, y atendiendo a los festejos vinculados a la diversidad, podría hablarse  de los actos de violencia de los que son víctimas las mujeres que,  lamentablemente, se incrementan sin   cesar y ocupan cada vez más espacio en las crónicas de aquello que no debiese ocurrir.

Podría también ser parte de esta crónica la muerte de  un niño de 5 años o el desgraciado episodio que debieron enfrentar Lucas y sus amigos al volver de jugar al futbol,  o el sereno de un garaje golpeado por un adolescente de 17 años,  que desde hace días se debate entre la vida y la muerte.

Nada de  ello, quiere ser motivo de estas líneas, porque todo muestra la decadencia de un país que nos gustaría poder negar, en vez de tener que aceptarlo como el escenario cotidiano de nuestra vida. Todo se ha empobrecido a nuestro alrededor, la gente y las instituciones, con la diferencia de que quizás la gente, tras un golpe de fortuna, pueda recuperar su antiguo lugar, mientras que las Instituciones deberán soportar un más largo camino para recuperar su esplendor.

A diario tenemos motivos para descreer de la Justicia, de los Legisladores, de los políticos, y de todos aquellos en los que confiábamos para hacer el país que ansiábamos. Lentamente,  caemos en la cuenta de nuestra pobreza, no económica, sino moral y advertimos frente nuestro,  el abismo del que no podremos sustraernos  a menos que, de una vez y para siempre, los argentinos dejemos atrás nuestras diferencias,  para pensar en un futuro del que nuestro propio proceder nos aleja.

Es hoy el tiempo en el que deben dejarse atrás las diferencias y las ventajas de coyuntura que nos aprovechan, es ahora cuando debemos unirnos buscando el éxito que se nos escapa, es el día en el que el esfuerzo común es necesario, ya que más tarde solo será el que acompañe a la agonía.