MODERATO CANTABILE.

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Luis Tonelli. El Banderazo del 17 A sorprendió a todos, de un lado y otro de la grieta. En el gobierno se esperaba menos gente que la que había salido a la calle por la expropiación de Vicentín. Consideraban que el éxito en la negociación de la deuda y las felicitaciones recibidas, provenientes hasta del campo opositor, habían dejado a Alberto Fernández bajo la misma consideración positiva de la que disfrutó al principio de la cuarentena.

Del lado de la oposición, se creyó que en medio de la pandemia y con la cuarentena “que no existe” pero que todavía está vigente para las concentraciones, los dirigentes quedarían descolocados si promovían una marcha, y más aún, si la manifestación no marcaba el amperímetro. Solo Patricia Bullrich, Luis Brandoni, Hernán Lombardi, Toti Flores, y alguno que otro más, se hicieron presentes en el Obelisco.

Pero a la marcha fue mucha gente. Cosa que se replicó en mucha ciudades del interior del país. Por supuesto que de ella formaron parte terraplanistas, anti vacunas, negacionistas del COVID y de otras cuestiones evidentes. También nazis, fascistas y derechistas. Seguramente, incluso, porque no, hubo en esa marcha algunos simpatizantes de Videla. Y claro está, muchísimos anti K rabiosos, comme il fault.

Pero también hubo mucha gente cansada de una cuarentena que el Gobierno ha extendido por cinco meses, y que después de ella, estamos muchísimo peor que cuando comenzó. Mucha gente enojada con un gobierno que negaba cualquier opinión y sugerencia afirmando que la ciencia de la infectología estaba de su lado. Y que, luego de un tiempo, esos mismos especialistas reconocen que se equivocaron en sus estimaciones y hasta aconsejan lo mismo que antes habían rechazado desde el “cuarentena o muerte”.  Mucha gente agobiada por la situación económica que golpea muy especialmente a los cuentapropistas de clase media, y especialmente, al no tener ninguna certeza a futuro.

Y muy especialmente, la mayoría de estos reclamos se traducían en el Banderazo en una cuestión preponderante: el convencimiento de que el Gobierno utilizaba la cuarentena para avanzar sobre cuestiones que nada tenían que ver con la pandemia. La más importante de ellas, el intento de Reforma Judicial leído por la oposición (y no solo la oposición) como la búsqueda de impunidad para Cristina Fernández y demás deudos de su gobierno.

Los manifestantes, en ese sentido, se identifican con la misma etiqueta ideológica que se fue configurando en oposición al kirchnerismo, la de la Republica, conocida del otro lado de la grieta como “neo-liberalismo” (asi como la autodenominación del gobierno como “nacional y popular” es denostada como “populismo” desde su lado opuesto).

Es interesante, de todos modos, que la mayoría de los que hayan marchado no vean ninguna relación entre una perspectiva económica que a lo sumo, consideran que su mayor cultor haya sido Domingo Cavallo y el reclamo contra la corrupción y la impunidad.

El 17 A es un hijo dilecto, sin ninguna duda de la crisis del 2001, muy emparentado con la irrupción del “Que se vayan todos”. En esas agrias jornadas, se cantaba “Piquete y cacerolas, la lucha es una sola”. Con la recomposición del sistema político, se operó la incorporación/conversión/adaptación a ese nuevo actor fantasmagórico y omnipresente que es la G.E.N.T.E (cuando antes, el peronismo hablaba de Pueblo, y el no peronismo de ciudadanía). Y en esa operación, los piqueteros quedaron del lado del peronismo, y las cacerolas del lado del no peronismo. Finalmente, y como siempre nos lo enseñó el querido Manolo Mora y Araujo, la variable sociodemográfica sigue explicando mucho de las identidades políticas que aparecen y desaparecen.

En ese sentido, los manifestantes son los típicos caceroleros que esta vez, en vez de batir los utensillos culinarios, en medio de la circulación record de virus, y pese a las advertencias del Gobierno, se lanzaron a la calle (es cierto que la mayoría con barbijo). Fue una marcha de opositores variopintos, no una marcha de la oposición. Y en este sentido, sigue la lógica que produjo a CAMBIEMOS, como un reflejo de parte de la sociedad. Como lo fue la revuelta del C.A.M.P.O.

La oposición al peronismo es SOCIETISTA, y recuerda lo que decía Disraeli: “Soy su líder, tengo que seguirlos”. Y entre tantas transformaciones, la novedad es que antes las convocatorias exitosas las hacían los partidos políticos y los sindicatos. Hoy FACEBOOCK y TWITTER, o sea lo quinta esencialmente virtual genera la materialidad de una manifestación, lo que se conoce técnicamente como superar el problema de la acción colectiva. Pero el ejemplo de la Primavera Arabe, también producida por las redes, deja toda una enseñanza al respecto: si no hay organización política, esa espontaneidad simplemente se diluye.

En su momento, CAMBIEMOS pudo organizar exitosamente esa oposición multidimensional. La coalición existe, el tema es que sus tensiones internas no la destruyan. Lo mismo sucede en el peronismo gobernante. Es crucial  mantener su unidad, porque el que se disgrega pierde. Le pasó al kirchnerismo con el surgimiento de Francisco “Alica Alicate” De Narváez. Si lo sabrán quienes hoy integran el gobierno, los dos ex Jefes de Gabinete, Sergio Massa y el mismísimo Señor Presidente, Alberto Fernández, que en su momento, ante la radicalización del kirchnerismo, se alejaron. Hoy son ellos los responsables de moderar a CFK y a sus seguidores.

La clave pasa por quien, en medio de una Grieta cada vez más intensa conserva a sus moderados. En eso, y no en otra cosa, está la clave de la gobernabilidad de los tiempos difíciles que se vienen.