MIEDO AL MIEDO (2)

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La manipulación al miedo.

Se ha dicho que la calidad de la vida política de un país se mide por el  miedo que hay en él. Miedo político y miedo social. La manipulación política por el miedo es fácil, por lo que, incluso en las democracias, los grupos políticos no dudan en infundir miedo para logar sus fines. Basta leer los periódicos y ver los informativos de televisión  para comprobar que el miedo es la estrategia política más fácil y la que se impone a cualquier otra. La lucha por ganar unas elecciones consiste en buscar maneras eficaces  de asustar al ciudadano y hacerle creer que las protestas del contrincante serán catastróficas para todos. Una propuesta incapaz de atizar el miedo en algún sentido no prospera, cae en el olvido, no es tenida en cuenta por nadie, sobre todo no es tenida en cuenta por los medios de comunicación. Para algunos, el fenómeno se explica por el hecho de que han quedado atrás las luchas ideológicas, siendo el único fin de la política la administración del bienestar de las vidas humanas. La política es biopolítica y se centra en la protección del individuo con respecto a todo aquello que pueda  hacerle daño. Miedo al cambio climático, miedo a la inmigración, miedo a la presión fiscal, miedo a la especulación financiera, miedo a la delincuencia, miedo a la gripe A, miedo a todo lo que pueda perturbar la tranquilidad y el buen vivir  de los ciudadanos del Estado de bienestar.

A propósito de la cuestión, Zizek pone de relieve que el miedo tiene un aliado fundamental en el lenguaje. Contrariamente  a la hipótesis  de que el lenguaje es la base del diálogo y del mutuo entendimiento, al lenguaje hay que atribuirle una importante dosis de violencia que divide a los humanos. Lejos de ser un miedo de debate, el lenguaje es un medio de confrontación “El lenguaje y no el interés egoísta es el primer y gran divisor” Lo es porque inevitablemente simplifica la realidad al nombrarla. “Cuando los trabajadores protestan contra la explotación, no protestan contra una simple realidad, sino contra una experiencia de su situación que toma sentido gracias al lenguaje”. El lenguaje construye esencias, decía Heidegger, es la “casa del ser”, interpreta la realidad. Por eso quien tiene poder para ponerle nombre a la realidad utilizará el lenguaje a su favor, convertirá las palabras y las locuciones en instrumentos para seducir a la audiencia o para indisponerla con respecto al rival. Poner de relieve los peligros de la política del contrincante es más fácil que intentar convencer con las políticas propias, por eso la estrategia del miedo es la más utilizada y la más eficaz en la era de la biopolítica.

Que la  política tiene una capacidad de inculcar miedo un arma retórica fundamental lo sabía ya Aristóteles cuando decía que a veces convenía  poner a los oyentes en la disposición  de sentir miedo. Aunque, inmediatamente después de hacer tal recomendación, añadía que era igualmente necesario para el poderoso inducir a la confianza. Miedo y esperanza, miedo o confianza, son dos pasiones parejas, como veremos en el próximo capítulo: el miedo viene provocado por el mal  probable y la confianza, por un bien probable. “Si tanto el bien como el mal son dudosos”, sostiene Hume, “dan lugar al miedo o a la esperanza según que el grado de incertidumbre esté de un lado o de otro. Y es normal, añade, que el entendimiento se vea movido de uno a otro  de los extremos, según sea la perspectiva desde la que se ve el objeto, fluctúan los pros y los contras de la cuestión. Precisamente porque el mal que puede derivarse de algo es incierto, no es fácil que ese algo temible pueda ser visto también como algo tal vez esperanzador. El optimista ve lo mismo que el pesimista pero desde una perspectiva que le produce más alegría que tristeza. La misma incertidumbre que acompaña al miedo es a la que permite trucar ese miedo en esperanza. Esa posibilidad es la que aprovecha el manipulador de la opinión para sembrar miedo, para despertar confianza o, simplemente, para distraer al audiencia y evitar  que piense en lo que verdad importa. Mientras unos tratan de convencer de que todo está controlado  y no hay nada que temer, los oponentes se proponen convencer  de lo contrario. El resultado del cruce de visiones contradictorias de lo mismo es el desapego, la falta de credibilidad y la desconfianza generalizada. Cuando la estrategia del miedo se usa sistemáticamente, sea lo que sea lo que haya que temer porque todo se presenta como igualmente temible, mientras, por otro lado, todos los mensajes pretenden ser positivos y estimulantes, por negra que sea la realidad que reflejan, lo que se consigue  es que el ciudadano lo desoiga todo y no se sienta afectado por nada.

A Hume le debemos la explicación  más certera de la separación  que existe entre hechos y juicios de valor. En la realidad nada es de por sí temible o esperanzador, es nuestro juicio el que le da un sentido. Los hechos –dice- no son ni buenos ni malos, no provocan deseo ni aversión, son indiferentes. Es nuestra percepción de los hechos la que produce diferencias valorativas entre ellos, porque va cargada, por decirlo así  de sentimentalidad. Me gusta mi país o mi equipo de fútbol porque tiene muchas cosas estimables pero, sobre todo, porque es el mío, y eso no lo hace indiferente a mi apreciación.

Eso la razón para Hume, una “pasión tranquila”, no un conjunto de principios que deben imponerse a las pasiones. De ahí que considere equivocad la visión del filósofo como “moralista”, o como alguien que indica qué medios son buenos para lograr ciertos fines, qué pasiones deben ser consentidas o qué apetitos deben ser saciados. Por el contrario, si podemos depender de algún principio que aprendamos de la filosofía es éste, que pienso que puede ser considerado cierto e indudable: no hay nada en sí mismo valioso o despreciable, deseable u odioso, bello o deforme, sino que estos atributos nacen de la particular constitución y estructura del sentimiento y el afecto humano. Lo que parece la más codiciosa comida a un animal resulta repulsivo a otro. Lo que afecta a sentimiento de uno con agrado produce desagrado en otros.

¿Qué hay que deducir de tal declaración de escepticismo? ¿Qué todo vale igual y que todas las emociones son igualmente adecuadas? En absoluto, pues a Hume, como filósofo de la moral, le concierne el buen sentido moral y lo que está diciendo es que es en nosotros y no en el mundo exterior donde está el motivo de las pasiones: “La humanidad está guiada casi por completo por la constitución y el temperamento, y las máximas generales tienen poca influencia”. Al igual que lo hizo Spinoza, Hume carga contra Séneca, Plutarco, Cicerón y todos aquellos que pretenden reducir a unos cuantos consejos las directrices  para vivir bien. No son las máximas de los filósofos, sino la ejercitación en el conocimiento de uno mismo y la propia formación, lo que ayudará a templar las pasiones y a vivir bien con ellas.

Sin en la disposición del ánimo la que lleva a apreciar la realidad de una forma u otra, descartar el  miedo como contraproducente en cualquier caso o no es una actitud razonable. En el próximo capítulo me referiré a la confianza, que es la otra cara del temor. Lo cual no significa  que la confianza sea siempre positiva y el miedo, negativo. Hans Jonas vincula ambos sentimientos, por la razón  de que la confianza o la esperanza, que es condición de cualquier acción “el que no confía en nada se paraliza y no actúa”, llevan implícito siempre un germen de inseguridad: no sabemos si lo que esperemos ocurrirá o no, no sabemos si aquel en quien confiamos satisfará nuestras expectativas. Esa inseguridad “la incertidumbre a la que me referido más arriba” produce temor, pero el temor en tal caso afirma Jonas es “una condición de responsabilidad precisamente eso a lo que llama coraje para la responsabilidad”. Hay pues, un temor que impide actuar y otro que anima a hacerlo. Y este último es un temor responsable, es el temor por el que  me pregunto: “¿Qué le sucederá a eso si yo no me ocupo de ello?”. Cuanto más incierta sea la respuesta, más habrá que activar la responsabilidad. Así, “el temor se convertirá en el primer deber, en el deber preliminar de una ética de la responsabilidad histórica”. Es decir, tanto el cultivo del miedo como el esfuerzo por no sucumbir al miedo son tareas éticas igualmente necesarias, resultado en ambos casos de haber adquirido un justo discernimiento moral.

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