MI TÍO DONALD.

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Nadie en sus cabales, podría asegurar que Donald Trump  no será reelegido en noviembre. Es cierto que Joe Biden, su rival electoral, le lleva una ventaja, en modo alguna definitiva. También que Trump ha recibido una persistente campaña de deterioro cuasi unánime de los medios, de su propia familia –el caso de su sobrina Mary Trump, autora de “Siempre demasiado y nunca suficiente” y hasta de colaboradores de peso que se dieron vuelta (John Bolton). Esta permanente agresión pública rebota en el galvanizado Trump. ¿Habría que pensar que él está en juego no es Trump persona, sino un sector de los Estados Unidos, adherida a su política y opuesta a todo aquello con perfume progresista y al ejercicio de los derechos humanos?  Esa es la cuestión.    

“Cuando Donald anunció su candidatura a la presidencia, el 16 de junio de 2015, no me lo tomé en serio. No creí que Donald se lo tomara en serio. Supuse que simplemente quería publicidad gratuita para su marca. Ya había hecho ese tipo de cosas antes.

Es un payaso –dijo mi tía Maryanne durante uno de nuestros almuerzos habituales de entonces–. Eso nunca sucederá.”

“Estuve de acuerdo.  Hablamos de cómo su reputación como hombre de negocios fracasado y su apagada estrella de un reality show condenarían su carrera.”

“¿Alguien se cree esa mierda de que es un hombre hecho a sí mismo? ¿Qué ha logrado por sí mismo? –pregunté.

“Bueno –dijo Maryanne, tan seca como el Sahara–, ha conseguido irse a la bancarrota cinco veces.”

“Pensamos que el flagrante racismo mostrado durante el discurso del anuncio de la candidatura de Donald sería un lastre insuperable, pero esa idea se desvaneció evangelistas blancos empezaron a apoyarlo.  Maryanne, una católica devota desde su conversión, cinco décadas antes, estaba indignada.

“¿Qué demonios les pasa? –dijo–.

“La única vez que Donald ha ido a la iglesia ha sido cuando las cámaras estaban allí. Es alucinante. No tiene principios. ¡Ninguno!  Nada de lo que Donald dijo durante la campaña, desde su desprecio a la secretaria del Estado, Hillary Clinton, posiblemente la candidata presidencial más calificada en la historia del país, como una “mujer desagradable”, se desvió de lo que se esperaba de él. Recordé todas las comidas familiares a las que había asistido durante las cuales Donald había hablado de todas las mujeres que consideraba feas y gordas o de los hombres, normalmente más hábiles o poderosos que él, a los que llamaba perdedores. Ese tipo de deshumanización casual de la gente era común en la mesa de los Trump. Lo que me sorprendió fue que se saliera con la suya.  Después consiguió que lo nominaran como candidato. Las cosas que yo había pensado que lo descalificarían solo parecían reforzar su atractivo para su base electoral. Todavía no estaba preocupada, estaba segura de que nunca podría ser elegido, pero la idea de que tuviera una oportunidad ya era desconcertante.”

“Donald continuaba saliéndose con la suya, e incluso era recompensado por un comportamiento cada vez más grosero, irresponsable y despreciable. “Esto no puede volver a suceder”, pensé. Pero así fue.”

“En el momento de la elección, Donald se enfrentó a cualquier desafío a su sentido de superioridad con ira. Su miedo y sus vulnerabilidades están tan efectivamente enterrados que ni siquiera tuvo que reconocer que existían. En la década de 1980, los bancos comenzaron a financiar sus empresas. Se basaba en la esperanza de recuperar sus pérdidas.  Después de una década durante la cual Donald se tambaleó arrastrado por las bancarrotas y quedó reducido a ser la fachada de una serie de productos fallidos el productor de televisión Mark Burnett le dio otra oportunidad. En el programa “El aprendiz” se aprovechó de la imagen de Donald como el descarado y autodidacta negociador, mito que había sobrevivido. Para cuando Donald anunció su candidatura al Partido Republicano, en 2015, un porcentaje significativo de la población americana estaba preparada para creer en ese mito.  Hasta hoy, las mentiras, tergiversaciones e invenciones que son la suma total de quién es mi tío, son perpetuadas por el Partido Republicano y los cristianos evangélicos blancos.”

“Para tener una imagen completa de Donald, sus psicopatologías y el significado de su comportamiento disfuncional, necesitamos un historial familiar completo. En los últimos tres años, he visto cómo innumerables expertos, psicólogos de pacotilla y periodistas han seguido sin darse cuenta, usando frases como “narcisismo maligno” y “desorden de personalidad narcisista”, en un intento de dar sentido al comportamiento, a menudo bizarro y autodestructivo, de Donald. No tengo problemas en llamar narcisista a Donald ya que cumple con los nueve criterios del Manual de diagnóstico y estadística de los trastornos mentales (DSM-5), pero la etiqueta solo nos conduce hasta cierto lugar y no explica todo.  Esas experiencias me mostraron una y otra vez que el diagnóstico psicológico no existe en el vacío. ¿Donald tiene otros síntomas de los que no somos conscientes? ¿Hay otros desórdenes que puedan tener tanto o más poder explicativo? Tal vez. Se podría argumentar que también cumple con los criterios del trastorno de personalidad antisocial, que en su forma más severa se considera generalmente sociópata s, pero también puede referirse a la criminalidad crónica, a la arrogancia y al desprecio de los derechos de los demás.  El hecho es que las patologías de Donald son tan complejas y sus comportamientos tan a menudo inexplicables que llegar a un diagnóstico preciso y completo requeriría de una batería completa de pruebas psicológicas y neuropsicológicas que nunca se producirá.”

“A medida que las presiones sobre él han seguido aumentando en el curso de los últimos tres años, la disparidad entre el nivel de competencia requerido para dirigir un país y su incompetencia se ha ampliado, revelando sus delirios más claramente que antes.  Muchos, pero de ninguna manera todos, han estado protegidos hasta ahora de los peores efectos de sus patologías gracias a una economía estable y la falta de crisis graves. Pero la pandemia descontrolada del Covid-19, la posibilidad de una depresión económica, la profundización de las divisiones sociales en el plano político, gracias a la tendencia de Donald a la división, y la devastadora incertidumbre sobre el futuro de nuestro país han creado una tormenta perfecta de catástrofes que nadie está menos preparado que mi tío para gestionar. Hacerlo requeriría coraje, fuerza de carácter, deferencia a los expertos y la confianza para asumir la responsabilidad y el rumbo correcto después de admitir los errores. Su tradicional habilidad para controlar situaciones desfavorables mintiendo, dando vueltas y ofuscándose ha disminuido hasta el punto de llegar a la total impotencia, en medio de las tragedias que enfrentamos actualmente. Su atroz y posiblemente intencional mal manejo de la actual catástrofe ha llevado a un nivel de retroceso y escrutinio que nunca antes había experimentado, aumentando su beligerancia y la necesidad de una pequeña venganza al retener fondos vitales, equipo de protección personal y respiradores a Estados cuyos gobernadores no le besan el trasero lo suficiente, a pesar de que los han pagado con sus impuestos…  En medio de la obscena abundancia, tenemos a una persona usando todos los mecanismos del poder y aprovechando todas las ventajas existentes a su disposición, para beneficiarse a sí mismo y, condicionalmente, a su familia inmediata, sus compinches y sus aduladores; para el resto, nunca habría suficiente, que era exactamente la forma como mi abuelo dirigía nuestra familia.  Es extraordinario que, a pesar de toda la atención y cobertura que Donald ha recibido en los últimos cincuenta años, haya sido sometido a tan poco escrutinio. Aunque sus defectos de carácter y su comportamiento aberrante han sido comentados y motivo de burlas, ha habido muy poco esfuerzo para entender, a pesar de su evidente falta de aptitud, no solo por qué se convirtió en lo que es, sino cómo ha fallado consistentemente… A diferencia de cualquier otra época de su vida, los defectos de Donald no pueden ser escondidos o ignorados porque nos amenazan a todos.  Aunque mis tíos y tías puedan pensar lo contrario, no escribo este libro para ganar dinero o por un deseo de venganza. Si alguna de esas hubiera sido mi intención, habría escrito un libro sobre nuestra familia hace años, cuando no había forma de anticipar que Donald se aprovecharía de su reputación como empresario que sistemáticamente se va a la bancarrota, y presentador de un irrelevante reality show, para llegar a la Casa Blanca; en ese momento habría sido más seguro porque mi tío no estaba en posición de amenazar y poner en peligro a los denunciantes y críticos. Sin embargo, los acontecimientos de los últimos tres años me han obligado a ello, y ya no puedo permanecer en silencio. Para cuando se publique este libro, cientos de miles de vidas americanas habrán sido sacrificadas en el altar de la arrogancia y la ignorancia deliberada de Donald. Si se le concede un segundo mandato, sería el fin de la democracia americana. Nadie sabe cómo Donald llegó a ser quien es mejor que su propia familia. Desafortunadamente, casi todos permanecen en silencio por lealtad o miedo. Yo no me veo obstaculizada por ninguna de esas dos cosas. Tengo la perspectiva de una psicóloga clínica con experiencia.”