MÁS DEBATE, MENOS TRIUNFALISMO.

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Por: Luis Tonelli. La pandemia no ha terminado. Que haya remitido o que se haya “aplanado” la curva de contagios no quiere decir que el coronavirus haya sido derrotado ni mucho menos. Hasta que no tengamos vacuna, cura para los que presentan síntomas graves del COVID-19, o que la población mundial se haya infectado lo suficiente como para haber quedado inmunizada, no podemos cantar victoria sobre este flagelo.

La cuestión prioritaria, obviamente, es evitar las muertes. Y por eso, se estableció en todo el mundo una cuarentena rústica, medieval, que solo empezó a surtir efecto cuando en las casas en las que había algún contagiado, quedaron todos contagiados; o bien, cuando los no contagiados quedaron aislados de los contagiados. La letalidad del virus, como ya todos sabemos, se debe fundamentalmente a la velocidad con que se transmite, y una pequeña proporción de infectados que manifiestan síntomas graves respiratorios puede causar la saturación del sistema de salud. Como pasó letalmente en nuestras queridas España e Italia.

La cuarentena medieval ralentiza el contagio con lo que evita el colapso del sistema de salud pero, obviamente, lo hace con un colateral más peligroso que la misma pandemia. La destrucción de la economía. Que no es lo mismo que decir la destrucción de la máquina de “hacer ricos”, porque de la economía vivimos todos, y gracias a ella podemos contar con los recursos para enfrentar, de alguna manera, al coronavirus y otros flagelos, como la necesidad de comer todos los días.

La suspensión de la economía se vuelve destructiva a corto plazo. Se dislocan mercados y proveedores. Se dispersan sus trabajadores. Se pierden las cadenas de valor.  Pensar que al otro día de levantada la cuarentena, se sube la palanca y todo vuelve a ser como antes, es una ilusión infantil. Un paciente apenas de salir de un coma inducido no puede ponerse a jugar al futbol. Imagínense la complejidad de una empresa, y ni que hablar de la economía en su conjunto.

La Argentina impuso la cuarentena total ante una pequeña fracción de los casos de contagio que presentaban ya los países europeos, y cuando los países asiáticos habían implementado ya una cuarentena inteligente. Lo hizo tempranamente para el nivel de contagio, tan cierto como que no se tomaron por semanas, ningún tipo de medidas en Ezeiza, para poner en cuarentena a los que volvían de las zonas infectadas, pese a que esto ya era pedido hasta por los medios de comunicación (pocos días antes de ser dictada la cuarentena, volví de México, país que no presentaba todavía muchos casos. El único con barbijo era yo. Nos mezclaron en el salón de Ezeiza con pasajeros que venían de Italia. A esa altura del partido, seguían organizando los vuelos por aerolíneas, en vez de dividir las terminales según el nivel de contagio de los países. Nadie del personal de aduana o de la Policía estaban con barbijo, ni con alcohol en gel).

La cuarentena total se dictó para todo el país, cuando había ciudades y pueblos que no habían tomado contacto con ningún contagiado, y que aún hoy, siguen sin presentar siquiera casos sospechosos. Lo ideal hubiera sido cortar tempranamente los vuelos de cabotaje y aislar a los que ingresaban a la provincia o ciudad provenientes de otro lado, como lo hicieron Jujuy y Mendoza. El distanciamiento social en estos casos estaba dictado por la natural distancia geográfica, y no se paraba la vida económica dentro de esas comunidades.

Tampoco se ha tenido la capacidad tecnológica para realizar una cuarentena inteligente: o sea, aislando a las personas con riesgo de enfermarse gravemente -por edad y por enfermedades previas-, detectando a los contagiados y a sus redes de contactos, y aislándolos, y por el otro lado, dejar que los que presentaban síntomas leves trabajaran, para que la sociedad ganara inmunidad, como ante cualquier otro virus. No teníamos ni capacidad hospitalaria, ni testeos para realizarla (recordemos que el Estado no pudo organizar siquiera una cola de jubilados).

Ahora enfrentamos un problema mayúsculo: la economía demanda aflojar la cuarentena, so pena de que los colaterales sean peores que los del coronavirus. Sin embargo, tenemos muchos más contagiados que cuando se impuso la cuarentena. La curva de contagio se volvió lineal no exponencial, pero ésta no ha retrocedido. Es de suponer que la ola de contagios recién está llegando a las barriadas más populares y pobres (ya que el coronavirus fue portado inicialmente por gente que había viajado al exterior). Y también que llega el invierno, estación en la que arrecian las patologías respiratorias.  La gran pregunta que surge es si el aumento en la capacidad hospitalaria es tal que permita enfrentar el crecimiento esperable del número de enfermos graves. (en las villas de emergencia, se practicó una cuarentena comunitaria, pero no se aisló a los grupos de riesgo dentro de ellas).

 

Esperemos que estas preocupaciones no se manifiesten en la realidad, por las razones que sea. Pero el triunfalismo nos ha hecho vivir a los argentinos, y en muchas ocasiones, en una  borrachera irresponsable, para luego convertirse de un día para el otro en decepción paralizante. Cuando más conscientes seamos de la situación que enfrentamos, y no hagamos de esto politiquería barata, sino se aporten ideas y soluciones sensatas (trabajo colectivo de los especialistas que tenemos y muchos), mejor estaremos preparados para enfrentar los problemas que vienen.

Y para que este debate fluya tienen que funcionar a pleno las instituciones de la República, especialmente el Congreso, que es la arena de debate por excelencia que tiene la política, y que sigue paralizado por decisión del oficialismo gobernante.

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