LAS TRES AMERICAS

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Joaquín Roy*.  Trump no ha sido un fenómeno temporal. La percepción general en el exterior de Estados Unidos no alcanzó a entender las implicancias de Trump ni las propuestas políticas. Y, peor, no lo entenderá nunca, si no se presta atención a las peculiaridades de esta sociedad, dramatizadas por Trump.

En cuanto se difuminó la gloria de haber vencido en la Segunda Guerra Mundial, la aparente cohesión nacional de Estados Unidos desapareció. Una parte siguió creyendo que había monopolizado el alma del país. Acallados los disidentes ya en los 60, el asesinato de Kennedy no se consideró un peligro para el consenso nacional. Nixon lo llamó la mayoría silenciosa. Permaneció mudo durante la tragedia de Vietnam. Se adormeció convenientemente con la satisfacción del fin de la Guerra Fría y de la historia.

El establishment de Washington creyó recuperarse con el final de la Guerra Fría. Pero esa gloria efímera no logró esconder los problemas internos que sucesivos presidentes norteamericanos no lograron corregir. Se detectaban desequilibrios, discriminación, marginación, incomodidad, y básico desconsuelo.

Las víctimas ya no eran exclusivamente los tradicionales perdedores (negros, hispanos, nativos), sino  componentes de las anteriormente capas intermedias de la sociedad. Se añadieron componentes de la élite económica insatisfechos con las ventajas fiscales de que habían disfrutado. Pretendían controlar el devenir político sin implicarse en las contiendas electorales, función en manos de profesionales.

3 Américas

El resultado de las elecciones es un retrato nítido de tres Américas, cada una a su manera creyendo que tiene derecho a ser “grande de nuevo”, según el slogan de Trump. Ya se advirtió con la doble elección de Obama: el potencial electorado se había dividido nítidamente en tres.

Un tercio se ha quedado en casa, siempre. Otra tercera parte ha votado por las diversas opciones del Partido Demócrata. El resto final históricamente se ha refugiado en los republicanos, un sector que no responde a líneas partidistas concretas. Ahora ha capturado la mitad del voto en las recientes elecciones.

Pero la novedad de la última década, tras la defenestración del tradicionalismo de los Bush y afines, no es la aparición de Trump. La noticia es la consolidación del protagonismo del tercio que Trump ha despertado. No es un fenómeno temporal. Como una princesa adormecida, le faltaba el beso de un príncipe audaz, al que no le aten convenciones partidistas. Da igual que la princesa se haya comportado como una bruja para los otros dos tercios del electorado. Esa peculiaridad no le importa a Trump, que cumple el rol del príncipe.

Esa América antes oculta seguirá al acecho. Presionará para el abandono de las alianzas tradicionales de Estados Unidos, rechazará todo esquema de integración regional, seguirá rechazando el reingreso en la UNESCO, la Organización Mundial del Comercio (OMC), la Organización Mundial de la Salud (OMNS), e incluso no se aprovechará de su  privilegio en la ONU.

En el terreno militar no sabrá usar sabiamente el poder “suave” de la superioridad militar, jugará peligrosamente con el abandono de la OTAN y en operaciones en el Oriente Medio, en desmedro de  útiles aliados. La continuidad de la apuesta de apoyo incondicional para el gobierno israelí actual sería una apuesta con beneficio nulo.

Cualquier mal cálculo con China y Rusia se puede pagar con alto precio, sobre todo de cara a una sociedad norteamericana que está harta de excursiones bélicas que no revierten réditos sociales y solamente rellenan las tumbas disponibles en Arlington.

La agenda que el nuevo presidente deberá encarar incluye precisamente la latente y permanente presencia de la América hasta ahora silenciosa por gracia de Trump. En ese escenario no podrá evitar el espectáculo de destrucción social, la división en bandos irreconciliables, la urgente instalación (con permiso de residencia tendiente a sublimarse en la ciudadanía) de los enormes grupos de recientes inmigrantes.

Y en general, en el exterior se deberá entender con frialdad que el nuevo gobierno estadounidense no va a ser radicalmente diferente de lo que se considera esencial en los prácticamente inamovibles intereses norteamericanos. Biden deberá responder a las demandas no solamente de sus votantes, sino también de los razonables intereses del país y las consiguientes presiones de su sociedad.

Europa deberá entender que la demanda de una implicación de sus gobiernos en la defensa continental no responde simplemente a un capricho del dirigente de turno, sino no a una reconstitución del entramado militar. La sociedad norteamericana seguirá presionando a su gobierno para obtener beneficios legítimos en cuanto a los resultados de los acuerdos de comercio. Se deberá, por lo tanto, conseguir una sintonía beneficiosa para ambas partes.

Por fin, América Latina deberá esforzarse en presentar un mínimo frente común si quiere obtener nuevas ventajas, no basadas en arbitrarias decisiones de origen temporal. Para tratar con Estados Unidos, sea con Biden o con Trump, la división será siempre perjudicial, sobre todo para los intereses de los ciudadanos latinoamericanos.

 

Joaquín Roy* es catedrático Jean Monnet y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami. jroy@miami.edu