LA UNICA REALIDAD

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Ferdinand Amunchásteguy. Borges con sus ficciones, evidentemente, ha marcado estas tierras con un estilo que supera el de sus cuentos. Como aquel hombre que imaginaba un mundo, hasta que descubría que él mismo era la creación de otro, así nos deslizamos nosotros por una realidad que creemos cierta o que quizás, para nuestra suerte, pudiera estar solo en la fantasía de una mente perturbada.

Quienes llevamos más tiempo en estas tierras, posiblemente no hayamos creído nunca que habríamos de transitar una realidad tan compleja como la que enfrentamos hoy día. Más de la mitad del país sumido técnicamente en la pobreza, la actividad paralizada, la educación suspendida, la inseguridad instalada y el futuro ennegrecido por una suerte incierta  que no alcanza a presentarse.

En ese clima llegamos al punto en el que se inicia el tiempo electoral. Normalmente su advenimiento debiese generar alguna esperanza y, casi como regla, la posibilidad de enmendar errores y generar expectativas de cambios positivos. Sin embargo, nada de ello parece poder presumirse con certeza, es más, casi no resultaría aventurado suponer que debemos enfrentarnos a un pesimismo racionalmente justificado.

Estos mundos paralelos parecen corrernos de la realidad que atravesamos, y nos distraen con soluciones o problemas que no existen. La cuestión de género, a la que ya nos hemos referido aunque tangencialmente, se convirtió en el centro de la discusión semanal cuando se dio a conocer la lista de los visitantes de la Quinta de Olivos, lo que generó el exabrupto de algunos y las respuestas airadas de otros, incontinencias que se trasladaron al ámbito político en el que la oposición hizo casi lo imposible para volar por los aires y menguar su jerarquía.

Lo cierto es que, una vez más, se generó una polémica que nada tiene que ver con el debate instalado, no se trata de una cuestión de género, tampoco de una violación de la cuarentena, se trata en realidad de la anomia que cada vez se hace más evidente en esta sociedad, y se expresa en cada una de las manifestaciones que se refieren a ella.

Lo ocurrido solo muestra el abismo en que se ha convertido la grieta que nos separa, que es el límite entre dos realidades inconciliables que debiesen describir una misma Argentina, que se percibe muy distinta según el ángulo desde el que se la vea.

Mientras algunos echaban mano de las pequeñas miserias que a veces se enquistan entre los políticos, otros intentaron re posicionar al radicalismo en una alianza que le ha sido esquiva al tiempo de compartir el poder, pero utilizaron para ello argumentos que no debieron intervenir en la disputa. Llamativamente, Gerardo Morales, hasta ahora un silencioso y moderado gobernador, parece haberse lanzado al ruedo, con el mismo espíritu combativo que era propio de Carrió, a quien, sin embargo, denosta ahora.

Parecería sin embargo que, tras haber logrado una exitosa reelección, se siente con fuerza para representar a los radicales desplazados e intervenir, dentro de la alianza que integra, para poner límites a la actividad de Rodriguez Larreta, para quien no ha dejado de recordar críticas y reproches, llegando incluso a opinar sobre quiénes y como debiesen ser los candidatos Pro para las internas que pronto se habrán de desarrollar.

 

Mientras esta situación desanima a muchos, en orden a la esperanza puesta en cabeza de la oposición, el Gobierno avanza sugiriendo y proponiendo medidas que acrecientan su poder. Así, el propio Presidente de la Nación ha deslizado que los Jueces debiesen revalidar sus designaciones cada cinco años, esta sugerencia -abandonada en casi todos los países en los que, por alguna tradición, existía un plazo para el ejercicio de la Magistratura- solo puede entenderse como un avance sobre la independencia de la Justicia.

El sistema existente hasta ahora, al que en el mundo van mutando todos los mecanismos de designación, pretende  evitar que los Jueces, próximos a vencer sus nombramientos,  busquen  la renovación de las mismas cediendo a las presiones o influjos de los humores sociales o políticos, que pueden influir en las decisiones vinculadas a dicha circunstancia. La permanencia mientras dure su buena conducta -como reza nuestra Constitución- asegura alejar a los Jueces de la tentación de adecuar su comportamiento al pensamiento de quien debe decidir sobre su futuro.

Así, mientras otras cosas suceden y no son atendidas adecuadamente, se instalan alternativas que sólo nos alejan de las formas democráticas y republicanas dejando la extraña sensación de que la ficción de Borges solo es una especulación y, lamentablemente, estamos viviendo la única realidad por la que habremos de transitar, sin la posibilidad de que se altere o endulce en nuestro provecho.