LA TRAMPA DE LA CORRUPCIÓN

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El candidato en las presidenciales de 2022 en Brasil, Sergio Moro, conversó en estos días con otro candidato, el ex presidente Lula da Silva y el ex gobernador de San Pablo,  Geraldo Alckmin, hombre de derechas y funcionario exitoso en su estado. No estuvieron solos: los acompañaban representantes políticos, sobre todo de la izquierda, y de la sociedad civil.

Alckmin abandonó el Partido de la Social Democracia (PSDB), después de más de 30 años. En las elecciones de octubre es muy posible una presentación electoral conjunta con Lula. Han dejado de lado la pasada rivalidad que mantuvo con Alckmin. Al fin de cuentas se trata de derrotar a Jair Bolsonaro.

Moro, ex ministro de Justicia del actual presidente y quien condenó por corrupción a Lula por la operación Lava Jato, anunció su afiliación a Podemos con vistas a presentarse en las presidenciales del próximo año. Moro a ser tercera vía electoral como opción entre los dos principales candidatos. Según sostiene «La mayoría de los brasileños no quiere el retorno de Lula al poder» Sobre Jair Bolsonaro, renunció al cargo al percibir su flaqueza ética y que con Lula, al encarcelarlo, solo aplicó la ley. Insiste: la Suprema Corte de cometió un “flagrante error” al liberarlo de la prisión.

A veces no se comprenden las cosas que pasan aquí. Y Brasil tiene puntos en común con la Argentina. Somos pueblos hermanos con muchas similitudes. Fui juez en la Operación Lava Jato. Fue la más grande en la historia de Brasil sobre corrupción grave, vinculada a las más altas autoridades. Teníamos una tradición de impunidad muy grande. La operación reveló un sistema de corrupción. Mostró algo que se practicaba a diario dentro del gobierno y en empresas estatales brasileñas. Como juez rompimos esta tradición de impunidad. En 2018 tuve la percepción de que las revelaciones sobre corrupción harían reaccionar a la democracia. Así se evita  que estas conductas se repitan. El actual presidente, Jair Bolsonaro, llegó al poder con un discurso anticorrupción. Me invitó a ser ministro de Justicia. Me pareció que era una oportunidad para consolidar los avances. Por supuesto, el ministro de Justicia tiene una serie de otras atribuciones en Brasil relacionadas con la seguridad pública, el combate a la violencia y también la protección de los derechos humanos. Pero mi principal objetivo era consolidar la lucha contra la corrupción. Entré al gobierno. Después de un año y cuatro meses de crecientes desacuerdos con el presidente y al darme cuenta de que no apoyaba los esfuerzos anticorrupción y que más bien saboteaba esos esfuerzos anticorrupción, decidí renunciar. No acepté el puesto por el puesto mismo, ni por una cuestión de prestigio, sino porque había un proyecto con el que estaba comprometido.

El escenario actual, 2021, es diferente. El escenario electoral para el próximo año es preocupante. Tenemos el presidente de un gobierno que llegó con una serie de enunciados, pero no está funcionando. A eso se suma que estamos en una grave crisis económica. Brasil está en un momento de estancamiento y eventualmente se encamina hacia la recesión. Se frustraron las promesas de combatir la corrupción y fortalecer las instituciones. La disyuntiva actual es entre la extrema derecha y la extrema izquierda. Tenemos un ex presidente, Lula, en cuyo gobierno se crearon estos esquemas de corrupción, uno de ellos revelado por la Operación Lava Jato, a lo que se suman el Petrolão y el Mensalão, un caso juzgado por la Corte Suprema Federal de Brasil. También el gobierno de Lula terminó en recesión. Fue quien eligió a su sucesora, la presidenta Dilma Rousseff, quien continuó la política presidencial y profundizó errores. Esa gestión terminó en una recesión importante en 2014-2016. La población brasileña está decepcionada con el presente y temerosa del futuro. Tan malo es el gobierno actual como la perspectiva del regreso del ex presidente.

No es lo que quiere la mayoría de los brasileños. A lo largo de este tiempo recibí muchas ofertas para asumir la responsabilidad de construir un proyecto. Decidí aceptar ahora.

Las habilidades de jueces y políticos son diferentes. El político debe dialogar. Es preciso construir un proyecto que atraiga alianzas. Obviamente, eso no incluye las transgresiones éticas que vimos en el Brasil. En el gobierno del ex presidente, que se presenta como candidato, había un esquema de corrupción que ya fue juzgado por la Corte Suprema Federal en el Mensalão. Así se reconoció en un juicio público y que existía un esquema de pago de sobornos mensuales a congresistas, a diputados, con el fin de recaudar apoyos para proyectos del gobierno federal en el momento de la Operación Lava Jato. Varios de ellos confesaron sus crímenes. Un gerente de Petrobras devolvió $ 100 millones que había recibido en sobornos. Una parte de ese soborno también estaba dirigida a agentes políticos. Ese también fue el contexto de la recesión de 2014 y 2016. Por otro lado, el actual gobierno también viene cometiendo transgresiones éticas. La principal es el debilitamiento de la lucha contra la corrupción que motivó mi salida del ministerio.

Se suma que nos está entregando una mala economía. La corrupción traba la economía, y no al revés. Muchas veces somos tolerantes a los procesos de corrupción en nombre de la economía. Pero las trabas al desarrollo están en la corrupción y las transgresiones éticas. La historia latinoamericana demuestra que es así. Y que es imposible concluir otra cosa. Por eso también es clave presentar un proyecto que sea técnicamente consistente que les propondremos a los brasileños. Y este proyecto debe estar fundado en valores. No hay país económicamente exitoso en el mundo que haya progresado sobre un modelo basado en la corrupción. Tenemos que abandonar esta percepción errónea que, lamentablemente, a menudo tenemos aquí en América Latina.

La política es el arte de los compromisos y acuerdos. Es algo natural. Y no tengo problemas con eso. Cualquier persona dispuesta a estar en política debe entender que no es necesariamente el dueño de la razón, Se deben hacer concesiones en relación con el formato del proyecto para sumar voluntades y apoyos. Se trata de conseguir volumen político. Pero sé perfectamente que hay un límite que no se puede cruzar. No hay nada que lo justifique. Lo que se obtiene es exactamente lo contrario. Es difícil para mí hablar de Argentina. No estoy muy familiarizado con la situación. Pero vimos durante años que nuestros países están atrapados en lo que llamamos la trampa del bajo crecimiento e ingresos medios. Muchas veces hay un crecimiento económico exitoso con caídas importantes en nuestra economía y siempre viene esta carencia de gobernabilidad.