LA SUERTE ESTA ECHADA

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Ferdinand Amunchásteguy. Después de cruzar el Rubicon, Cesar expresó aquello que la historia ha inmortalizado como el paradigma de las cosas inevitables, “alea iacta est” -la suerte está echada-, expresión que nos resulta aplicable por estos días. Nada parecería que se encuentra en nuestras manos para alterar un destino que no se intuye como el más feliz y que, quizás, anuncia un periodo aún menos auspicioso que el más pesimista de los pronósticos.

El ataque a las instituciones se ha desatado desde todos los sectores, poniendo en evidencia el escaso interés por la salud de la República que poseen todos. Mientras el Gobierno, después de la resolución de la Corte Suprema sobre los poderes delegados y las incumbencias de las provincias y CABA, decidió emprender un feroz ataque sobre la Corte Suprema y los Tribunales inferiores, la oposición se dedicó a denostar el rol del Ejecutivo a quien expone frente a sus cotidianos errores o cambios de postura.

Todos, a la vez, cuestionan a “la política”,  que se encuentra identificada con los miembros del Parlamento, sea por sus efectivos desaciertos o por aquellos otros que se ponen a su cargo.

Lo cierto es que con una gran cantidad de individuos imposibilitados de conocer en profundidad los temas, el único modo de informarse es a través de los comunicadores y consecuentemente, la posición de estos atenta contra el sostenimiento de la institucionalidad, si dejan fluir sus opiniones, solo amparados en la posibilidad que tienen sus expresiones de trascender y llegar a la gente,  con la autoridad que su popularidad haya podido otorgarles.

Ninguno de los actores de nuestra realidad, atiende con seriedad las consecuencias de sus palabras. La toma de pequeñas ventajas y las aún más pequeñas victorias,  parece ser el único propósito que anima a los opinadores y, más allá de  las razones que puedan existir para fundar alguno de sus reproches, lo cierto es que ninguno parece advertir que su actividad, sin ningún propósito más allá de la circunstancial audiencia,  daña en sus bases  al sistema republicano.

La libertad de expresión y la difusión de las ideas es, justamente, uno de los pilares de la democracia republicana sin embargo, el uso torpe e irracional de esa libertad, puede encerrar la propia muerte de ese derecho fundamental. Una sociedad angustiada por la pandemia y acuciada por los problemas cotidianos que le aquejan-especialmente el económico- no necesita que le agreguen más pesares al juicio negativo que espontáneamente puede realizar.

Lo único cierto, es que en las luchas intestinas existentes dentro de los grupos de poder actúan, sin advertirlo, las semillas de su propia destrucción. El desprestigio que recíprocamente se atribuyen, acabará alcanzándolos a todos y la alicaída Republica dará paso a quien sabe que nueva forma de expresión que algunos no han dudado en llamar “un nuevo pacto social”.

No es posible asegurar cuál de los Poderes claudicará primero, posiblemente aquellos que son objeto de elección, pero aunque ello ocurra distinto, lo único cierto es el grave daño que se le infiere a la institucionalidad, cuyo destino se ha puesto en crisis, por obra y gracia, de quienes la detentan.

Buscar el desprestigio de Jueces, la iniciada persecución del Procurador General, la insistencia en marcar las contradicciones de los miembros del Ejecutivo o la lenidad de los legisladores, no constituyen el ejercicio de la democracia, sino su desnaturalización, cuando ese análisis no está guiado por el ánimo de mejorarla,  sino por el oportunismo de lograr un mejor emplazamiento en el escenario político. La ciudadanía, tan meneada en el último tiempo, y tan invocada para justificar los comportamientos sectoriales, se enfrenta a la posible decadencia a la que la expone una mediocre clase dirigente que no encuentra el  destino al que debería conducir a la Nación y que los ciudadanos reclaman casi con angustia.

El cansancio y el hastío parecen ser los adjetivos que acompañan nuestros días, y la irritación por las frustraciones que nos abordan cotidianamente, una característica de nuestras vidas, quizás sea el momento de requerir que nuevos actores decidan incorporarse a la vida cívica y aligeren la pesadumbre de no encontrar entre los actuales, la esperanza que debe  animar a una sociedad agobiada por sus constantes frustraciones.