LA SOMBRA DEL

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Ferdinand Amunchásteguy. Que cosa debiese atraer nuestra atención ahora?  la nueva oleada de COVID 19 que se derrama por el mundo;  la aparición de una nueva hepatitis o los muertos de un enfrentamiento alejado de nuestros afectos directos, o, por el contrario, localmente la pobreza, la inflación o los avances sobre la Corte Suprema? Casi parece una obviedad que habremos de detenernos en los embates que debe resistir el Poder Judicial, porque es a él al que se han dirigido las más recientes críticas desde el terreno de una política que busca instalarse como ideología hegemónica.

Lo grave, podríamos insistir, es la idea ramplona de que debe reducirse el control existente sobre los actos de los Poderes de Gobierno, sosteniendo arbitrariamente, que se trata de una intromisión de los Jueces  pretender adecuarlos a lo que la ley manda.

Posiblemente,  algunos crean que la Justicia debe ajustarse a los principios de la política que rija en el momento en el que debe pronunciarse. Sin embargo, cuando ello suceda,  habrá desaparecido la protección que los ciudadanos tienen frente a los excesos o el totalitarismo que se encuentra en la idea de alguno de aquellos, que intentan crear una nueva estructura política.

Contrariamente a lo que se presumía, las ideologías dominan el escenario político -por lo menos en estas tierras- donde todo se resuelve en blanco y negro, sin intentar componer una solución racional que contenga, entre las premisas a desarrollar, las circunstancias que efectivamente interesan a la gente. No resulta difícil realizar generalizaciones con las que se construye un relato que no guarda relación con lo que ocurre, pero que no deja de convencer a  aquellos alejados de los temas y que solo alimentan sus ideas con lo que les es proporcionado por aquellos de quienes dependen.  Es casi innecesario detenerse a encontrar una razón para que aquellos que reciben subsidios o ayudas, no acepten de sus benefactores los  motivos que describen un sistema injusto que debe ser alterado. Porqué deberían realizar un esfuerzo intelectual para entender una cosa distinta a lo que les señala aquel que les entrega el único beneficio que reciben? Cuál sería la razón para poner en peligro la dádiva que les entregan,  cuando su pobreza no se verá alterada por ninguna otra actividad desde aquellos que hacen la política.

Quizás, si así son las cosas, no debe sorprendernos que  algún juez participe de una marcha contra la Corte y pida su remoción,  fundándose para ello en la sola circunstancia  de que  esta no resuelve del modo en que el Gobierno quisiera que ocurra. Casi como un eco de todo lo que los pequeños actores anuncian, pudo escucharse la voz más autorizada de la Vicepresidente que, en una peculiar interpretación de la historia, intenta demostrar el agotamiento de la división de los Poderes, proponiendo una suerte de “unicato“ en el que se integran todos los actores de la realidad política, bajo la autoridad común de un solo individuo o grupo.

La sociedad casi ha obviado advertir que el pedido de remoción de la Corte carece de un fundamento concreto, no se señalan objeciones personales vinculadas a la capacidad de los Jueces, tampoco a su comportamiento, solo se expone,  como razón bastante, que se recurre a ella para lograr medidas que entorpecen el rumbo que la política decide adoptar, sin advertir que esa, justamente, es la barrera que la Constitución estableció para evitar las arbitrariedades y abusos de aquellos otros que, desde el mismo Estado,  pueden exorbitarse instalando  realidades que se alejan del bien común y el bienestar general.

El comportamiento de algunos actores de nuestra sociedad, en este tiempo, se acerca peligrosamente a los delitos que atentan contra el orden constitucional. Nadie puede arrogarse ser el intérprete de los sentimientos del pueblo y cualquier cambio que quiera propiciarse tiene,  marcado por la ley, una forma y un modo de concretarse, intentar eludir ese camino es el anuncio evidente de la voluntad de avanzar hacia la imposición forzada de un sistema,  que solo se apoyará en la fuerza y no en el consenso, que evitará el dialogo y hará lugar  a la división de la sociedad,  entre amigos y enemigos.

De triunfar esa postura veremos emigrar a los que pueden insertarse en el mundo y quedarán en estas tierras solo aquellos para los que el futuro es solamente el  tiempo que pasa entre la vida y la muerte.