LA REFORMA JUDICAL.

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Ferdinand Amunchásteguy. A veces nos llama la atención los distintos alcances que puede tener una misma situación. No dudamos en consagrar como genial que un hombre sordo pueda hacernos disfrutar “el himno a la alegría” o alguien privado de la vista sea capaz de construir las realidades que no puede percibir, sin embargo, cuando el que no oye o no ve es quien debe conducir nuestros destinos, esa imposibilidad de reconocer lo que le rodea, nos hace pensar en un próximo desastre y convierte el previsible resultado no justamente en un apreciado virtuosismo.

También sabemos que el modo de hacer política o ejercer el Poder, posee infinitas vertientes con las que sus protagonistas pueden sentirse cómodos, obteniendo no solo el resultado que consolida su estabilidad sino también el que augura su permanencia en el, aunque los costos del camino elegido  puedan resultar elevados según del lugar  del que se mire.

El diálogo político, en estos tiempos y por estas tierras, utiliza para deslizarse, el peor de los senderos que la racionalidad recomienda, tan es así, que en solo tres días pudo diluirse el efecto positivo que implicaba haber armonizado las relaciones entre los bonistas acreedores y nuestra pobre economía -en su más amplio concepto- para volver a subirse al escenario, la feroz contienda entre los distintos Poderes de la República

Podría suponerse que los aires destemplados de la Patagonia y su meseta desértica, crean personajes con personalidades que solo pueden desarrollarse en esos inclementes parajes, caracterizados por la desconfianza que les hizo sobrevivir, pendientes de un individualismo superior, y volcados a un enfrentamiento permanente con quienes les rodean.

Puede presumirse que la desconfianza que caracteriza al Patagónico es el resultado de una historia compleja en la que varios colonos, después del castigo de esa geografía desgreñada, se verían convertidos, al decir de los españoles,  en “platos de cuchara”, instalando en su genética la marca indeleble de desconfiar de su propia sombra. La Patagonia trágica no ha quedado detenida en el principio del siglo XX, se ha prolongado hasta nuestros días, modificando sus formas y profundizando sus efectos.

Este largo introductorio solo ha buscado dar las razones por las cuales ante las claras evidencias de disenso , el Gobierno continúa actuando conforme su relato, sin realizar ningún tipo de análisis que pueda alejarlo de su designio original  , aunque se le expongan mil razones que muestran el error de su proyecto, o la falsía  de los objetivos que persigue.

La cuestión se hace notoria en lo referido a la proclamada reforma judicial. Que el proyecto enviado ha de ver la luz, es una evidencia que no necesita de ninguna explicación .La mayoría en el Senado asegura. -por eso es la Cámara originaria- su aprobación en esa instancia, magüer las razones que se esgriman para alterar el proyecto del Ejecutivo.

Y si alguna expectativa existía para que el tema se demorara en la Cámara Baja, con la habilidad propia de quienes han transitado por esos pasillos, ya se están efectuando las modificaciones para que, salidas del Senado, nadie pueda enturbiar la mayoría que se negocia en Diputados con esos pequeños cambios.

Así, la ley de reforma será sancionada, aunque su vigencia, malogrado la opinión del Gobierno, podría verse en crisis si la cuestión se “judicializara”. Es este el punto en que enhebraremos lo dicho más arriba con lo vinculado a la reforma. Más allá de la voluntad política, y de las razones dadas para generar la idea de que se trata de una mejora del servicio de justicia, lo que es fácilmente advertible es que se trata de una decisión encaminada a limitar el poder de la justicia federal  y, en ese camino, la decisión ha sido la de no conciliar con nadie, y enfrentar abiertamente a los miembros del Poder Judicial, de modo que no existan asociados en la tarea, sino vencedores y vencidos.

Las manifestaciones de  dos Cámaras de la Justicia, infrecuentes en este tipo de situaciones, anticipa un duro enfrentamiento entre los dos poderes de la República , extremo que de ningún modo favorecerá la “institucionalidad” y presentará tanto fuera como adentro, la imagen distorsionada de un país que se disuelve en sus pasiones internas por alcanzar el predominio o lograr la hegemonía.

Los políticos no alcanzan a entender el hastío, navegan en procura de sus logros sin entender -o ignorando- lo que el resto de los ciudadanos intentan rescatar de un país que se repliega sobre sí mismo no ya para dar un salto hacia adelante sino para evitar que sus últimos derechos les sean arrebatados.