LA NUEVA BABEL

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Ferdinand Amunchásteguy. El nuevo encierro, disfrazado bajo una nueva denominación, no deja de hacernos reflexionar sobre el uso de las palabras y su alcance. Aquellos que se enrolan -obligadamente por cierto- en la categoría de mayores adultos -en vez de gerontes, sexagenarios o ancianos, como solía llamárselos- encuentran dificultades para comunicarse con los más jóvenes, pues su vocabulario ha perdido actualidad hasta convertirse en una barrera que afecta a las ideas.

Expresiones como “discar”,  han perdido sentido pues ya no existe el disco para introducir un número telefónico. En los celulares, aparecidos no hace tanto, ha perdido contenido hablar de “pilas” o “baterías” , no las tienen y nombrarlas solo hace notar la brecha que separa las generaciones. Hablar del fax nos trae olor a naftalina, y pensar en una cámara fotográfica o  un toca discos, solo evidencia la antigüedad de nuestra vida.

Desde el otro extremo,  el idioma inclusivo que negamos, pero que los adolescentes aman, aunque solo sea para perturbarnos, nos lleva a un nuevo plano de incomunicación que se ha instalado, como si nos hubiésemos trasladado a una nueva Babel. Posiblemente,  de eso se trate nuestro devenir.

Cuál sería la razón que hiciese que esta alternativa no llegase al terreno de la política, convirtiendo el lugar en el que se contrastan las ideas, en un eterno desencuentro entre sus actores? Porqué podrían aceptarse las ideas del contrario, si ni siquiera comprendo su significado o tengo suficientes argumentos para decir que no lo entiendo? Esa sensación se nos presenta a diario, cuando escuchamos discursos alejados de la realidad y respuestas a preguntas que nadie ha efectuado.

Ese divorcio entre la realidad y los dichos,  se ha naturalizado de tal manera, que no nos cuesta oír las disparatadas justificaciones que se lanzan para encubrir los fracasos  o  desmerecer los éxitos. En ese crecimiento del lenguaje se inserta, sin duda,  el “relato” que es esa creación que disocia lo que verdaderamente  ha ocurrido de aquello otro que se  quiere trasmitir.

Esta suerte de incomunicación es también la que impide que los ciudadanos conozcan efectivamente cuál es la realidad que los rodea, pudiendo guiarse por las sensaciones que lo embarguen. Como puede saber si es correcta la decisión de permanecer encerrado en su hogar  si, al mismo tiempo, alguien le dice que le están privando de su libertad, mientras otro, le asegura que está preservando su vida para un futuro que debe presumirse venturoso.

La libertad de expresión, esencial a un sistema democrático, se encuentra distorsionada por un lenguaje que monopolizan solo algunos, que hacen trascender sus ideas por el poder que les significa acceder a los medios de comunicación. Es difícil encontrar quien se limite a trasmitir los hechos sin una carga personal, lo  que se traslada  es una opinión -a veces, certera, otras veces intencionada, aunque siempre  cargada del valor que le da quien la propala-.Así, puede suponerse que al ciudadano no alcanza generar su propio juicio, pues los elementos que posee para formarlo resultan incompletos, lo que le impone aceptar aquello otro que se le informa.

Así las cosas, poco a poco,  frente a la sociedad, las instituciones se van diluyendo, ya que  solo son lo que le han dicho que son. A diario podemos advertir que hechos semejantes merecen valoraciones opuestas con aparentes razones que las sostienen. Esta situación, nos impone la obligación de buscar la forma de lograr una participación mayor de la ciudadanía en el manejo institucional,  pues, de lo contrario, la República desaparecerá, sin que nos demos cuenta,  entre los pliegues de un paternalismo político absolutamente desconectado del pueblo al que debe representar.

Este es el segundo año, en que el 25 de mayo debe ser festejado a solas por los argentinos, en la intimidad del hogar que cada uno posea y no, con un regocijo compartido por quienes habitamos su suelo. Una vez más, ahora  a raíz de una pandemia, estamos  separados y no podemos compartir la alegría  de ser hermanos, pensemos en evitar que esto se convierta en un hábito y, de una vez, decidamos actuar en conjunto para lograr el destino que nos dijeron que podíamos tener y que, alguna vez estuvimos cerca de alcanzar.