LA ESTUPIDEZ

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Mario Bunge*. “El hecho que usted esté leyendo estas líneas indica que el tema le interesa y que lo que ha leído hasta ahora sobre él no le alcanza. Esto no es de extrañar, porque los primeros estudios serios sobre la tecnología aparecieron recién en el siglo pasado, y ninguno de ellos basta.

Incluso Karl Marx, pionero de la historia de la tecnología, dudaba entre ubicar la tecnología en la infraestructura material o en la superestructura ideal: la admiraba por ser un insumo de la industria, no por su rico contenido intelectual y artístico. Tampoco su admirado Hegel, ni siquiera Kant, se interesaron por la tecnología, quizá porque evocaba el trabajo manual propio del esclavo. Solamente la franja radical de la Ilustración francesa exaltó la tecnología hasta el punto de asignarle un lugar privilegiado en la Encyclopédie dirigida por Diderot.

Ni siquiera los ilustrados escoceses, en particular Adam Smith y David Hume, ubicaron la tecnología en la cultura, quizá porque la confundían con su antecesora, la artesanía, a la que, sin embargo, apreciaban. A fin de cuentas, muchos de los ingenieros que se distinguieron en la Revolución Industrial centrada en Manchester

La obra que el lector tiene en sus manos es una cornucopia de ideas y episodios de la tecnología y de su recepción social desde los tiempos de las pirámides —maravilla artesanal antes que tecnológica— hasta el cine, los satélites espías y la nanotecnología.

La tecnología contemporánea, a diferencia de la técnica artesanal, como la que guía la construcción de muros, muebles o vestimentas, hace uso intensivo de la ciencia.

Hoy día, los tecnófilos más visibles son quienes sostienen que hay tecnologías capaces de contrarrestar todos los aspectos negativos del progreso tecnológico.

El segundo caso de tecnofilia fanática o tecnupidez es la afirmación del famoso matemático John von Neumann de que estamos a punto de alcanzar la “singularidad esencial”, el punto en el que los inventos serían obra de robots, no de personas. El prestigio de Von Neumann era tal que en 2008 inspiró la fundación de la Singularity University, subvencionada por la NASA y por empresas de la talla de Google, Cisco, Nokia y Genentech.

Obviamente, ninguno de los tecnúpidos implicados en esa aventura literaria se tomó el trabajo de analizar el concepto de innovación ni el proceso neural que desemboca en una idea tan original como útil, a la vez que moralmente inobjetable.

Unas pocas grandes empresas, como Westinghouse, Bell, IBM, Dupont e IG Farbenindustrie, han empleado a unos pocos científicos eminentes como asesores, más que como productores, al modo en que una editorial le encarga a un gran escritor que evalúe una novela de un escritor bisoño, pero no que escriba una novela como El Quijote. Nada grandioso se ha emprendido por encargo a mediocres.

La mayor empresa tecnológica de la historia, el Proyecto Manhattan (1939-1947), que produjo la bomba nuclear, empleó a casi todos los físicos norteamericanos y alemanes exiliados del momento, pero no produjo ningún resultado científico importante; peor aún, paralizó la física norteamericana durante un lustro.

En resumen, este libro confirma la tesis de que la tecnología avanzada utiliza ciencia de punta, y no viceversa. Esta conclusión refuta las tesis pragmatistas, en particular marxistas, sobre las relaciones entre conocimiento y acción, y entre ciencia e industria.

Es verdad que Thomas Alva Edison, Bill Gates y Steve Jobs tienen fama de tecnólogos pese a que no ganaron títulos universitarios. Pero ¿es justificada esa fama? Hay quienes argumentan que, lejos de ser grandes inventores, los tres fueron grandes empresarios caracterizados por su astucia, su audacia y su empuje. Este libro suministra argumentos en favor de la política científica que han apoyado todos los investigadores y casi todos los estadistas progresistas: fortalecer la investigación básica, aumentando la inversión estatal en ella, y desoír los consejos de los partidarios del descuido o la comercialización de la ciencia.

¿Qué es la tecnología? también nos enseña que la política de financiación pública de la investigación desinteresada ha sido aplicada incluso por gobiernos norteamericanos encabezados por políticos ignorantes y retrógrados. En efecto, los EE UU han venido invirtiendo en ella el 2,8 % de su PIB (Producto Interior Bruto), al tiempo que la Unión Europea ha invertido sólo el 1,9 % de su PIB, pese a que la ciencia europea aún no ha recuperado el alto nivel que tenía antes de la Segunda Guerra Mundial. Este descuido se debe en parte a que los estadistas europeos han leído demasiadas tonterías posmodernas. Al fin y al cabo, el posmodernismo se fabricó en París, no en Nueva York.

‘¿Qué es la tecnología?’ también nos enseña que la política de financiación pública de la investigación desinteresada ha sido aplicada incluso por gobiernos norteamericanos encabezados por políticos ignorantes y retrógrados

El autor de este libro apenas se ocupa de la tecnología en el Tercer Mundo, porque apenas hay. Esta deficiencia se debe a que allí no hay demanda de tecnólogos originales. En efecto, casi todos los licenciados de las facultades de ingeniería del Tercer Mundo no trabajan en diseño, sino en mantenimiento o en administración. Los empresarios de esa región del mundo prefieren invertir en acciones bursátiles, haciendas o, a lo sumo, en comprar “paquetes tecnológicos” (artefactos junto a expertos que enseñen a manejarlos) que invertir en proyectos arriesgados.

Además, esos ingenieros han estudiado con profesores que, en el mejor de los casos, eran buenos expositores de hallazgos científicos hechos lejos y hace tiempo. Los investigadores originales trabajan en unas pocas facultades de ciencias o emigran a naciones del Primer Mundo, donde hallan los medios, la tranquilidad y los ingresos que les permiten dedicarse a tiempo completo a trabajar en lo que más les gusta.

En el Primer Mundo hay científicos y tecnólogos productivos, pero escasean los sociólogos y economistas de la ciencia y de la tecnología. Y la mayoría de estos piensan y enseñan ideas inútiles o falsas. En particular, muchos de ellos sostienen que hoy día las novedades científicas y tecnológicas provienen de la “tecnociencia” y resultan del deseo de ganar dinero o poder, no de satisfacer la curiosidad, como creía Aristóteles, ese pobre ingenuo.

En otras palabras, la investigación básica es autónoma, es decir, se rige por sus propios criterios, mientras que la investigación aplicada y el “desarrollo” (diseño tecnológico) son heterónomas: se hacen para beneficio, inmediato o posible, de quien las paga. Ahora bien, la mayoría de las innovaciones tecnológicas tienen raíces científicas. Por ejemplo, en este libro aprendemos que la cámara cinematográfica proviene del “fusil fotográfico”, diseñado y construido para observatorios astronómicos, que no lo patentaron.

Dado que todos los grandes observatorios pertenecen a uno o más gobiernos, el público pagó por dar a luz una de las industrias más rentables. Algo parecido sucedió con las industrias eléctrica, farmacéutica y de telecomunicaciones: todas ellas nacieron en laboratorios sostenidos por los contribuyentes. Ejemplo: el proceso que condujo de los científicos básicos Faraday, Maxwell y Hertz a los inventores-empresarios Marconi y Bell.

En general, las “traducciones” ciencias → tecnologías han sido acompañadas por transiciones capital público → capital privado. Esto está en consonancia con la máxima capitalista privatización de las ganancias y socialización de las pérdidas. A los marxistas se les ha escapado este proceso, paralelo a la “tragedia del bien común” que viene ocurriendo desde comienzos de la Revolución Industrial. Se explica: la mayoría de ellos son marxólogos o historiadores antes que estudiosos de la sociedad contemporánea.

En conclusión, este libro de Dominique Raynaud nos enseña mucho sobre las relaciones entre las tecnologías y las correspondientes ciencias naturales y la matemática. También muestra, con ayuda de una multitud de documentos poco difundidos, que el utilitarismo que pregonan los economistas neoclásicos y los estadistas miopes es el peor peligro que enfrenta la tecnología, que languidece sin el apoyo de las ciencias básicas. Como decía Guido Beck, mi maestro de física, no han entendido que no puede haber leche de vaca sin vaca.

 

*Mario Bunge murió a los 100 y pico de años en Montreal Canadá.   Fue físico, filósofo y epistemólogo; enseño Estados Unidos y en Canadá, donde se estableció. Publicó casi medio millar de papers (los dos últimos, en 2019) y escribió 80 libros que sentaron las bases de su sistema filosófico.