INDEPENDENCIA JUDICIAL: UN ATAQUE FEROZ

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El mundo se debate entre el miedo y las historias. El coronavirus se ha convertido en un monstruo de mil cabezas que corre por los países generando las más diversas reacciones. Cuarentenas impensables,  generan barcos fantasmas que circulan por el mundo sin poder atracar en puerto alguno y, los ricos  prisioneros que lo habitan, se ven impedidos de tocar la tierra,  como los leprosos medievales , que vagaban por el mundo haciendo sonar las campanillas que advertían su presencia, guardando la salud de los que habían evitado el feroz contagio.

Cruel paradoja de estos años, casi se parecen los acaudalados turistas sorprendidos por esta peste china, con aquellos otros dejados por Dios, que huyen en las aguas del Mediterráneo del hambre originado en sus países, y que se igualan en el rechazo de los que se piensan ajenos a ambos padecimientos.

Esa miseria humana, que puede arroparse de distintas formas, partiendo de la necesidad de evitar males mayores , hasta  la necesidad de circunscribir un daño que, descontrolado,  podría extenderse por el mundo, solo encuentra una palabra que podría definir su solución. Solidaridad.

Este concepto que al mundo le parece difícil de encontrar, en el nuestro ha sido fácilmente comprendido y, por ley, se le ha dado contenido y obligatoriedad, por si hubiese alguno que quisiera discutirlo en sus alcances. Obviamente, siempre hemos podido adelantarnos a las tardías reacciones del resto del mundo, aunque en este caso, podemos conservar algún resto de escepticismo en punto a nuestro devenir futuro.

Nos llegan las noticias de lo alterado que se encuentran algunos países, que han llegado a suspender eventos que se repiten hace siglos en esos lugares. Quizás el más notorio -a pesar de la sorpresa que cause saber que Italia ha suspendido el fútbol, como la Scala de Milán sus funciones- es que Venecia haya renunciado a su Carnaval, y a sus miles de máscaras tomadas de la Comedia del Arte.

Casanova y sus contemporáneos ocultaban sus caras tras las “bahutas”, para poder concretar los desmanes que la lujuria del setecientos les habilitaba a protagonizar, pero ahora parecen haber caído todas aquellas que ocultaban las pasiones que se mueven por estas tierras.

Esta larga introducción que parece transitar por caminos diversos a los habituales en estas líneas, en realidad busca encontrar el paralelismo entre lo qué hoy sucede en el Poder Judicial y los otros comportamientos que muestra el mundo. Lo que anticipásemos en anteriores ocasiones, ahora caídas las máscaras el carnaval, es una obviedad que todos exponen, reconociéndonos que la modificación del régimen jubilatorio de los Magistrados no persigue superar un quebranto sino obtener las vacantes necesarias para modificar el perfil de un  Poder de la República.

No es la primera vez que se busca conciliar los intereses políticos con las decisiones de un Poder que, justamente, debe alejarse de ese tipo de cuestiones, para resolver las diferencias existentes en una sociedad. Posiblemente esta sea la primera que se utiliza un arma tan eficaz con ese propósito, hasta ahora,  los Gobiernos nacidos de  Facto y que dejaban el poder, tendían un puente de plata para que, aquellos que los habían acompañado, pudieran regresar sin apremios a sus actividades,  hoy la receta parece invertida y el Gobierno que recién arriba   busca desembarazarse de Jueces que puedan no serles afín. La diferencia que debiese sorprendernos es que cuando el país retornó a la democracia esas leyes del Facto perduraron y hoy, los Legisladores   abonarán con sus votos –quizás sin advertirlo- el más feroz ataque a la independencia del Poder Judicial,  que será vaciado apelando a las necesidades individuales de aquellos integrantes que hicieron  un correcto ejercicio de su Magistratura.