GOBERNAR ES ESTRELLARSE.

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Por: Luis Tonelli. En la película El Angel, sobre la vida y las muertes causadas por Robledo Puch, hay una escena en donde estrella a propósito la camioneta que conduce para asesinar a su compinche en los asaltos y quedarse con su parte del botín. Imagen que sirve como metáfora del método de gobierno que parece intentar Alberto Fernández frente a la influencia intensa de su Vice Presidenta Cristina Fernández: el Presidente deja que las iniciativas impuestas desde la Casa Patria se estrellen y mueran al generar una oleada de indignación en la opinión pública.

Pasó con la expropiación de Vicentín, que fue anunciada en mensaje televisado un fin de semana por un Presidente que se mostraba cariacontecido y distraído presentando una decisión cuando todavía ni siquiera estaba redactado el decreto de intervención. Además, sentó a su lado a la senadora cristinista por Mendoza. Anabel Fernández Sagasti, como para que quedara claro la paternidad, perdón, la maternidad del proyecto de marras. Luego de manifestaciones en varios puntos del país, y declaraciones altisonantes, la Casa Rosada retiró sigilosamente el proyecto del Congreso.

Y pasa ahora con una Reforma Judicial, que era el único proyecto propio que Alberto Fernández trajo debajo del brazo cuando llegó a la Presidencia, redactado con la colaboración de su Ministra de Justicia y socia de su buffete de abogados, Marcela Losardo, la secretaria legal y técnica de la Presidencia, Vilma Ibarra, y el Secretario de Asuntos Estratégicos de la Presidencia, Gustavo Beliz. Todas personas respetables y respetadas, que se abocaron a la redacción del proyecto.

Pero lo que era en un principio la forma de separarse tanto del kirchnerismo como del macrismo, tal como había sido presentado por el Presidente en su discurso inaugural de su mandato, ese Nunca Más a las operaciones en la Justicia, el proyecto previsiblemente fue copado por CFK y los suyos. Lo que fue interpretado por todos y todas como el inicio de las acciones en procura de lograr la impunidad frente al avance de la múltiples causas judiciales en efecto.

Y lo mismo que con el caso Vicentín ha sido el rechazo manifestado en la calle por opositores a los que no le importó ni la pandemia ni la cuarentena la que le puso un límite a las intenciones vicepresidenciales. La oposición cobra poder por lo que hacen los opositores y no al revés, reforzando el carácter “societista” del no peronismo, ya manifestado en la 125 en el 2009 (año en que el kirchnerismo rampante perdió las elecciones).

El problema de la estrategia del Presidente de dejar que las iniciativas de la vicepresidente se estrellen contra la pared del rechazo movilizado de los opositores tiene una contraindicación. Si bien es el motor de la vicepresidencia la que genera esas políticas, es la carrocería del Presidente la que sufre el impacto.

Seguramente, preocupado por estas vicisitudes, fue que el ex senador en ejercicio de la presidencia, Eduardo Duhalde, de decidiera a salir y contar sus verdades. En realidad, Duhalde tuvo a una sola persona como destinatario de su advertencia savonarolesca, el Presidente Alberto Fernández a quien le advirtió las consecuencias que podía enfrentar de proseguir plegándose a los designios de la vicepresidenta.

En un punto, se trata de una discusión sobre la paternidad o maternidad sobre Alberto Fernández, agitando la posibilidad hoy fantástica de un golpe de estado militar y el miedo a que no se puedan realizarse las elecciones del año que viene (y si de algo sabe el denunciante es de toma del poder por medios legales).

Augurios tremenbundos recostados, sin embargo, en la posibilidad muy cierta de que la situación pueda empeorar cada vez más ante un Presidente sin proyecto propio, y el solapado proyecto de radicalización del populismo de la Vice Presidenta (que como Napoleón decía de los Borbones, “no ha aprendido ni olvidado nada).

La misma brutalidad de la intervención de Duhalde levantó tanta polvareda que el mensaje concreto de la necesidad de un consenso amplio quedó destruido por la misma bomba en la que fue escrito. La cuestión no era solamente que Alberto Fernández había abandonado su intención de reparar el maltrecho Consenso del Nunca Más del 83, sino que directamente Duhalde lo daba por terminado y por eso era posible un retorno a 1976.

Afortunadamente, ese Consenso del Nunca Más sigue vigente, y los militares argentinos hoy son los primeros en apoyarlo. Lo cual no quita que persista un problema que ha exhibido el peronismo cuando su conducción se encuentra en disputa: la interna feroz que se desata entre las facciones en pugna siempre se traslada a la sociedad en su conjunto. Conflicto que el tiempo del coronavirus lejos de moderar, parece estar exacerbando.