FUERA DE LA LEY

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Ferdinand Amunchásteguy. Llegan los Reyes y traen sus camellos cargados de desgracias en vez de los habituales presentes con los que habrían de homenajear al recién nacido. Como el anverso de una moneda mágica todo se ha transformado, y lo que debiese ser alegría anuncia un futuro infortunio difícil de evadir. El cansancio del largo confinamiento vivido, nos lleva a un lugar en el que pareciera que la razón se aleja de nuestras vidas y que estas comienzan a gobernarse por el capricho propio de los pocos años.

Ya es un comentario conocido, que en estos tiempos son los jóvenes los que deben enseñar a sus mayores el uso cotidiano de los avances tecnológicos, y no, como era habitual, que fueran estos últimos los que trasmitieran a sus descendientes el saber que los años les habían aportado. Acostumbrándose lentamente a esta realidad, hoy se encuentran sorprendidos, casi, por el genocidio iniciado por los jóvenes que han  decidido ser invencibles frente al COVID, y transitan por la vida llevando la pandemia de casa en casa, y de persona a persona.

Las escenas dantescas de los aquelarres playeros, las ahora tituladas “fiestas clandestinas” -aunque todos saben dónde ocurren-,  muestra los rasgos de una sociedad igualitaria, ya que en nada se distinguen las presuntas playas elegantes de los populares amontonamientos generados en los mercadillos de La Salada. Seguramente, si debiese encontrarse un denominador común, el principal, más allá de esa presencia joven, es el desenfadado incumplimiento de la ley. Quizás pudiese consolarnos el hecho verificable que ese anómico comportamiento se ha replicado en el resto del mundo, pero, como siempre, nosotros llevamos nuestros errores a extremos inimaginables que nos permiten liderar cualquier escala que intente construirse en casi cualquier sentido.

Posiblemente, el incumpliendo de la DISPO -distanciamiento social preventivo y obligatorio- es una obviedad en cuanto exponer el modo en que,  por estas tierras, omitimos observar la ley, sin embargo, con alguna menor trascendencia, han ocurrido otros sucesos que nos imponen la misma certeza , y muestran nuestra pobre disposición a observar la ley.

Sería incluirnos en una interminable discusión, establecer si la flamante ley que autoriza el aborto es compatible con nuestra Constitución y los Tratados adosados – ya existen presentaciones judiciales (la justicia salteña será la primera en resolver una aproximación al tema, que, sin duda llegará hasta la Corte Suprema)-. Pero si vale la pena analizar, o por lo menos enunciar, otras situaciones que muestran nuestro habitual apartamiento de la ley, y la búsqueda de lograr la Justicia de mano propia.

Posiblemente, el caso más paradigmático de esta última situación lo ofrezca el caso de Carolina Piparo , víctima hace años de un episodio de inseguridad que conmovió a la sociedad, pero que ahora es protagonista de una situación que instala , obligadamente, la discusión en torno al cumplimiento de la ley y su observancia , incluso,  en el caso específico. Más allá de la existencia de un nuevo ilícito que la damnificara -episodio todavía no acreditado- lo cierto es que a resultas de una confusión, su esposo, conductor del vehículo en que se trasladaba, atropelló y arrastró por más de 300 metros a dos jóvenes que se trasladaban en su moto y que abandonaron a su suerte alejándose de la escena.

Si no existiese el primer suceso, podría suponerse que nos enfrentamos a un accidente vial al que se le ha sumado un relato imaginado para diluir la responsabilidad por el hecho protagonizado. De haber acaecido, caeríamos en la cuenta de que lo que ocurrió, fue la búsqueda de hacer justicia por fuera de la ley, para asegurar que el castigo por el inicial robo acabaría por concretarse.

En ningún caso prevalece la ley, sobre la sensación del ciudadano de tener que hacer justicia por si, para asegurarse la reparación del daño sufrido. Una vez más la ausencia del Estado acrecienta la Inobservancia regular de las leyes. No menos vinculado a este juicio, es el episodio que involucra a la diputada Donda que por escrito y verbalizado ha dejado expuesta su posición frente a la ley y el cumplimiento de la misma.

Finalmente, las leyes que se dictan para asegurar los derechos que incumben a los ciudadanos, que duran hasta que la próxima ley los altera – lo que ocurre cada vez más rápido- muestran una República que languidece y cada vez se aparta más de los derechos y garantías que debería asegurarle a sus habitantes.