EL RESABIO DE LA JUSTICIA

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Ferdinand Amunchásteguy. Finalizado enero, el país continúa al mismo ritmo que le marcó el inicio del año, un gran vacío se abre a las ansias de conocer alguna noticia que dé esperanzas al futuro incierto que nos rodea. La pandemia, y las consecuententes medidas restrictivas, impuestas en procura de alcanzar la salud, ocupan casi la totalidad de la vida ciudadana, la situación local, en general, es semejante a la que sucede en el resto del mundo lo que hace más llevadera la dureza de las medidas impuestas.

Obviamente, no debían faltar las peculiaridades propias de estas tierras y, durante unas horas, el Gobernador Insfran retuvo la atención de los habitantes frente a las filmaciones que mostraban algún lugar de aislamiento en su provincia, más parecido a un campo de exterminio que a un dispositivo sanitario.

Posiblemente el tema haya sido magnificado más allá de su verdadera realidad y entidad pero, de todos modos, hizo reflexionar a muchos sobre las medidas que se han implementado aquí y en el mundo. Vemos, a diario, las reacciones que ocurren en Europa -especialmente en Francia-, en punto a la rebeldía que generan los aislamientos impuestos, comportamiento que aquí parece ser sólo patrimonio de los jóvenes.

Aquí, la desobediencia se encarna en las ¨fiestas clandestinas¨ que los jóvenes llevan adelante en la costa atlántica y que merecen el reproche de todos. Cierto es, que existe una cierta intencionalidad en la difusión de esas noticias que se ubican en los balnearios y parecen establecer una suerte de ¨lucha de clases¨ entre los veraneantes pudientes y los sufrientes individuos que procuran resguardar su salud. Sin embargo, nada se hace trascender respecto de lo que sucede en el conurbano Bonaerense en el que, desde hace tiempo, se han olvidado las reglas de cuidado que deben observarse y se ha dado rienda suelta a la libertad.

Así, los temores y las noticias aterradoras que vienen del resto del mundo, han ocultado todos los temas que debiesen ocupar el tiempo de los argentinos, casi nadie parece estar  atento al curso de la economía  o a las cuestiones que,  pasada la pandemia -que algún día ha de terminar- quedarán en nuestra realidad marcando la forma en que habremos de vivir.

Ciertamente, nuestra cotidianeidad también nos distrae de las cuestiones esenciales. La detención del marido de Carolina Piparo -cuyo nombre nadie retiene ni parece importar- nos mantuvo interesados solo unos días – menos de los que lleva detenido-, y fue reemplazada por la libertad acordada al presunto violador de una joven venezolana que a su tiempo también fue sustituida por los sucesivos hechos de violencia que ocurren a manos de los ¨motochorros¨, inevitables protagonistas de la vida de la ciudad.

Así, en este devenir, se esconden situaciones que debiesen preocuparnos por la trascendencia que poseen. Casi desapercibida pasa la convocatoria de la Cámara Alta, para dar los acuerdos de rigor  a Jueces y Embajadores,  entre los que sigue aguardando su designación el Procurador General. Casi siguiendo un comportamiento similar al expuesto por el Gobierno anterior, siguen pasando los días sin que se designe al Funcionario que en definitiva dirigirá el órgano extra Poder que se introdujo con la reforma del año 94.

Esa conducta podría servir para conocer la importancia que se asigna a la Administración de Justicia, ya que el nombramiento se refiere al Jefe de los Fiscales y, consecuentemente, al éxito de las investigaciones que pueda llevar adelante el Poder Judicial. Obviamente, no parece ser esta una preocupación que altere el ánimo de los políticos que integran los otros Poderes, es más, pareciera que prefieren mantener en crisis la confianza que debe descansar en la posibilidad de administrar justicia, buscando instalar otros caminos para obtener ese resultado.

Del mismo modo, y en la misma dirección, silenciosamente, se dispuso el regreso del Juez Fara a la sala de la Cámara Federal capitalina de la que salió después de conceder la excarcelación de Cristobal López, lo que le impuso a su compañero de ruta, el Juez Ballesteros, solicitar su jubilación y retirarse de la Magistratura.  Su regreso, dejando de lado su pedido de ser enviado al tribunal oral federal de San Isidro, para algunos solo encierra el propósito de incorporarlo a la Sala de la Cámara que integraba Martin Irurzun  y, de ese modo, reducir  su capacidad de acción al tiempo de resolver alguna cuestión de interés.

Como puede advertirse, la Justicia no parece ser la preocupación de nadie y solo sobrevive en estas tierras como un resabio de la costumbre aprendida que son tres los Poderes de la República.  Sin embargo, su ausencia anuncia la muerte de las libertades y el camino oscuro que conduce a la disolución de la sociedad que conocemos, que será reemplazada por una  realidad surgida de un nuevo contrato social que nacerá viciado,  con el único soporte que le darán los hechos consumados.