EL PÁNICO

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Gilles Lipovetsky*- La sociedad cree que los avances científicos y técnicos resolverán todos los problemas de nuestra existencia. No acepta accidentes, los considera un escándalo. Es la cultura moderna de la dominación del mundo, donde todo aquello que perturbe su seguridad produce pánico.

Ese pánico lo provocan los errores delos políticos, aconsejados por el sistema sanitario, que subestimaron el drama que se nos venía encima. El virus ha sido muy poco mortal en Corea del Sur. No fue lo mismo en Europa, que conocía la epidemia desde enero y ni se proveyó del material para hacer análisis a la población. El pánico es el resultado.

Era difícil impedir la llegada del virus, pero sí controlar mucho mejor la epidemia. Esto no durará siempre pero se habrá reforzado la  desconfianza del ciudadano en sus dirigentes, y habrán acentuado su escepticismo hacia los científicos. Entre todos han actuado como amateurs, no han sido nada profesionales. Y todo movido por el miedo de los políticos a perder su buena imagen dictando medidas impopulares como es el confinamiento.

Controlar a la gente que padece el virus en sus casas no me parece una violación de la intimidad, como tampoco creo que declarar el estado de emergencia en la pandemia vulnere los derechos de los ciudadanos. Los Estados debieran, eso sí, establecer reglas muy claras. La gran cuestión dialéctica hoy es: por un lado la sociedad es híper individualista y el sujeto demanda una gran libertad para gobernar su vida. Por el otro vamos hacia una sociedad de mayor control como respuesta a las crisis, que hasta ahora fueron la amenaza terrorista, las catástrofes naturales, las migraciones masivas y las epidemias sanitarias.

El derecho a vivir libre no va a desaparecer, pero cada vez asistiremos a más fenómenos que necesitarán frenar la híper individualidad en nombre de la seguridad. Aunque no soy un experto, las investigaciones apuntan a que la génesis del virus está relacionada con el empobrecimiento de la biodiversidad: se rompe el equilibrio natural de las especies y esto hace posible la aparición de nuevos virus, como ya fueron el de las vacas locas o la gripe aviar.

Lo que hay que cuestionarse es el sistema de producción y consumo, que causa el calentamiento climático, la regresión de los bosques, la agricultura intensiva, la desaparición de especies. Un ejemplo simple: las aves rapaces están muriendo porque comen animales muertos por los venenos que utilizan los cultivos intensivos; al no haber rapaces, los cadáveres de estos animales se pudren en la tierra y son foco potencial de nuevas epidemias.

No hay modelo alternativo al capitalismo, pero sí hay que poner en marcha un nuevo capitalismo, integrador, que no solo tenga en cuenta el enriquecimiento cortoplacista de su accionariado sino su responsabilidad social, que acelere una transformación del desarrollo económico hacia la producción bio y ecológica. La repetición de epidemias es fruto de una tecnología al servicio del capitalismo no regulado. Hay quien habla del fin del mito racionalista del progreso y esto me parece altamente peligroso. Al contrario, se necesita aún más racionalismo: sin progreso, ¿cómo se alimenta el planeta?; sin vacunas y laboratorios, ¿cómo se procura la salud? Hay que corregirlo, y para ello no hay otra solución que poner a su servicio la investigación científica y la inteligencia artificial.

Creo que los medios deberían reducir la dimensión emocional que le están dando a la información. Que cómo, no enfocando la atención en la gente y su tragedia individual, porque esto hace crecer el miedo, que es una emoción, sino dejando que sean los científicos quienes hablen. Menos vecinos y más expertos. Ocurre en todas las catástrofes: las televisiones muy en particular juegan la carta de la emocionalidad y convierten la noticia en espectáculo. La información ha de practicar un acercamiento más racional y menos emocional a la realidad. Es el momento en que los medios han de desarrollar el paradigma de la responsabilidad y ofrecer una información precisa, porque esa es su tarea; de este modo generarían una respuesta más humanista y tranquila, en lugar de pánico.

Soy muy escéptico sobre ese supuesto cambio en la forma de vida de la gente. Nada cambiará radicalmente en la conciencia de la gente. Cuando la epidemia termine, unos reforzarán sus ansias de consumo, y, los que ya no éramos consumistas, seguiremos haciendo más o menos la misma vida. Ya lo dijeron en la crisis de 2008, y nada cambió. Todos sabemos lo que está provocando el calentamiento del planeta y ¿qué hacemos?, nada: las emisiones de CO2 no dejan de crecer.

Lo que sí ha de cambiar a resultas de esta crisis es la política sanitaria de Europa: necesitamos un cambio en las políticas nacionales y la creación de un sistema supranacional, europeo. Todo esto me parece gravísimo. Y frente a esto solo cabe una medida nada revolucionaria, que es el sentido común. Citando a Émile de Girardin: «Gobernar es prever». Discutimos sobre la utilización del big-data en la pandemia, pero si no tenemos ni mascarillas ni equipos de protección para los sanitarios ni kits de análisis. Los errores no han sido solos de los políticos sino también de la falta de previsión y evaluación científica de quienes les asesoran.

La democracia seguirá existiendo en medio de situaciones que nos van a obligar a estados de emergencia…Habrá un decrecimiento del poder legislativo en aras de un ejecutivo reforzado que gobernará con más decretos. Y todo, a costa de la seguridad. Lo que tampoco hay que confundir con la especulación neo totalitaria del filósofo italiano Giorgio Agamben.

 

Gilles Lipovetsky (París, 24 de septiembre de 1944) es un filósofo y sociólogo francés. En sus obras analiza la sociedad posmoderna, con temas como el deserción de los valores tradicionales, la cultura de masas la pérdida de la conciencia histórica, la moda y lo efímero, los más media, etc. El autor de La era del vacío es  uno  de los intelectuales franceses más importantes de finales del siglo XX.