EL LOUVRE ABU DHABI

0
71

 

Patricia Kolesnicov*. Suena a poder, a sacar pecho, suena a proyecto de grandeza eso de poner un Louvre, una sucursal del museo más tradicional y más visitado del mundo, en el desierto de Abu Dhabi, en Emiratos Árabes Unidos.

Suena a poder del que tiene con qué. Como para jugar con uno de los iconos de la cultura de Occidente, pagar por él y, ah, darle una vueltita de tuerca.

Eso pienso mientras llego en auto desde Dubai. El taxista no puede dar muchos datos: viene de la India -el 80 por ciento de los habitantes de los Emiratos tiene nacionalidad extranjera- y hacemos como que nos entendemos en inglés.

Pero sí hay datos en algunos libros: Emiratos Árabes Unidos es el séptimo productor de petróleo del mundo. Pero el 95 por ciento del «oro negro» del país está acá, en Abu Dhabi, que es -billetera mata todo- la capital de esta federación de siete emiratos.

Llego pensando que si algo hay para ver en este Emirato eso son las torres de petróleo. Que no se ven. Eso más que una versión B del Louvre, pienso. Porque todavía no entré.

Futuro y religión

No puede ser más moderna la entrada al edificio, más bella, más blanca. Acá la luz manda. Grande y limpio, el museo muestra sus intenciones de movida: un cartel pide que usemos barbijo. La figura que lo protagoniza, la que nos habla, es la de una mujer (atentos al avance del género). La figura, sin embargo, está cubierta a la usanza islámica. ¿Se verán desnudos intrépidos en las obras que aquí se alojen? Mmm.

La primera sala está despojada, apenas unas pocas figuras en vitrinas dispersas. En el suelo hay rutas marcadas. Dicen Nápoles, Versailles, Londres, Washington, entre otros lugares. Está escrito en varios alfabetos. No sólo árabe, no sólo letras latinas: hay japonés, hay griego, hay escrituras que no identifico.

Vamos acercándonos a lo que el Louvre de Abu Dhabi parece querer hacer: usar su potencia para mostrar que Europa no es el centro, que no todos los caminos conducen a ni vienen de Roma. Y lo hace nada menos que echando mano de la joya artística de París.

Por eso, apenas entremos, en una de esas vitrinas habrá tres figuras de maternidad. Esculturas deliciosas las tres. La más vieja es de Egipto y fue realizada entre 800 y 400 años antes de la Era Cristiana. Le sigue una francesa, de 1320 o 1330. Y, finalmente, una del Congo, de los años 1800 a 1900. Egipto, el Congo, Francia, en pie de igualdad.

En la vitrina siguiente, otras tres esculturas. «Orando», es el título general. Vienen de Gabón, de Egipto, de Irak. La de Irak está en el centro, es una mujer, con un vestido con rombos. Tiene entre  4.500 y 4.800 años de antigüedad. ¿Cómo era el mundo en que vivía? ¿Qué pediría?

Tenemos maternidad, tenemos oración, experiencias humanas más allá de las fronteras. Ahora viene una vitrina sobre la danza y las piezas son de China, de Francia, de Libia. La más antigua, la de Libia, de 275 antes de Cristo.

Y, sin aviso, una escultura de yeso, más simple, más grande. Son dos figuras, dos cabezas y los cuerpos unidos. «Es uno de los monumentos más antiguos de la humanidad», dice el cartelito y a uno un poco se le encoge el corazón.

Dice que viene de 6.500 años antes de Cristo, de Ain Ghazal, una aldea neolítica en lo que hoy es Jordania. Sí, fue esculpida hace unos 8.500 años, en la prehistoria: faltaban 3.000 años para que se inventara la escritura.

Acuerdo en Francia

¿Cómo llegó el Louvre hasta estos arenales? La franquicia tiene que ver con un convenio entre Francia y Abu Dhabi por el que los árabes pagarán, en 30 años, unos mil millones de dólares. A cambio de eso recibirán asesoramiento sobre qué comprar y cómo armar exposiciones. Y préstamos de una serie de instituciones francesas, que pueden incluir un Da Vinci y un Chagall.

El museo de Abu Dhabi tiene unas 700 piezas propias, a las que se suman 300 prestadas por 13 instituciones francesas (no sólo el Louvre). Y el gran museo, cada año, manda 100 obras maestras.

Todo esto en un edificio que es una obra en sí mismo. Costó algo más de 650 millones de dólares y lo hizo el arquitecto francés Jean Nouvel, pensando en el lugar geográfico donde estaría -una isla casi pegada al continente en el Golfo Pérsico- pero también en la tradición cultural que lo rodea.

«El desastre de la época actual es el daño que hace el «edificio genérico», lanzado en paracaídas por todas partes, a todas las metrópolis. Este edificio es lo opuesto a eso. Pertenece al territorio, a la historia. Cada signo y símbolo de este edificio está vinculado a la cultura árabe», dijo Nouvel a la prensa cuando el museo se inauguró, en 2017.

Y así es: a partir del arranque neutro, blanco, el museo irá jugando con las luces, las sombras, la brisa que llega desde el agua. Va a dar sorpresas, golpes de efecto. Pero vamos despacio.

Experiencias humanas

Vamos despacio después de haber pegado una ojeada al pasado remoto, de tenerlo acá, a centímetros. Habrá más de esto: figuras de Chipre, varias de Egipto, de Pakistán, de Siria. Y de repente,oh, de Valdivia. Sipi: Valdivia, Chile. Una figura femenina que simboliza la maternidad y fue hecha entre el año 3000 y el 2000 antes de Cristo. Las caras achinadas, los pechos, los cabellos.

A la izquierda, dos figuras femeninas, símbolos de la fertilidad, Valdivia, Chile, 3000-2000 AC. A la derecha, figura femenina, símbolo de la fertilidad, Siria, 6500-5100 AC.

A la izquierda, dos figuras femeninas, símbolos de la fertilidad, 3000-2000 AC. A la derecha, figura femenina, símbolo de la fertilidad, Siria, 6500-5100 AC.

Son pequeñas figuras, dan ternura y una especie de orgullo latinoamericano: lo mismo ocurrirá con ese vaso de la cultura Moche, del actual Perú, que veré dentro de un rato. ¿Qué une la línea Siria-Valdivia? Claro, que lo humano, el asombro de la reproducción cuando no se conocían los mecanismos por los que ocurría, la perseverancia humana para seguir en el mundo. Aquí, la vida.

Adentro es fresco y viajamos en el tiempo. Afuera el sol mata, hay palmeras, llega una combi con turistas, pasan mujeres cubiertas, todas de negro, desde la cabeza. Pasan hombres con largas túnicas blancas. Autos por carreteras. A unos minutos, el lujo extravagante de Dubai.

Una vueltita más, otra sala y de un vistazo se ve una enorme figura egipcia, la parte que cubre el torso de una armadura y una clásica figura griega, grande también, a la que el tiempo le voló partes de las piernas. Otra vez, el mundo es un pañuelo y se despliega en esta isla de Abu Dhabi.

Morir, vivir para siempre

Colores ocre y oro para un entierro egipcio. Hemos visto tantas momias, tantos sarcófagos en los libros y acá hay uno al alcance de la mano. El cartelito a su lado habla de complejos rituales funerarios, de los pasos que se describen en el Libro de los Muertos. Los antiguos egipcios creían en la vida eterna, dice. Y para ella preparaban los cuerpos.

La que está aquí no es cualquiera, es Henuttawy, la hija del faraón Shoshenq, que vivió algo más de 900 años antes de Cristo. El sarcófago de la princesa es excepcional: tenía que protegerla en el más complejo de los viajes.

Más simple, no menos bello, es otro sarcófago, el que se halló en El Líbano pero tiene inspiración griega. Quien lo habita murió 450, 500 años antes de Cristo.

Unos pasos más y, justamente, aparece un Cristo tallado en madera. Lo hicieron en Austria o en Alemania en el siglo XVI, lo que a esta altura parece ayer nomás. Por el camino del Cristo vamos a ver armaduras y. un poco más adelante, pintura. De Marc Chagall, por ejemplo. Obras hermosas que nos detendríamos a ver en París, pero acá no.

Cuando las salas ya están terminando -no lo sabemos, pero habrá un golpe más- una combinación de obras conmueve y paramos a aplaudir a los curadores. En las paredes, pinturas azules como garabateadas de blanco. Varias, una serie. Y delante de ellas, simplemente rocas, rocas de pie, con esos dibujos muy simples que hacen pensar en tiempos remotos.

Es eso: las pinturas son del estadounidense Cy Twombly, que murió en 2011. Las rocas -con una cara, una mano, un hacha- vienen de Arabia Saudita y de hace unos 4.000 años. Juntos, resumen todo: Oriente, Occidente, ayer, hoy, el viaje humano, por su propia mano y con belleza, alrededor del mundo y a lo largo de los años. Esa es la ambición de Abu Dhabi.

Salimos emocionados de ese contraste y, ah, estamos en el famoso hall, debajo de ese domo entretejido como un panal por donde pasan incontables rayos de luz. Iluminado, semioscuro, el domo es la copa -eso parece, no es real- por un arbolito que sale ahí mismo.

Desde allí, una claridad llama a los visitantes: es un pasillo ancho que, ah, da a dos médanos. El arte, la historia, el domo, los médanos: el museo es una escenografía. Cuando nos acercamos el misterio muestra sus hilvanes: es arena montada sobre una balsa, que flota en el agua que rodea a este Louvre. El museo vino al desierto y el desierto devuelve la cortesía.

Ahí, junto al agua, hay un restaurante francés de precios para la Carrera Espacial. Un rato para pensar en el viaje que propone el emirato, su decisión de ser universal, de que sea aquí donde se encuentre todo lo humano.

Pero es adentro. Afuera es una federación de monarquías, rige la sharia, la ley religiosa musulmana, pasan jeques con choferes negros y hay miles y miles de trabajadores extranjeros que nunca serán ciudadanos de primera. Afuera un argentino se ríe cuando le digo: «¿Y la democracia?» y un indio me dice que no hace falta votar porque los gobernantes «nos cuidan».

Hay quien calcula que los museos de Emiratos -también habrá un Guggenheim, hacia 2025- son una inversión turística para cuando se acabe el petróleo. Todo eso se sabe y no opaca lo que acabamos de ver. Lo mejor de nosotros.

*Periodista, autora de dos libros “No es amor” & “Biografía de mi cáncer”