EL GIGANTE BONAERENSE:  LA ZAMBULLIDA PERONISTA

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Por Carlos Lazzarini @calilazzarini Hay más furor por el PJ que por las elecciones. Más expectativa por la reconstrucción y futuro del peronismo que por el resultado de los comicios. El 17 de octubre fue la excusa. En realidad, distintos referentes políticos buscaban la oportunidad para mostrarse más peronistas que sus adversarios circunstanciales. Todos. CFK, Randazzo, Massa, y hasta Bullrich, entre otros. En esa sobreactuada zambullida en la simbología peronista, algunos pasaron el límite, se convirtieron en exégetas y hasta se proclamaron depositarios de las preferencias electorales de Perón y Evita. Demasiado.
«El peronismo es un recuerdo que da votos», suele repetir Julio Bárbaro. Y en este último tramo de campaña, donde se rasca la olla para retener y aumentar el caudal electoral, la representación del peronismo fue el objetivo más buscado. En verdad, porque salvo la izquierda, el peronismo se encuentra en todo el arco opositor. Incluso en el oficialismo. Es transversal a las distintas representaciones en pugna. Se trata entonces de aumentar y restarle un puntito al adversario.
Sin embargo, están los que piensan y trabajan para un peronismo Siglo XXI y los que solo lo incorporan como un condimento más en los últimos días de campaña. Así, por un lado parece ir la pelea ya en ciernes por la estructura partidaria, y por otro lado los que empezaron a imaginar un espacio amplio con el peronismo, un nuevo peronismo, como eje articulador.
Basta con observar la disputa por el sello en la provincia de Buenos Aires donde ya hay varios anotados para desplazar a Fernando Espinoza, quien extrañamente sigue siendo presidente pese a representar a Unidad Ciudadana. Hay muchas posibilidades que esa disputa se corra para el primer trimestre de 2018. Sin embargo, además de Eduardo Duhalde y el propio Espinoza, en persona o a través de la alcaldesa Verónica Magario, el diputado Bossio y los también intendentes del conurbano como Martín Insaurralde (Lomas de Zamora) Walter Festa (Moreno) o Gustavo Menéndez (Merlo), son algunos de los interesados.
Hasta ahí hablamos de diputa por los símbolos y las herramientas electorales. No menor, pero cada vez con menos peso si se advierte la facilidad con la que se arman nuevas estructuras electorales, siempre que se sepa lo que se quiere representar. Y lo poco significativo que puede resultar quedarse solo con el sello, salvo para tener algún poder de negociación. En todo caso, no hay en ese grupo, nada de pensar en cómo sería un peronismo acorde a estos tiempos.
En cambio, quienes sí se muestran interesados por avanzar hacia una nueva oposición con eje en el peronismo, comenzaron a imaginarlo sin reparar en la disputa por la estructura, sino por encontrar las ideas y las formas que logren sintonizar con los profundos cambios y expectativas sociales y que despeguen de los modos tradicionales aunque se rescate la esencia.  Mayor apego al republicanismo, modernidad, eficiencia, horizontalidad, cercanía, y nuevos tipos de liderazgos. Son los que no quieren sentarse a esperar la irrupción de un nuevo jefe, al estilo clásico, sino los que piensan en otras formas de liderar las expectativas de la clase media, de los trabajadores, de los más vulnerables.
En eso andan los que descuentan el resultado del próximo 22, y ya trabajan en un esquema en el que no estará el kirchnerismo. Según Alain Rouquié, la permanencia y vigencia del peronismo se explica, en gran medida, porque siempre demostró una enorme capacidad para surfear las olas de los distintos momentos históricos. Siempre supo olfatear, ver y anticiparse a los cambios. Adaptarse. Y por eso se explican también los diferentes peronismos, su omnipresencia. Sin embargo, frente a la enorme transformación de la política, no parece haber tenido la necesaria capacidad de reacción. Y lo que no ha tenido por olfato, por intuición o conocimiento, lo está empezando a tener a fuerza de resultados electorales. Eso lo ha demorado en su reconversión, pero siempre está en carrera.
Una política encriptada, ensimismada, enojada, egocéntrica, vertical, fanática, se ha ganado la apatía, indiferencia y hasta el rechazo generalizado. Como contracara aparece la excesiva apelación a lo azucarado, al estereotipo de la simpleza y lo común, el recurrente arjonismo de la política. Un antítesis que como tal, se intuye circunstancial. Vendrá, seguramente después de una necesaria depuración, la reivindicación de la política desde lo auténtico y genuino, y a la vez profesional. Del sentido común y también del conocimiento profundo. De la preparación y el pasado mostrable frente a la virtud del desconocimiento y vacío de antecedentes. O tal vez, sigamos en la argentina pendular.