EL ESTADO DE TEMOR

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Giorgio Agamben * El estado de temor que en los últimos años se ha extendido evidentemente en las conciencias de los individuos y que se traduce en una verdadera necesidad de estados de pánico colectivo, a los que la epidemia vuelve a ofrecer el pretexto ideal.

Dos factores pueden ayudar a explicar este comportamiento tan desproporcionado. En primer lugar, se manifiesta una vez más la creciente tendencia a utilizar el estado de excepción como un paradigma normal de gobierno. El decreto-ley aprobado inmediatamente por el gobierno “por razones de higiene y seguridad pública”, resulta en una verdadera militarización “de los municipios y áreas en las que resulte positiva al menos una persona respecto de la cual se desconoce la fuente de transmisión o de cualquier forma en las que exista un caso no reconducible a una persona proveniente de un área ya afectada por el contagio del virus”. Una fórmula tan vaga e indeterminada permitirá extender rápidamente el estado de excepción a todas las regiones, ya que es casi imposible que no ocurran otros casos en otros lugares.

Consideremos las graves restricciones a la libertad previstas en el decreto: a) prohibición de alejamiento del municipio o del área en cuestión por parte de todas las personas que todavía están presentes en el municipio o área; b) prohibición de acceso al municipio o área en cuestión; c) suspensión de manifestaciones o iniciativas de cualquier naturaleza, de eventos y de cualquier forma de reunión en un lugar público o privado, incluidos los de carácter cultural, recreativo, deportivo y religioso, incluso si se llevan a cabo en recintos cerrados abiertos al público; d) suspensión de los servicios educativos para niños y de las escuelas de todos los niveles y grados, así como la asistencia a las actividades universitarias y de educación superior, excepto las actividades de formación a distancia; e) suspensión de los servicios de apertura al público de museos y otros institutos y lugares culturales a que se refiere el artículo 101 del Código de bienes culturales y del paisaje, conforme al decreto legislativo del 22 de enero de 2004, n. 42, así como la eficacia de las disposiciones reglamentarias sobre el acceso libre y gratuito a tales instituciones y lugares; f) suspensión de todos los viajes de estudio, tanto en territorio nacional como extranjero; g) suspensión de procedimientos de quiebra y de las actividades de las oficinas públicas, sin perjuicio de la provisión de servicios esenciales y de utilidad pública; h) aplicación de la medida de cuarentena con vigilancia activa sobre los individuos que han tenido contacto cercano con casos confirmados de enfermedad infecciosa transmitida.

El otro factor, no menos inquietante, es el estado de temor que en los últimos años se ha extendido evidentemente en las conciencias de los individuos y que se traduce en una verdadera necesidad de estados de pánico colectivo, a los que la epidemia vuelve a ofrecer el pretexto ideal. Así, en un perverso círculo vicioso, la limitación de la libertad impuesta por los gobiernos, es aceptada en nombre de un deseo de seguridad que ha sido inducido por los mismos gobiernos que ahora intervienen para satisfacerlo.

Es difícil no pensar que la situación que crean es exactamente aquella que quienes nos gobiernan han muchas veces buscado realizar: que las universidades y las escuelas se cierren de una buena vez y que las lecciones se den solo en línea, que dejemos de reunirnos y de hablar por razones políticas o culturales y que solo intercambiemos mensajes digitales, que siempre que sea posible las máquinas reemplacen todo contacto —todo contagio— entre los seres humanos.

Incluso más triste que las limitaciones de las libertades implícitas en las disposiciones es, en mi opinión, la degeneración de las relaciones entre los hombres que se pueden producir. Al otro hombre, quien quiera que sea, incluso una persona querida, uno no debe acercarse ni tocarlo y, de hecho, debe colocarse una distancia entre nosotros y él que, según algunos, es de un metro, pero de acuerdo con las últimas sugerencias de los llamados expertos debería ser de 4,5 metros (¡interesantes aquellos 50 centímetros!). Nuestro prójimo ha sido abolido. Es posible, dada la inconsistencia ética de nuestros gobernantes, que estas disposiciones sean dictadas a quienes las tomaron por el mismo miedo que pretenden provocar, pero es difícil no pensar que la situación que crean es exactamente aquella que quienes nos gobiernan han muchas veces buscado realizar: que las universidades y las escuelas se cierren de una buena vez y que las lecciones se den solo en línea, que dejemos de reunirnos y de hablar por razones políticas o culturales y que solo intercambiemos mensajes digitales, que siempre que sea posible las máquinas reemplacen todo contacto —todo contagio— entre los seres humanos.

El miedo es un mal consejero, pero hace aparecer muchas cosas que se fingía no ver. Lo primero que muestra claramente la ola de pánico que ha paralizado al país es que nuestra sociedad ya no cree en nada sino en la vida desnuda. Es evidente que los italianos están dispuestos a sacrificar prácticamente todo, las condiciones normales de vida, las relaciones sociales, el trabajo, incluso las amistades, los afectos y las convicciones religiosas y políticas ante el peligro de enfermarse. La vida desnuda  —y el miedo a perderla— no es algo que une a los hombres, sino que los ciega y los separa. Los otros seres humanos, como en la peste descrita por Manzoni, ahora son vistos únicamente como posibles untadores que se deben evitar a toda costa y de los cuales uno debe mantenerse al menos a un metro de distancia. Los muertos —nuestros muertos— no tienen derecho a un funeral y no está claro qué sucede con los cadáveres de los seres queridos. Nuestro prójimo ha sido cancelado y es curioso que las iglesias guarden silencio al respecto. ¿Qué llegan a ser las relaciones humanas en un país si se acostumbra a vivir de esta manera por no se sabe cuánto tiempo? ¿Y qué es una sociedad que no tiene otro valor que la supervivencia?

 

*Giorgio Agamben (Roma, 1942) es un filósofo italiano de renombre internacional. En su obra confluyen estudios literarios, lingüísticos, estéticos y políticos, bajo la determinación filosófica de investigar la presente situación metafísica en Occidente y su posible salida, en las circunstancias actuales de la historia y la cultura mundiales.