DOMINADOS POR EL MIEDO.

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Ferdinand Amunchasteguy. Argentina posee características tan especiales, que posiblemente no pueda asociarse a ningún otro Estado en el mundo. Sin demasiado esfuerzo, pueden reconocerse signos de disolución en su actual devenir. Los especialistas saben que las fronteras -por resultar creaciones convencionales- son móviles y se alteran por distintos motivos (generalmente vinculados a procesos políticos violentos (guerras) o a situaciones económicas que recomiendan alianzas y fusiones).

Distintas es la situación de aquellos que conforman uno de los elementos del Estado y que es su población. Ese grupo, aun cuando sus límites físicos se vean alterados, se mantiene unido por las tradiciones, los sentimientos y el propósito de construir un futuro común que los contenga. Así las cosas, podría decirse que los países no son otra cosa que los conjuntos poblacionales que se mantienen unidos por esa invisible ligazón que los sentimientos legitiman.

Posiblemente, el más fuerte de aquellos sentimientos sea el de la solidaridad, que une a los que comparten un territorio, tras la preocupación común de compartir el bienestar. Bienestar al que nuestra constitución refiere en su preámbulo, cuando se intuía que se estaba formalizando la creación de un Estado. Hoy, el comportamiento de la sociedad muestra un sentimiento distinto y divergente que justifica lo que venimos diciendo.

Más allá de los esfuerzos que puede evidenciar el Ejecutivo en procura de reconstruir ese sentimiento, los argentinos parecemos dispuestos, caprichosamente, a demostrar lo contrario. La llegada de la pandemia, trae el tema a nuestra consideración por su evidente vinculación con la desaparición de ese elemento aglutinante que debería asegurarnos la continuidad en el tiempo.

Rodeados de muerte, dominados por el miedo, debió renacer el deseo común de ayudarnos para superar la crisis, aunque de adverso, lo que se puso en evidencia fue el más descarado individualismo. Montados sobre la necesidad y la preocupación de todos, grupos definidos se aferraron a sus privilegios y decidieron lucrar con las desesperadas necesidades de sus presuntos compañeros de ruta. Así se vieron desaparecer productos necesarios en la lucha contra la pandemia, para convertirlos en objetos de alto costo y escasos, aunque su abundancia es conocida, y solo evidencia la ambición de obtener una ganancia inmerecida, solo apoyada en la necesidad de los demás.

Del mismo modo, otros sectores importantes de nuestra economía también soslayaron sus compromisos con la sociedad -el financiero , entre otros- llegando incluso a entorpecer las medidas dispuestas por el Gobierno (el caso concreto de los créditos a las Pymes que fueron demorados por una burocrática actividad privada que no dispuso  con la diligencia debida los fondos confiados para ello).

Ese conjunto de frustrantes comportamientos, sin embargo, dio lugar a la intervención de la denostada justicia, que de la mano del Fiscal Marijúan, inició el análisis de las posibles maniobras que generaron los desmedidos incrementos para los que no existe una clara justificación, a la que se sumaron los que decidieron investigar las licitaciones vinculadas al programa nacional “Alimentar”   en el que se advirtieron notorios sobreprecios, semejantes a los ocurridos en el ámbito de la ciudad, con la tentada compra de onerosos barbijos.

Esa participación judicial, que pudo entenderse como una suerte de reconocimiento a su rol, rápidamente se deshizo frente al motín generado en la cárcel de Devoto que, irresponsablemente, los medios intentaron poner en cabeza de los Jueces. La realidad, que conocen todos, es la carencia de unidades de detención, y la superpoblación existente en las mismas.

Sin embargo, se intentó responsabilizar a los jueces atribuyéndoles lentitud en resolver las solicitudes de excarcelación realizadas por los presos, con el argumento de hallarse expuestos al COVID19. Aunque al mismo tiempo, se critica la actividad del Poder Judicial cada vez que decide una libertad, suponiendo que solo lo hace para dañar a los demás miembros de la sociedad, a la que también pertenecen.

Lo cierto, es que sin perjuicio de los proyectos presentados durante la gestión anterior por grupos extranjeros que aportaban no solo el financiamiento, sino la tecnología en uso en el mundo actual, el silencio para decidir el tema hizo naufragar las propuestas que hoy hubiesen impedido el motín, que solo usa la existencia del virus como un argumento para canalizar sus reclamos por el hacinamiento y las deplorables condiciones en que se encuentra obligado a desarrollar su vida.

Así, mientras luchamos contra una pandemia -que en nuestro país tiene menos infectados que aquellos que adquirieron el dengue (8 veces menos)-, los signos de deterioro del tejido social se hacen evidentes. Nuestras instituciones aparecen reemplazadas por asociaciones de distinto orden -colectivos que agrupan a quienes viven en las calles, a los integrantes de una economía que se dice informal, a aquellos otros excluidos de los grupos sociales, etc-  dichas representaciones, sin bien deben ser oídas y atendidas, deben serlo con el propósito de integrarlas y no de convertirse en el reemplazo de las formas que nuestra constitución ha establecido.

Es evidente que el Ejecutivo debe encarar las decisiones que requieren la dirección única del que dirige como también lo es, que los legisladores deben aportarle los instrumentos necesarios para hacerlo, mientras el Poder judicial deben garantizarle a los habitantes que nadie avanza sobre sus derechos y privilegios ciudadanos. Esa convicción debe ser compartida por todos los habitantes pues, de lo contrario, habrán de vencer aquellos otros que, como dijimos más arriba, desean la disolución de un territorio o solo su provecho.

En consecuencia lo que debemos evitar   es la sistemática huida de la realidad,  proponiendo otra que reemplace el verdadero eje que atraviesa el problema que debemos enfrentar, consistente en no perder la República como institución y resguardar la unidad que nuestros constituyentes vincularon al bienestar general y que hace presumir, que el papel de la Argentina debe ser distinto al que le toca atravesar en estos años en los que las sombras y los males parecen haberse enseñorado entre nosotros.

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