DILEMAS DE LA CUARENTENA.

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Por Luis Tonelli: La cuarentena, sin vacuna todavía a la vista, es como la convertibilidad: se entra fácil a ella, pero después nadie sabe después como salir. Claro qué en este caso, está la vida misma de muchos argentinos directamente en juego.

Por cierto, en la época que ostentábamos un orgullo muy grande por la tecnología que había revolucionado las nociones de tiempo y espacio, estamos enfrentando una pandemia con las mismas recetas ancestrales que se usaron en la edad media para combatir las pestes: recluirse en las casas. Sin embargo, la salida de la cuarentena demandará, por lo compleja, el uso de todo el arsenal tecnológico del que hoy disponemos.

La gran ironía es que meses apenas atrás, el gran enemigo de la democracia eran las tecnologías intrusivas que recopilaban nuestras informaciones más privadas, y nos localizaban con precisión de 50 ctms. Hoy el Big Data y la georreferenciación se han convertido en aliados decisivos para ubicar a los potenciales, contagiados, determinar el mapa de la red de sus contactos, buscarlos y aislarlos (además obviamente de testear positivos a mansalva para detectar los portadores del virus asintomáticos). En China, una app para celular, la AliPay Health Code, mide la temperatura corporal del dueño del celular, y la envía geo referenciada a las autoridades para detectar una sintomatología temprana.

Son las mismas democracias las que están diseñando ese tipo de software para lograr el control y monitoreo poblacional necesario para combatir la pandemia y poder relajar la cuarentena (o sea, la expresión suprema de la “biopolítica”, término acuñado por un Foucault tardío para dar cuenta de las prácticas de control de la población que empieza a abordar crecientemente el Estado en su evolución).

Frente a todas esas complejidades que implica la salida gradual de la cuarentena, y las debilidades manifiestas del Estado para la organización de cuestiones comparativamente más simples, nuestro país cuenta con una gran ventaja: tiene un changüí de tiempo suficiente para copiar las recetas que funcionan en los países que primero las aplican y para rechazar las que fracasan.

Sin embargo, ese delay de tiempo que juega a su favor, tiene un reloj de arena que lo reduce y le va a demandar decisiones antes quizás de que el Gobierno de Alberto Fernández pueda esperar tranquilo que se encuentre estandarizada una metodología de salida de la cuarentena. Sencillamente, el Estado argentino, en comparación con sus pares de los países desarrollados, no tiene las espaldas suficientes para resistir el descalabro inimaginable que causa una economía de coma inducido, como es la economía de la cuarentena, si es que se debe extender varios meses.

Por ejemplo, se proyecta un impuesto a la riqueza extraordinario que puede recaudar unos cuantos miles de millones de dólares. Una cifra impresionante, pero que es la bengala de emergencia lanzada desde el barco en la película Titanic, cuando el director James Caméron para dar idea de la insignificancia de ese gran Titan del hombre, la toma desde arriba ampliando la distancia, y no es ni un fósforo en la inmensidad del mar. Frente a esos miles de millones que se puede recaudar, la economía argentina por cada día parada pierde alrededor de 500 millones de dólares.

Pero claro, la tragedia en esa ciudad tan querida por los viajeros argentinos, Nueva York, ha adquirido dimensiones dantescas, inimaginables por nadie, por subestimar las autoridades de ese país la velocidad de contagio del virus y, en cambio, la Ciudad de Buenos Aires, cuyo Jefe de Gobierno actúa en coordinación estrecha con las autoridades de la Nación y la provincia de Buenos Aires, gracias a la cuarentena estricta ha mantenido a raya la pandemia hasta ahora.

No saber cómo salir, con el consecuente peligro de reinfección e incluso escapársele de las manos el gobierno, hace que no quede disponible otra medida que la cuarentena total, y que apostemos todo a que aparezca una cura en breve (la vacunas siempre tardan más por su período obligatorio de prueba). O al menos una metodología de salida de la cuarentena ya estandarizada.

Creer que la sociedad misma apoya la cuarentena y va a ser ella misma la que pida su salida, es soslayar lo que Rene Girard sostenía que era el gran protagonismo que posibilitaba los cambios en la sociedad – que no eran ni la clase, como creía Marx, ni los héroes como pensaba Toynbee, ni el pueblo como piensan los nacionalistas, ni las elites, como pensaba Ortega y Gasset. Para Girard, el gran protagonista de la historia humana han sido los chivos expiatorios, aquellos a quienes se les puede achacar el fracaso colectivo, y aliviada de haberse sacado la culpa de encima, la comunidad puede empezar una nueva etapa, hasta que una crisis demande de un nuevo chivo expiatorio.

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