Democracias insuficientes

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Natalio R. Botana*En América latina la historia revolucionaria del siglo XX, cuyos epicentros estuvieron al principio en México y más tarde en Cuba, ha quedado atrás. Esta alteración no supone que se hayan apagado las rebeliones sociales y los cuestionamientos a la gobernabilidad de nuestras democracias.

Los antiguos revolucionarios, al modo de Daniel Ortega en Nicaragua o de Maduro en Venezuela, son ahora unos autócratas represores y oportunistas. Luego de la hiperinflación y de la expulsión de millones de habitantes en Venezuela, el socialismo petrolero de Hugo Chávez se ha convertido en un capitalismo de amigos y entenados del poder, inmersos en una dolarización fáctica que castiga a la mayoría de la población que no dispone de ese recurso.

No obstante, pese al drama de los que sufren represión y exilio, estas autocracias no son el único dato dominante en América Latina. Hay otros sucesos endógenos o exógenos que producen desasosiego y pesimismo.

Tal vez, como una resonancia que sigue vibrando desde hace milenios, habría que recordar a Tucídides, el historiador de la guerra del Peloponeso y de la peste en Atenas, pues algo de esto ocurre en estos días. Justo cuando la pandemia disminuía, una guerra ha estallado en Ucrania tras la condenable invasión pergeñada por Vladimir Putin.

Los efectos de ambos fenómenos son acumulativos, afectan a las naciones centrales acentuando la inflación y aquejan seriamente a las sociedades latinoamericanas. La mezcla de guerra y pandemia ha castigado más a la pobreza y ha generado rebeldías colectivas que, si bien no enarbolan un proyecto revolucionario, pegan sobre la línea de flotación de la gobernabilidad. Al cabo, los gobiernos se debilitan y la credibilidad se esfuma.

Un ligero repaso del mapa de las democracias latinoamericanas mostraría una variedad de casos a los que envuelve esta atmósfera de rebelión. En los tres países llamados grandes (Brasil, México, Argentina) la intención, a derecha e izquierda, de armar regímenes populistas se está evaporando. En lugar de regímenes durables, el cuadro es el de unos gobiernos más o menos tambaleantes que abren paso a una alternancia convulsiva. Para ellos, la duración se ha convertido en un atributo errante.

Debido a esta circunstancia, el campo de las democracias consolidadas se achica. Democracias como la de Uruguay mantienen el timón de una estabilidad anclada en el centro del espectro político. Chile, que anteriormente exponía estos atributos, se ha embarcado en una experiencia tras las rebeliones contra la Concertación de partidos, impulsora de la reconstrucción democrática luego de la dictadura de Pinochet.

Esta experiencia está desde luego en pañales. Implica una transformación que involucra nuevas generaciones e instituciones (se elabora una constitución) mientras recobra protagonismo el debate de la izquierda latinoamericana que contrapone democracia y dictadura. Claramente, el presidente Boric se ha inclinado a favor de un proyecto reformista que no clausura libertades públicas y el respeto a los derechos humanos.

¿Trasuntan estos proyectos que se ha alcanzado un equilibrio entre reforma y libertad? Aún es temprano para llegar a este punto cuando ya decae la popularidad del flamante presidente. Es un desafío que también involucra a Lula, si se impone en los próximos comicios presidenciales en Brasil, o a Petro en Colombia.

En condiciones adversas, la democracia del siglo XXI tiene por tanto que resolver el problema de la representación política.

Esto es lo que está cambiando aceleradamente, Se ha visto en los Estados Unidos que todavía soportan el embate populista de Donald Trump, en Inglaterra durante y después del Brexit, en Francia en la segunda vuelta electoral de este domingo entre el centro republicano de Macron, formado con retazos de partidos en vías de desaparición, y una extrema derecha que resucita demonios del pasado.

Por cierto en este escenario turbulento, hay sistemas de partidos que resisten como el de Alemania. Pero si volvemos la mirada hacia América Latina, la fragilidad del Estado, frente a los retos de la política, la economía y la contestación social, adquiere en algunos países, por ejemplo en Perú, rasgos alarmantes. Daría, en consecuencia, la impresión que de las tres dimensiones de la democracia —electoral, institucional y ciudadana— solo se mantiene en plena actividad la primera.

La democracia institucional declina porque un conglomerado de facciones parece sustituir a los sistemas de partidos, al paso que se oscurece el horizonte de una ciudadanía escindida por la gravitación de la pobreza y las desigualdades. La pandemia y la guerra magnifican este diagnóstico. ¿Tienen acaso los partidos históricos alguna chance de sobrevivir?

La respuesta a esta pregunta se vincula entre nosotros con un pasado de insuficiencia institucional sobre el que se superponen los efectos de la pandemia y la guerra. Sus signos más evidentes son la caducidad de una constitución económica que carece de moneda y orden fiscal, el faccionalismo que aflora junto con la sorpresiva aparición de liderazgos anarco-capitalistas ligados a la extrema derecha europea, y el bajo fondo de la corrupción que provoca un enfrentamiento del oficialismo con la Suprema Corte de Justicia.

Frente a este enjambre de contradicciones, no hay por qué asombrarse si la confianza de la ciudadanía decrece. Confianza es la palabra en boca de la opinión que, en un nivel de análisis más profundo, denota un reclamo de legitimidad. Sin un poder político asentado sobre creencias firmes, capaz de fijar un rumbo cierto y de poner pecho al triple impacto del desorden económico, el faccionalismo y la corrupción, es imposible que el país encare la reconstrucción de un tejido social tan dañado.

En esta encrucijada estamos cuando apenas hemos transpuesto la mitad del período presidencial. Un reto para centristas y hacedores de consenso.■

* Politólogo e historiador. Profesor emérito de la Universidad Torcuato Di Tella.