DE LA ARGENTINA A LA REPUBLICA DE LA SOJA.

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Por: Luis Tonelli. Lo escuchamos seguido y más en épocas electorales: a los políticos no se les cae una sola idea. Cosa que cuando miramos los spots de campaña, queda inmediatamente comprobada.

Está bien que estamos en la era de la imagen y hoy lo que exceda la atención que nos merece una imagen es desechada por aburrida. Así mandan su equivalente en palabras, los eslóganes, que más que proponer ideas de modo simple, son ante temas cada vez más complejos, la retórica típica que asume la ignorancia.

¿Es el problema de la Argentina la falta de ideas? Cuando vemos que en el mundo el tema de la inflación ha sido prácticamente resuelto (especialmente, antes de la pandemia, que obligó a los gobiernos a darle qué te dale) y en nuestro país alcanza 50%, esto significa que no sabemos que la causa?. ¿O que en realidad no podemos implementar las medidas que se toman en el resto del mundo, y que están en internet?.

Lo que le pasa a la Argentina, ¿es un problema de conocimiento o un problema de poder? Me contestarán con un eslogan “Saber es Poder”- Innegable. Pero no todo el poder es conocimiento. Esta el poder que confiere la autoridad (o sea el poder político), está el poder del dinero, está el poder bélico. O sea, que el “conocimiento” puede quedar subordinado y utilizado por alguno de los otros poderes. El conocimiento de los científicos alemanes utilizados por los nazis fue utilizado después, cuando emigraron, por el gobierno de los Estados Unidos.

Hace unos años atrás, ahora que pienso, muchos años atrás, cuando leí la Historia Integral Argentina del historiador estadounidense David Rock, entendí que cuando él se refería que el país seguía teniendo una dirigencia colonial que había perdido su metrópolis, lo entendí en términos de las relaciones internacionales: que los Estados Unidos nueva había ocupado el lugar que significó Inglaterra.

Sin embargo, David Rock habla de la estructura interna del país, y lo que quería decir era que en la Argentina faltaba una dirigencia social. A este país lo diseñaron una combinación de caudillos, proto-burócratas e intelectuales que agarraban con gusto el sable.  O sea, que el país tuvo siempre una clase política, pero no un estamento social líder.

Y si, obvio: la Constitución de 1853, aunque auspiciada por Justo José de Urquiza -que  era el Slim de su época- no tuvo la participación de los personeros de las grandes fortunas en su redacción, como si en la de los Estados Unidos.

Como su apelativo lo indica, la Generación del 80, la que va a protagonizar los fastos del Centenario de la Independencia, es posterior a la sanción de la Constitución, que es más bien una hija dilecta de la Generación de 1837, liderada por Esteban Echeverria, y que iba a contar en sus filas con Juan Bautista Alberdi, el numen intelectual de nuestra Constitución.

Un entrerriano: Urquiza, un tucumano: Alberdi, y un cordobés, Roca, fueron los personajes claves de la historia constitucional que fue resistida por Buenos Aires, a tal punto de estar seis años fuera de la Constitución, y culminar un proceso que finaliza con tres de las batallas más sangrientas, y no por casualidad de nuestra vida como Nación: la federalización de Buenos Aires.

Buenos Aires tenía minoría en el Colegio Electoral. Y a ese presidente se le confirió la Ciudad de Buenos Aires, capital de la provincia homónima, como trono para un presidente cuasi rey.

La primer parte de la Constitución, la que se ocupa de los derechos y garantías liberales, estaba en todo caso, destinada a generar a una burguesía nacional. La parte segunda, la de las autoridades nacionales y provinciales buscaba reflejar las  realidades de las hegemonías.-

Ese conservadorismo provinciano, lo que representaba en aquella época, nosotros llamamos hoy la clase política. Y no fue desalojada del poder como preveía Alberdi por el ascenso de una clase social “dirigente” que creaba la constitución (lo que iba a cambiar la fisonomía argentina), pasándose así de la República Posible a la República Verdadera.

Claramente, ese conservadorismo provincial  seria aliado de la burguesía pampeana, pero el carácter instrumental de su relación con las ideas liberales iba a quedar demostrado cuando pasaron a formar parte integrante del primer peronismo.

Una clase política crecida como administradores coloniales del territorio, como lo vio Rock, cuyo sueldo lo pagaba la Corona de la plata que extraía del Potosí.

De lo que estamos hablando es que en nuestro país le falta una dirigencia social y que en cambio hay una extendida clase política, extractiva y distribucionista. Y la clase política, sin clase dirigente social tiene un problema: no puede decir que no, ya que los políticos están diseñados para ganar las elecciones. El país sigue siendo tan Estado céntrico como antes.

Todo conflicto en vez de ser arbitrado por el Estado pasa a ser un renglón del presupuesto nacional convertido en déficits e inflaciones. La delgada sociedad civil danza también alrededor del Estado. 

 Borges dijo en El Golem eso que “Si (como afirma el griego en el Cratilo) el nombre es arquetipo de la cosa en las letras de ‘rosa‘ está la rosa y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo‘”.

En su nombre, nuestro país rinde homenaje a ese mineral que lo financió antes de que fuera país. En la tabla periódica de elementos, el símbolo de la Plata es AG, por Argentum, “plata” en latín. Pero a la plata como fuente de generación de divisas le siguió la carne, el trigo y hoy la soja, en un país del que todos somos parte de la política y pocos genera dólares. Sin dirigencia social, las instituciones no se apoyan en nada. Y así el país va al garete. Todos sabemos lo que necesitamos, pero ninguno quiere ceder lo suyo-