CRISIS SOBRE REPRESENTACIÓN.

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Por: Luis Tonelli. La cuestión de la distancia entre nuestras creencias y la “realidad” ha tenido bastante centralidad en la filosofía occidental. Quizás la metáfora que, todavía, forma parte del punto de vista standard en nuestras sociedades es la del “mito de la caverna” de Platón. Los comunes y silvestres, situados entre el fondo de la caverna y la fuente de luz, pensamos que esa sombra es la realidad, cuando es mera doxa, mera opinión. En cambio, los filósofos, ubicados en el punto privilegiado del “saber”. Conocimiento enorme, comparado con el del resto de los seres vivos; ignorancia absoluta cuando la analizamos en términos de su eficacia para resolver esos problemas siempre vigentes: la pobreza, el ecosistema, y ni hablar del temita de “ser feliz”.

Plantearnos, como Jeremy Bentham, que el objetivo del ser humano es buscar algo tan abstracto, tan esquivo y tan misterioso como la “felicidad” es reconocer nuestra esencia de “animales desequilibrados”, metabólicamente diseñados para soportar la escasez. Somos carnívoros sin colmillos ni garras, nos definía Nietszche, y sin embargo bastante bien nos la hemos arreglado gracias a esa cosa llamada razón, así como también hemos perpetuado la idea de escasez. A tal punto que si los niños ricos tienen tristeza es porque no pueden comprarse algo que el resto de la humanidad consideraría un gasto superfluo. Algo en el ADN humano se encuentra en la base del capitalismo.

Y sin embargo, también frente a problemas menos abstractos, los argentinos en particular, nos manifestamos escasos de ideas para solucionar nuestras escaseces, diríamos más materiales. Ahí tenemos una venganza de la Doxa, de la gente común, frente a los “doctores”, los sabios, los intelectuales, los técnicos, cuyos elencos, uno tras otro, no han logrado resolver nuestro enigma del desarrollo.

Niklaus Luhmann, el sociólogo alemán que ya es un clásico, definió a nuestras sociedades como estando conformadas por las comunicaciones entre personas, pero no habitadas por personas (cosa demostrada palmariamente durante la cuarentena: no había un alma en las calles, pero el mundo siguió andando. Parte de esa comunicación resulta del explicarnos el “qué somos”, construir una “semántica” (relato para unos, narrativa para otros).

Obviamente, no estamos hablando de patrañas manipuladoras como el  “estamos ganando” o que esos estruendos no son los fuegos artificiales de la victoria, sino los cañonazos de los rusos que caen sobre el bunker berlinés de Hitler. Las sociedades generan explicaciones simplificadoras de un sistema complejo e inasible, en el que estamos inmersos y que intentamos tomar distancia para poder explicarlo.

Podría decirse que la semántica actual “adelanta” en la Argentina de hoy. Nos pensamos cada día más modernos cuando quizás, nunca fuimos modernos, Latour dixit. Estamos dominados por la semántica de una virtualidad que lo inunda todo. El nuevo sujeto histórico contemporáneo resulta precisamente un sujeto tan amorfo y sin historia como la “Gente”, quien ha remplazado sorpresivamente a los dos sujetos en ciernes de la disputa vernácula por excelencia: la ciudadanía, cara al imaginario radical, y el pueblo, su alter ego peronista.

La disputa por la gente, entre los medios, los políticos y terciando los encuestadores, ha llevado a  subestimar los otros componentes esenciales de la política: la organización, y el territorio. En las últimas elecciones legislativas, esos nuevos imberbes, los de La Cámpora,  iban por el territorio, sin embargo esa pre modernidad cada vez más presente por la crisis, demostró su capacidad defensiva. A tal punto que, frente a su derrota, Cristina Fernández, luego de las PASO; sagazmente  abrió la puerta para que entraran gobernadores e intendentes, asimilando la derrota, antes que la derrota se la engullera.

La única verdad que hoy pareciera ser nuestra virtualidad no se relaciona con los “hechos” registrados por datos más confiables que la palabra de un comentarista. No existe ese votante aséptico, racional, informado e independiente. Se sigue votando como siempre: los sectores populares prefieren no ir a votar o votar a cualquiera, a sufragar a favor de candidatos gorilas. Lo mismo resulta la inversa.

Nuestro sistema político, a nivel electorado, es bi modal pero no bi polar: los electores se sitúan en el centro pero la mayoría no cruza la frontera que divide al peronismo del no peronismo. En las últimas elecciones, quienes votaron al FDT en el 2019, y no quisieron volver a votarlo, se inclinaron por votar a cualquier cosa, antes de a algún candidato de Juntos por el Cambio.

Otra semántica popular es la que divide al neoliberalismo del populismo, como si no se tratara de dos caras de la misma moneda, que es la necesidad de dólares: cuando tenés soja, impones las retenciones, cuando no, vas por la deuda.

Y por último, tenemos la semántica de “la sociedad depredada por los políticos” y la famosa crisis de representación, cuando en realidad, la lógica que impera, para “todes”, es la de la depredación: la Argentina debe ser el único país del mundo en donde cada conflicto social se resuelve mediante su institucionalización en una línea del presupuesto público. Tan diferente del caso chileno, cuyos condenados de la tierra, alienígenas según los bautizó la señora esposa del ex presidente chileno en ejercicio, han elegido a alguien tan fuera de la clase política, que ahora pareciera estar abocado a pertenecer a ella.

O sea, más que crisis de falta de representación tenemos una crisis de sobrerrepresentación. Un Estado impotente frente a la sociedad, que se las ingenia regresivamente para hacerse de recursos (impuestos indirectos, inflación) que los mismos actores sociales degluten en formas de pesos emitidos por la maquinita, y cambiados comme il fault, a dólares antes de que se disuelvan en el aire.

Un conflicto distributivo ultra mediado, que ha evitado el conflicto agudo, pero no la grave circunstancia de una sociedad que se fagocita a sí misma. Problema que no tiene una resolución natural, sino una generada por el liderazgo. Si algo nos enseña la historia, es que una sociedad no posee ningún piso para dejar de caer.