COVID 19: LA INCERTIDUMBRE

0
95

 

Yves-Alexandre Thalmann*. Ante lo desconocido e imprevisible, como la pandemia de la COVID-19, imaginamos lo peor. Se trata de un sesgo cognitivo que nos lleva a sobrevalorar la repercusión de los acontecimientos trágicos.

La incertidumbre actúa como una lente de aumento dirigida a nuestros contenidos mentales que provocan ansiedad e influyen de manera negativa en nuestro estado de ánimo.

La terapia de aceptación y compromiso ofrece herramientas para paliar pensamientos negativos que nos causan ansiedad. Entre estas, la ­defusion cognitiva.

Una pandemia que afecta a la salud de millones de personas, una crisis económica que desestabiliza el mercado laboral, un planeta cada vez más explotado… La incertidumbre se ha instalado como invitada de honor en este principio del siglo xxi. Sin duda, habíamos ignorado su presencia bajo el dulce ronroneo de una sociedad de consumo que prometía satisfacer de inmediato todos nuestros deseos y, lógicamente, nos angustiamos ante este imprevisto y esta nueva dosis de desconocimiento.

¿Cómo reaccionamos ante la incertidumbre? ¿Por qué nos sentimos a veces tan desconcertados? ¿Existen medios para gestionar mejor esta situación? Como veremos a continuación, la incertidumbre es más desestabilizadora cuando suponemos que lo incontrolable y lo desconocido están cargados de males potenciales. A menudo tememos lo desconocido porque no sabemos lo que nos deparará y porque frente a ese punto ciego tendemos a suponer que nos llegaran desastres.

Este sesgo que nos lleva a sobrevalorar la repercusión de los acontecimientos trágicos en la vida.

Una gran trampa: la ilusión focal

Para hacernos una idea de la brecha entre nuestras expectativas y la realidad, dejemos que nos guíen por escenarios angustiosos quienes los han atravesado realmente. En ocasiones, de boca de amigos o incluso de la nuestra, oímos frases como: «Si mi hijo se muriera, no lo soportaría», «Si mi marido me dejara, me quedaría devastada y nunca podría superarlo», «Si perdiera la movilidad de las piernas tras un accidente, preferiría morirme», etcétera.

Estas preocupaciones a causa de un futuro hipotético responden a lo que los investigadores denominan «la ilusión focal»: damos demasiada importancia a lo que tememos y, en cambio, ignoramos otros factores que tendrían un impacto real sobre nuestro bienestar en el caso de que sucedieran.

La incertidumbre invita a la sabiduría

La pérdida de un cónyuge es gravosa, pero por muy dolorosa que sea, al menos puede dar lugar a nuevos encuentros que ayuden a salir de la soledad y a rehacer la vida. Pero ¿qué ocurre con las tragedias irreversibles y con resultados permanentes? ¿Qué hacer cuando un accidente provoca una discapacidad de por vida? Si se pide a participantes sin discapacidad y sin contacto alguno con personas parapléjicas que estimen el porcentaje de sentimientos tristes que estas últimas experimentan a diario, su valoración se aproxima al 70 por ciento, En otras palabras, para ellos, una persona con paraplejia experimenta principalmente emociones negativas. Tienden a pensar que la discapacidad mina la cotidianeidad y, por supuesto, consideran que, si les sucediera lo mismo, ello ensombrecería en gran medida su propia existencia.

Resulta interesante analizar las razones que contribuyen a este sesgo de percepción. Los análisis revelan que los encuestados se imaginan únicamente las dificultades con que las personas parapléjicas se enfrentan a diario, e ignoran los aspectos más dulces de la existencia que también están presentes: pasar tiempo con la familia, ir al cine, ver a los amigos o comer en un restaurante, entre otros muchos. Las actividades agradables lo son en la misma medida para las personas con paraplejia, pero nuestro cerebro da más importancia a lo que perdemos (poder usar las piernas) que a todo lo demás. Este fenómeno, que se conoce como «aversión a las pérdidas», fue uno de los pilares del premio Nobel de Kahneman y Tversky. Influenciados por la ilusión focal, centramos la atención en ciertos parámetros en detrimento de otros más placenteros.

Cuando no sabemos lo que nos deparará el futuro, y vemos a otras personas enfermas por un virus, afectadas por un atentado o que han perdido el empleo, la incertidumbre sobre lo que nos espera, con frecuencia, nos hace imaginar lo peor. Esta es la fuente de nuestra ansiedad. Influenciados por la ilusión focal, centramos la atención en ciertos parámetros en detrimento de otros más placenteros. Y de ahí la «frase antídoto» de Kahneman: «Nada en la vida es tan importante como lo que piensas y el momento en que lo piensas». En nuestro teatro interior, el proyector de la atención presta importancia desmesurada a lo que ilumina en perjuicio de lo que deja en la sombra. Está en nuestras manos restablecer ese equilibrio modificando la forma de pensar. No olvidemos que unos mecanismos de adaptación formidables funcionan en el cerebro para construir resiliencia y ayudarnos a superar la adversidad y recuperarnos. Con toda certeza, ninguna vivencia que tengamos afectará tanto a nuestra felicidad como tememos.

 

Evitar el efecto rebote

La incertidumbre actúa como una lente de aumento dirigida a nuestros contenidos mentales que provocan ansiedad y afectan negativamente a nuestro estado de ánimo.  Pero en cuanto están solas y sin nada que hacer, su mente es invadida de nuevo por pensamientos deprimentes. El sabotaje de nuestras redes de atención por parte de las preocupaciones sería el responsable de la dificultad que tenemos para afrontar con serenidad la incertidumbre.

Una vez conocido el mal, ¿cuál podría ser el remedio? Cada uno de nosotros ha sufrido la dolorosa experiencia de tener pensamientos inoportunos que invaden la consciencia pese a nuestros intentos por no prestarles atención. Por desgracia, nos resultan familiares esas partidas de ping-pong mental interminables en las cuales cada argumento genera un contraargumento que barre al primero de inmediato.

Terapia de aceptación y compromiso

Sin duda, pensar en no pensar en algo no es una estrategia exitosa, como tampoco contraargumentarse a sí mismo. Una vía más prometedora y que todos podemos utilizar para calmar la incertidumbre, incluso cuando no alcanza niveles «patológicos», proviene de los trabajos llevados a cabo por la tercera generación de terapias cognitivas y conductuales, cuya idea central radica en debilitar los pensamientos que provocan ansiedad en lugar de combatirlos en vano. Estos trabajos, validados por diversos estudios, son el origen de la denominada terapia de aceptación y compromiso (TAC). La TAC facilita múltiples herramientas para mitigar los pensamientos que causan ansiedad más allá de las psicoterapias.

Aprendemos que los pensamientos que provocan ansiedad no son, en sí mismos, el problema, sino el crédito que les damos. Debilitar un pensamiento significa dejar que exista en la consciencia, pero sin darle importancia. Dicho de otro modo, observarlo tal cual es, como una producción autónoma de nuestra mente, y dejarlo marchar tal como vino. Esta forma de proceder se inspira directamente en la meditación de la consciencia plena: dejamos que los pensamientos fluyan como nubes en el cielo de nuestra mente sin aferrarnos a ellos. Del mismo modo que una imagen nunca es la realidad, un pensamiento tampoco es la realidad, sino solo una representación mental de esta, la cual, frecuencia está sesgada. Debemos tomar distancia de nuestros pensamientos en lugar de intentar modificarlos.

En la terapia TAC, el debilitamiento de los pensamientos remite al término de aceptación. ¿Qué nos propone el segundo eje, el del compromiso? Los cambios en el mundo no se producen solo a través de pensamientos, sino por las acciones que estos hacen posible. Siempre tenemos la oportunidad de actuar, incluso en situaciones de gran incertidumbre. En ese caso, podemos identificar nuestros valores y emprender acciones, por pequeñas que sean, para dirigirnos en esa dirección. Si, por ejemplo, estamos sufriendo por el distanciamiento social que imponen las medidas sanitarias para luchar contra la pandemia del nuevo coronavirus, somos nosotros quienes debemos realizar pequeñas acciones para reforzar los lazos con los demás.

La acción es siempre un antídoto contra la depresión: moviliza la atención desviándola de nuestras preocupaciones; y sobre todo, haciendo una contribución concreta al mundo que nos rodea.

No estamos desamparados frente a la incertidumbre y a la ansiedad que esta conlleva. También existe la inclinación, en situaciones de incertidumbre, a deleitarse con información que genera ansiedad y que da cuerpo a dicha angustia. Por tanto, nuestros valores esenciales son como el faro tranquilizador que guía a los navegantes desorientados en la niebla.

Actuar con certidumbre en la incertidumbre. La incertidumbre propia de nuestra condición humana. Más que dejarnos arrastrar por los vórtices de la ansiedad, podemos oponernos con una acción de compromiso dictada por nuestros valores. La acción como antídoto a la crisis: así es, sin duda, como podemos enfrentarnos a las trampas de nuestro cerebro ante los desafíos que nos esperan.

 

*Psicólogo y especialista en desarrollo personal. Doctor en física de partículas por la universidad de Fribourg en 1997.000. Ha ampliado estudios en Francia, Bélgica y Canadá. Es autor de diez libros.