CASI TODOS

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Mario Riord* He cometido todos los errores que se pueden cometer”, se lamentó Theodor Kallifatides. “No te aflijas -lo consoló Ingmar Bergman- no todos”.

El diálogo entre el escritor griego y el cineasta sueco resume la política comunicacional del Gobierno: no hizo todo mal, pero hizo mucho verdaderamente mal. Encima, el clima de época promueve las radicalizaciones políticas, útiles electoralmente para seducir el escepticismo reinante, pero dinamitan cuánto proceso de consenso se cruce. Las oposiciones transitan enfocadas en una estética adversarial extrema sin aventurarse a planificar un futuro mediato vistas a sí mismas como gobierno.

“Como te ven te tratan”, dice un refrán. Y al Gobierno lo ven débil. Radicalización opositora, debilidad gubernamental, partidaria y en la opinión pública. No son un combo fácil de gestionar. La comunicación política, como esencia, podría resumirse en el intento de control de la agenda pública. Es puja, cooperación y cooptación simultánea entre actores de la política, medios y ciudadanía. Una tensión dinámica que no cesa nunca. ¿La falla de la comunicación? No dar ni pujar por argumentos.

Pujar no es cambiar un sistema marcario y el eslogan gubernamental en situación de crisis, casi rayano con la mala praxis. No es eso. “Qué lindo es dar buenas noticias”, decía, guionado, el ex presidente Fernando de la Rúa. Nada distinto a algunas acciones comunicativas desprendidas de Presidencia de la Nación en la actualidad que dejan ver una impostación exagerada del Presidente y su gobierno que no hace otra cosa que exacerbar la percepción de debilidad (o la ausencia de autoridad). Acciones tácticas. Inocuas. Faltas del más mínimo criterio profesional, por ende, temerarias para una crisis.

¡Me olvidaba! Mala praxis es cuando la comunicación no solo no mejora la percepción o reputación de quien comunica en una crisis, sino que se caracteriza porque empeora la situación de la sociedad. Una crisis requiere certezas comunicativas. Apunta a batallar contra la incertidumbre. Se espera de los líderes que reduzcan la incertidumbre y proporcionen una narración autorizada acerca de qué está pasando, por qué está sucediendo y qué es necesario hacer. Se espera que esos responsables políticos minimicen el daño de la crisis en cuestión. Los responsables deben explicar qué salió mal y convencer de que no volverá a ocurrir. La gestión de crisis sustenta directamente las vidas de los ciudadanos y el bienestar de las sociedades. Cuando las vulnerabilidades emergentes y las amenazas son valoradas y afrontadas adecuadamente, algunas contingencias potencialmente devastadoras simplemente no suceden o se mitigan. Vemos negligencia comunicativa. Cuando los responsables políticos responden bien a una crisis, el daño es limitado; cuando fallan, el impacto de la crisis aumenta.

Pero no todo es el clima de época. Hay climas que son característicos de territorios políticamente hostiles desde hace largo rato. En los noventa, el célebre economista alemán, Albert Hirschman, ensayaba de modo magistral respecto a la retórica reaccionaria y el modo en que esta se comportó en la historia del mundo en el último siglo y medio. Estudiemos haciendo historia.

La retórica reaccionaria, según el propio Hirschman, tiene argumentos fetiches. Son usos -según su pensamiento- de la derecha y que afectan negativamente el debate democrático y ponen en jaque a las tres grandes oleadas progresistas:

1) La conquista de los derechos humanos y otros derechos civiles a partir de las revoluciones francesas y norteamericanas (siglo XVIII).

2) Los movimientos del siglo XIX a favor de la ampliación de la democracia.

3) La presencia del Estado Benefactor en el siglo XX que incluye los derechos socioeconómicos.

Probablemente sea rico incorporar también reformas, conquistas y derechos de la última parte del siglo XX y lo que va del siglo XXI. Sin embargo, según Hirchsman, las oleadas progresistas fueron siempre acompañadas de contraofensivas ideológicas que buscaban preservar el status quo o el orden previo.

Tengo una diferencia con el autor: los tres argumentos no son exclusivos de los sectores conservadores, aunque sí es verdad que abundan preferentemente en posturas reaccionarias ya que, al no poder atacar de frente los objetivos que la opinión pública sostiene como positivos, atacan el contexto y los medios disponibles para lograrlo; ya que genera- rían fenómenos adversos. Su concepto central aparece acá: las consecuencias no deseadas o no previstas. No son enunciaciones necesariamente racionales, pero si tienen una estructura argumentativa. Los argumentos de Hirchsman son:

El argumento del efecto perverso sostiene que las iniciativas tendientes a mejorar el orden social, político o económico existentes dan invariablemente por resultados efectos por completo inversos al objetivo buscado. Los reaccionarios se terminan convenciendo para afirmar que la inteligencia, la perspicacia y la grandeza son cualidades que faltan en el campo opuesto.

 

La inanidad es un argumento que afirma que los proyectos de transformación del orden instituido son vanos y estériles, no modifican en nada el status quo, en suma, que no tienen ningún efecto. Se afirma que un determinado proyecto de cambio está muerto al nacer. Se niega o minimiza el cambio. La tesis supone un mundo rígido, estructurado y sometido a leyes de organizaciones implacables, insoslayables e imposibles de transgredir. El argumento critica a los progresistas por ignorar la rigidez y la estabilidad del mundo social. A menudo, suelen afirmar que los agentes del cambio son impostores que, con el pretexto de ayudar a los desposeídos, se las arreglan para ser los únicos en obtener ventajas del Estado.

Y el argumento de poner en peligro lo ya logrado. Este argumento estipula que los programas reformistas tienen una molesta tendencia a comprometer o, más aún, a reducir a la nada adquisiciones, ventajas y derechos antes obtenidos, con frecuencia a costa de penas y miserias. El argumento no niega la posibilidad del cambio. Sin embargo, afirma que lo que ganamos por un lado, lo perdemos por el otro. Se trata de un juego de resultado negativo, ya que el valor que se pierde siempre es superior.

Uno activa lo imprevisible, otro no cambia nada y otro compromete lo que está. El profesor André Gosselin continúa el ensayo e incorpora tres argumentos complementarios.

El compromiso fatal, por el que se ataca a las posiciones, proyectos o acciones del adversario con el pretexto de que sus posiciones conducen inevitablemente a una segunda acción, sólo que esta vez es claramente menos deseable; y esta acción compromete a una tercera aún menos deseable y así sucesivamente, hasta que se toque fondo. Ejemplo: la venezuelización de las medidas económicas siempre va en este sentido. El argumento descansa sobre postulados de la psicología social y del fenómeno del primer paso o tendencia de los individuos que ya han accedido a ciertas demandas a acceder posteriormente a una más importante. Se basa en que la determinación política, tras tomar una decisión a la vista de todos, implica mantenerse a fin de parecer coherente, racional y seguro.

 

El efecto de la profecía autocumplida consiste en hacer notar al adversario que sus creencias erróneas pueden crear su propia realidad. Consiste en afirmar, por ejemplo, que la hostilidad engendra hostilidad. Si persistimos en percibir el campo del adversario como un campo que se niega a cooperar, nuestra creencia errónea impulsará al adversario de una manera que confirme nuestras expectativas. Subyace la idea que impulsados por la convicción de que el enfrentamiento es inevitable, los dos campos ajustan cada uno un dispositivo de guerra en estado de alerta, de suerte que aquí prever la guerra contribuye a desatarla. Plantea la idea de la defensa preventiva: el actor pretextará que es el otro el que ha dado origen a su propia reacción, que la fuente del problema está en el otro. Recordar la votación del presupuesto explico esto muy bien.

El argumento del exceso de voluntad consiste en denunciar los excesos de voluntad de ciertos actores políticos cuando éstos tienen la finalidad de obtener ventajas que sólo pueden realizarse mediante mecanismos de las consecuencias no intencionales. El adversario busca obtener voluntariamente algo que solo se obtiene de forma involuntaria. La puja por el control de la inflación descansa aquí.

Estos 6 argumentos frenan reformas, postergan decisiones, deslegitiman políticas. A diferencia de los autores, creo que los argumentos no son patrimonio exclusivo de ninguna tendencia política. Funcionan, sí, en retóricas conservador as. Pero también, los progresismos se han valido de ellos en numerosas oportunidades. Lo importante es que hay que estudiarlos y pujar. Frente a ellos hay que pujar. Eso es comunicación política efectiva. Otra cosa no. En la Casa Rosada deberían estudiar. Ahí está el máximo error.

* Mario Riorda Director de Comunicación Política, Universidad Austral es un pensador político y económico, autor de libros sobre estas materias. Es un amante de la naturaleza y de potente pur sang.