BRASIL: LA SOMBRA MILITAR.

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Brasil se tambalea por la pandemia implacable. Son centenares de miles de víctimas. Con alrededor de tres por ciento de la población mundial, Brasil tiene un 35 por ciento del total de víctimas fatales de covid-19 en el mundo.

Los expertos esperan medio millón de muertos hacia fin de abril. ¿Una tragedia? Claro que sí. Con un matiz político. Jair Bolsonaro privilegia no alterar demasiado la marcha de la economía.

Cuenta con un gobierno militarizado. Quienes conocen bien el paño sostienen que la estabilidad política en Brasil depende del control y la aprobación militar. No en vano en este caso específico hay seis mil, la mitad de ellos activos, interviniendo en los asuntos del Estado. A lo largo y a lo ancho del inmenso país. Los militares controlan y además  ocupan casi la mitad de los ministerios.

Bolsonaro llegó a ser Presidente porque el entonces comandante del Ejército, Eduardo Villas Boas, advirtió a la Corte Suprema que si concedía el habeas corpus pedido por Lula, habría problemas. Es la postura permanente de las Fuerzas Armadas. Y lo sigue siendo.

Pero hay otro escenario. Bolsonaro tiene roces incómodos con el Ejército. O al menos con un sector, preocupado por la marcha del Estado. Despidió a su ministro de Defensa, general retirado Fernando Azevedo e Silva.

Los comandantes de las tres fuerzas, en gesto unánime de protesta renunciaron a sus puestos. Bolsonaro los echó. Los miembros del Alto Comando le enviaron una lista con tres otros nombres.

Irritado con declaraciones del general Paulo Nogueira defendiendo medidas de aislamiento social y uso de mascarillas, Bolsonaro presionó al entonces comandante del Ejército para sancionarlo. No fue posible, ninguna autoridad militar aceptó.

Los cuerpos de oficiales dejaron en claro en muchas ocasiones que a pesar de la presencia de decenas de militares retirados o en actividad en puestos claves del gobierno actual, su apoyo al presidente es condicional.

Bolsonaro también exigió inútilmente a los altos mandos militares que condenasen la iniciativa de la Corte Suprema de anular los juicios contra el ex presidente Lula, devolviéndole la posibilidad de postularse a elecciones.

Las relaciones entre Bolsonaro y las fuerzas se han deteriorado. El Presidente pierde influencia. De ahora en más le será difícil de adoptar eventuales medidas de fuerza con respaldo de las Fuerzas Armadas.

Los cuerpos de oficiales maduraron durante la catástrofe posterior a la dictadura de 1964-1985. Detestan la interferencia política.

La nostalgia de la dictadura o el odio a la izquierda “comunista” han sido el único hilo ideológico coherente de Bolsonaro en sus 30 años de carrera política. Su popularidad se diluye entre la pandemia y la falta de trabajo. Su postulación para ser reelecto y ganar es improbable. Estas últimas semanas, el presidente advirtió sobre un posible “fraude” en las elecciones de 2022, y mencionó a “mis” Fuerzas Armadas. Además impulsó decretos que permiten que sus seguidores estén armados, y dijo ante una multitud de cadetes del ejército que “si de mí dependiera”, Brasil viviría bajo un sistema político diferente, presumiblemente autoritario.

Otro candidato a Presidente observa y espera: Luiz Inácio Lula.