ALEMANIA: SEIS SEMANAS.

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Guy Chazan*. El sistema de rastreo de Alemania, junto con su cuarentena de seis semanas, ha sido fundamental para detener la propagación del Covid-19 y evitar que desborde el sistema de salud.

También fue positivo que el país tenga un gobierno bien aceitado, dirigido por Ángela Merkel, que evitó los repentinos zigzags políticos vistos en otros lugares. El 17 de abril, las autoridades anunciaron que la pandemia estaba bajo control, menos de seis semanas después de las primeras muertes.

El país tuvo su primer brote en enero en las oficinas centrales de Webasto, un proveedor automotriz, cerca de Munich. Rápidamente se identificó el origen, un empleado chino que había estado asistiendo a talleres internos allí.

Diez empleados terminaron contagiados. Después de una extensa averiguación, los que tenían el virus fueron aislados y alertados sus amigos y parientes.

“El rastreo de contactos ha sido importante desde Webasto”, contó a FT el ministro de salud alemán Jens Spahn, “Con Webasto, pudimos reconocer rápidamente todas las cadenas de contagios e interrumpirlas. Y como resultado, evitamos que se extendiera por todo el país”.

Algunos expertos piensan que no es del todo justo considerar a Alemania como un ejemplo de gestión de crisis. “Hay otros países modelo que han recibido mucha menos atención, como Vietnam, que no tuvo ninguna muerte por Covid-19, afirmó Hendrik Streeck, profesor de virología de la Universidad de Bonn.

Gran parte del relativo buen desempeño de Alemania se debe a que tuvo suerte. “Tuvimos la ventaja de que contamos con más tiempo para prepararnos. Vimos las imágenes de China e Italia antes de que la ola nos golpeara. Pero también, ante esas imágenes reaccionamos más rápido que otros países, con testeos y rastreos constantes”. En marzo, el país había hecho de 160.000 pruebas por semana, basada en un test de diagnósticos en el que es pionero el hospital Charité de Berlín. Para mediados de mayo, esa cifra aumentó más de 360.000 realizadas por 128 laboratorios privados y públicos.

Las cifras lo confirman. Al 1° de junio, Alemania tenía 183.508 casos confirmados de Covid-19, según datos de la Universidad Johns Hopkins, lo que la convierte en el noveno país más afectado del mundo.

Pero el número de muertos por el virus es notablemente bajo, sólo 8546, o cerca del 4,7% del total. Esto equivale a unas 103 muertes por millón de habitantes, en comparación con 430 en Francia, 554 en Italia y 579 en el Reino Unido. Aunque las escuelas, los comercios no esenciales y los restaurantes cerraron durante semanas, una gran proporción de las empresas y fábricas siguieron funcionando con normalidad. Alemania también levantó el aislamiento más rápido que muchos de sus vecinos.

Y lo que es más importante, el sistema de salud nunca estuvo demasiado sobrecargado. “Nunca llegamos a tener demasiada gente en cuidados intensivos”, dijo Streeck.

Se aceleran los preparativos desde el ministerio de salud dirigido por Spahn, un político de 40 años potencial canciller. Se intervino pronto y se pidió a los hospitales posponer todas las prácticas no urgentes.

Ese pedido estuvo respaldado por incentivos financieros: se prometió a los hospitales 560 euros diarios por cada cama que mantuvieran libre para un paciente potencial de Covid y 50.000 euros para cada cama adicional de terapia intensiva que crearan. Incluso antes de esas medidas, Alemania tenía muchas más camas de cuidados intensivos que otros grandes países europeos: 34 por cada 100.000 personas, en comparación con 9,7 en España y 8,6 en Italia. Esta proporción aumentó durante la pandemia, dado que el número de camas subió 28.000 a 40.000. Había tantas que muchas nos e utilizaron.

Las tasas de contagio han disminuido. Alemania ahora informa unos pocos cientos de casos al día, comparado con los 6000 de principios de abril. A medida que la crisis se alivia, el propósito unificador que definió el enfoque inicial del país se quebró. En abril, Merkel expresó su frustración por la forma “precipitada” en que algunos estados se apresuraban a suavizar la cuarentena.

Esas diferencias estallaron a fines del mes pasado cuando la cancillería intentó extender las restricciones al contacto social hasta el 5 de julio. Los estados se rebelaron, insistiendo en que debían eliminarse a partir del 29 de junio. Algunos estados ahora ignoran cada vez más a Berlín y fijan sus propias normas.

En algunos lugares, se mantienen restricciones severas: sólo se pueden juntar los miembros de dos familias a las vez, ya sea e público o en privado. Pero otras se han relajado. A fines de mayo las calles se llenaron de nuevo con familias y los comercios volvieron a abrir.

*Guy Chazan es jefe de la oficina de Berlín del Financial Times. Antes trabajó por años en el  Wall Street Journal como corresponsal en Moscú.