LOS CISNES NEGROS DE LA JUSTICIA.

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Aunque en ciertas ocasiones los astros se alinean, evidentemente deben existir otros momentos en que se extravían de sus derroteros y ese tiempo, parece ser el que atravesamos ahora. Como tantas veces fuimos favorecidos con beneficios inesperados, parecería que nos ha llegado   la hora en que se transformen los destinos.

 

Mientras debemos recurrir a la clemencia de nuestros acreedores, estos se debaten en una de las peores crisis económicas   de los últimos años, mientras poníamos nuestros ojos en la esperanzada extracción de los tesoros guardados en “Vaca Muerta” el precio del petróleo se desplomó en el mundo y la soja que nos enriqueció durante años,   bajó su valor ante la desaparición de nuestro mejor comprador, ahora entretenido en atemorizar al mundo entre toses y estornudos.

 

Por alguna de esas tantas veleidades francesas, sus dineros se han alejado dejando el litio para más tarde y nuestros asombrados ojos,  más abiertos que de costumbre, ven partir las naves que nos auguraban bonanza, hacia otras tierras. En ese escenario, no parece una pieza menor a considerar, la existencia de una justicia independiente a la que pueda recurrirse para dirimir las controversias que pudieran mantenerse en estos lares.

 

Y es que nuestro bienestar futuro está indisolublemente unido a la seguridad jurídica que, cualquier acreedor, intenta encontrar en el lugar en el que invierte su dinero. Esa ausencia nos ha llevado, en muchos casos,  a declinar nuestra jurisdicción soberana en Tribunales extranjeros  que, no siempre,   han tratado nuestros temas en línea con nuestras esperanzas o con los criterios benevolentes   que hubiésemos deseado  que prevalecieran.

 

Cierto es que los criterios de evaluación de los Tribunales extranjeros no necesariamente habrían de diferir de aquello que pudiese decidirse en estas tierras y, este es el problema, se ha hecho costumbre por aquí,  que los criterios políticos sean los que rijan las decisiones judiciales en vez de ser estas las que establezcan los límites a aquellos.

 

So color de enfrentarnos a los que se ha dado en llamar “Lawfare”, o                       “tiempismo” de los jueces, o “garantismo”, o cualquier otra variedad semántica que reemplace el término Justicia, poco a poco se ha ido instalando el descredito en punto a uno de los tres Poderes del Estado que, en vez de establecer un paradigma, se ha convertido en el responsable de los males que nos aquejan. Podrá decirse que en realidad, nuestros males provienen de las malas decisiones o de los desacertados criterios políticos  de los que nos conducen y, sin embargo,  en nada se modifican las críticas lanzadas hacia los Jueces, como responsables de casi todo lo que nos pasa.

 

Es esta, razón suficiente para avanzar en la reforma Judicial que anticipase el Presidente en su discurso de apertura del año Legislativo?, O la  llamativa omisión a la presencia en el recinto de los miembros de la Corte Suprema,- como si no existiesen-aun  siendo un  Poder de la Republica,  implica una decisión ya tomada de menoscabar su capacidad de controlar a los otros dos Poderes?

 

Los interrogantes no son menores, pues se vinculan al modelo Institucional del País en que habitamos,  siempre es posible mejorar   las Instituciones, pero también es saludable  conocer el destino hacia el que se marcha y no descubrirlo cuando sea imposible regresar al reparo del Estado que conocemos.

 

Las mayorías existentes en el ámbito Legislativo, brindan una ventaja cierta en el designio de concretar modificaciones, siempre y cuando ellas no impliquen alterar la estructura que nuestra Constitución ha establecido en cuyo caso deberán seguirse los pasos previstos en ella, cuando la mayoría de los habitantes decida abandonar la República para asociarse a otras formas de Estado que solapadamente  algunos intentan sugerir.

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