LA TORMENTA PERFECTA

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Por: Carlos Fara. Los economistas, funcionarios de salud y epidemiólogos están a full recalculando todo el tiempo proyecciones sobre lo que podría pasar. Eso sumado a las sucesivas crisis internacionales, están conformando el escenario para la tormenta perfecta, y de paso ahorrarle trabajo a los guionistas de cine que quieren lograr “su primer millón” con un tanque de Hollywood. Y si a eso le sumamos la crisis local, bingo!

 

Por qué debería detenerse esta columna de análisis político en la crisis del coronavirus y sus múltiples consecuencias? Algunas respuestas son obvias:

 

  1. la incidencia sobre la economía mundial y cómo afecta al país, en el marco de la estanflación y la negociación de la deuda;
  2. la reacción gubernamental frente al problema y el manejo de crisis (desde el punto de vista comunicacional);
  3. el impacto sobre la opinión pública;
  4. la incidencia de la globalización en todo su “esplendor”; o
  5. la teoría de los cisnes negros.

Sobre estos cinco puntos ya se ha escrito mucho en las últimas semanas, pero hay dos aspectos adicionales para apuntar: 1) el rol de los Estados y la comunidad de países; y 2) las tendencias históricas.

 

  • El rol de los Estados y la comunidad de países. Obsérvese la reacción global: si bien la salud pública y la vida de los seres humanos es una prioridad obvia, ¿cuántos tipos de crisis podrían llegar a una reacción de este tipo? ¿cuánta psicosis social en una sociedad puede tolerar una intervención extrema por parte de los Estados? Esto implica una gran responsabilidad respecto a cuándo, cuánto tiempo y cuántas limitaciones se deben implementar.

 

Demás está decir que se debe prestar atención al combo de opiniones calificadas (especialistas de todo tipo), la dinámica de la opinión pública en estas ocasiones y los gobiernos que necesitan cubrirse frente a eventuales críticas de falta de reacción a tiempo. Esa combinación genera psicosis a la vuelta de la esquina. En términos comunicacionales existe un matiz importante entre “alertar” y “alarmar”. Con la primera, se pretende que la gente se cuide, sin que entre en psicosis. Con la segunda es como un aviso de ataque aéreo: refúgiese y olvídese de todo lo demás. Se supone que con la segunda los Estados se evitan una enorme cantidad de consecuencias, ya que es preferible “prevenir que curar”. Pues, con todo lo que está sucediendo a nivel mundial, la situación pasó al grado de alarma.

Atrás de esto vienen las observaciones sobre los recortes en los presupuestos de salud pública, empezando por Europa. Y aquí viene otro punto central: ¿cuánto Estado hace falta, y cuánto se puede financiar? En un mundo sobreendeudado, hiper competitivo, más proteccionista y expuesto a crisis globales impredecibles, las sociedad solo demandarán… más Estado.

  • Las tendencias históricas. Hace pocos días la periodista especializada en asuntos internacionales Inés Capdevilla, citó 4 factores que permitirían no ser tan pesimistas sobre la deriva de la crisis del coronavirus: https://www.lanacion.com.ar/el-mundo/mas-alla-del-panico-hay-cuatro-datos-nid2340889. Cien días después de que se conoció el primer brote en China, el coronavirus está por debajo de la tasa de mortalidad del SARS, y muy lejos del impacto del MERS, la gripe aviar o el ébola. La probabilidad de que ocurra un fenómeno tan desastroso como la llamada “gripe española” de 1918 es muy remoto (entre otras cosas por la globalización de la información, la reacción globalizada de las sociedades y los gobiernos, además de la universalización de las vacunas y otros factores de prevención). Estas tendencias las analizan muy bien Hans Rosling en su libro “Factfulness” y Yavul Hariri en “Homo Deus”.

 

Por qué entonces la alarma? Por dos cuestiones: a) los gobiernos necesitan despertarla para que la sociedad extreme los cuidados y evitar que se produzca la profecía autocumplida, y b) existe un sesgo cognitivo que hace que la gran mayoría se fije en lo negativo y minimice lo positivo.

 

Demás está decir que nada de este análisis sirve frente al dolor de una persona que ha perdido a un ser querido. Las desgracias personales no se pueden morigerar. Y eso también lo deben tener en cuenta los análisis políticos.

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