LA MORAL DE UN PUEBLO

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Todos conocemos la diferencia entre ética y moral, mientras la última es el conjunto de las costumbres que se deben respetar para el buen actuar, la primera es el producto de la reflexión individual sobre cuáles acciones son morales o no. Si prefiriésemos hacer más fina la distinción y recurriésemos a la fuente de estos conceptos, como Kant, podríamos señalar que existen normas dictadas por la propia conciencia del individuo, las llamadas “autónomas” o éticas y aquellas otras que dicta la sociedad, por ende externas al individuo o “heterónomas” o morales. Entre ambas categorías se encuentra el derecho,  que sobrevuela ambos conceptos y decide la conducta que resulta obligatoria y razonable exigirle a los miembros de una sociedad.

Últimamente, la sensibilidad de los argentinos se encuentra absolutamente vinculada a las consecuencias que puede acarrearnos el covid-19, está circunstancia preocupa tanto a los gobernantes como a los gobernados, los primeros por la necesidad de no equivocar el camino a seguir y los segundos por la incertidumbre que, sobre su propio futuro, encierra la situación.

Es en este tiempo que hemos puesto los ojos en el resto del mundo, para saber cuáles son las medidas que debemos imponernos para evitar los resultados que desangran y angustian a países, tan próximos a nuestros afectos como pueden ser Italia y España.

En alguna medida, las decisiones han sido tomadas y su eficacia dependerá del acatamiento o no que las mismas reciban de parte de la sociedad, extremo que ahora permite vincular lo dicho al principiar y que pudo parecer ajeno al tema que nos conmueve. Decíamos la última vez, que existIa una decisión que, desde el inicio, encerraba optar entre la economía y la salud de la gente, y, decidido el tema como lo está solo el modo en que las disposiciones habrán de cumplirse permite suponer cuál será su eficacia.

Es, justamente en ese ámbito, en el que las características éticas de los ciudadanos habrán de adquirir especial relevancia, y perfilarán el destino que podemos intuir, nos aguarda un poco más adelante. Las calamidades a veces son generales –cómo ésta por la que atravesamos- y otras particularísimas, por comprometer intereses que pueden entenderse sólo afectan a unos pocos o solo poseer un atractivo específico.

Allí es donde se inician las dudas respecto de la suerte que nos deparará el destino. El comportamiento que exponemos contrasta con cualquier otro en el que busquemos reflejarnos. Desde el dantesco espectáculo de la ciudad de Guayaquil, pasando por los comportamientos más organizados, pero igual de dramáticos, de la ciudad de Nueva York, o por las escenas dramáticas de la ciudad de Bergamo,  nada se parece  a lo que sucede en estas tierras.

Más detenidos por violar la cuarentena, que contagiados por el virus, personajes demorados por no poder circular, conducidos al domicilio en el que deben cumplir el aislamiento y que se escapan rumbo a la costa burlando la autoridad y soslayando su responsabilidad, otros que llegados del exterior se han dedicado a expandir el virus, asistiendo a reuniones -también prohibidas- en las que sembraron la pandemia, en fin, una clara demostración de cómo la ética de los argentinos se aparta  no solo de la moral declamada sino de la misma ley.

 

Esta mácula es imposible de pasar inadvertida apenas se la contrasta con otras ocurridas ante hechos semejantes. Como hecho individual, pero que trascendió al mundo, hace apenas poco más de un año, el mundo vio encenderse el tejado de Notre Dame de Paris, y conoció que, ese mismo día a la noche, un empresario -propietario del conglomerado más reconocido del país -Vuitton, Moet, Hermès, etc- aportó más de 200 millones de euros para iniciar la reconstrucción del símbolo de Paris, posición a la que rápidamente se sumaron varios otros  más, que duplicaron aquel monto. Aquí, frente a la situación por todos conocida, la respuesta del empresario equivalente al mencionado más arrriba, resultó en el despido de 1500 obreros, por la falta de ingresos generado en la paralización de las obras a las que se encontraba abocada su empresa. Este episodio, no se refiere a las virtudes individuales, ni tampoco a la ética, quizás pueda vincularse a la moral de un pueblo que hace mucho ha olvidado porque comparten un  mismo territorio, que debieran proyectarse en un futuro común y coincidir en las costumbres de convivencia y que, sin embargo, cumplen a diario el ritual necesario para repetir  su pasado  y destruir su futuro.

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