JUEGO DE JUECES

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Ferdinand Amunchasteguy.  Cuando las tropas de Napoleón intentaban avanzar por las heladas estepas de Rusia, lo hacían con mejor ánimo que el que la humanidad muestra hoy para transitar esta pandemia, de la que incluso algunos, han comenzado a dudar. Bien es cierto que para darle andamiento a esa posibilidad es necesario hallarse muy consustanciado con las teorías conspirativas y traer en la mochila una buena dosis de paranoia.

Sin embargo, y a pesar de la advertencia hecha, los sucesos de los últimos días parecen indicar que, además de respiradores, han de faltar chalecos en la Argentina. Las expresiones de rechazo a la cuarentena, se han multiplicado, no solo como juicios de opinión, sino como claros actos de desobediencia civil, que, los más temerosos intentaron encubrir con ropajes religiosos o festivos, los más audaces, evidenciando la impunidad que puede rodear sus actos y los demás en marchas -de las que hacía tiempo nos habíamos privado- en los que se reclama el fin del encierro incierto al que estamos sometidos.

El obelisco, que funge al Cabildo colonial, se ha convertido en el punto de reunión de los porteños, sea para festejar un triunfo futbolístico, la adhesión a una fuerza política, el reclamo de algún subsidio que pretende mejorarse, el fin de alguna discriminación o, ahora, el final del encierro saludable.

Obviamente, las exteriorizaciones adquirieron las características del sector al que respondían, los cordobeses con poca originalidad y recurriendo a sus posturas “vintage” intentaron remedar un petit  cordobazo, que quedó muy lejos de las revueltas setentistas; los pobladores de Nordelta, en cambio, con sus autos lustrosos, proclamaron su derecho a que el personal de servicio sea liberado para asistirlos, mientras que los que se acercaron al obelisco, de una clase media más joven y menos floreciente, se dedicaron a pelearse entre ellos en una clara demostración del comportamiento de masas.

Claro que mientras todo esto sucedía, también pasaban otras cosas, que la gente, entretenida, pasó por alto sin advertirlo casi.  Respecto de la cuarentena, sorpresivamente se oyó la voz del Ministro Lorenzetti, -qué haciendo recordar alguno de los decires del también ministro Petracchi, su colega en el tiempo- deslizó como al pasar, que las cuarentenas y los aislamientos deben tener un punto final y son legítimas mientras tengan una duración razonable.

Si bien aparenta ser un juicio inofensivo, anticipa una posición que posiblemente encierre varios mensajes. El primero, que cuando algún amparo o reclamo por la medida draconiano impuesta, llegue hasta su escritorio, no está dispuesto a convalidarla sin más, sino que realizará un juicio sobre sus características y modalidades, segundo, y no de menos trascendencia, que, nuevamente, intenta constituirse en la voz del Tribunal, lugar del que había sido desalojado por la maniobra de su par, Rosencratz, que, sin embargo, nunca consiguió adquirir el manejo del esquivo grupo de juristas.

Sin perjuicio de ese pequeño movimiento realizado por el ex Presidente del Tribunal, y quizás en una maniobra que pudiera serle funcional, ha comenzado a trascender la posibilidad de que se incremente el número de miembros de la Corte. La incorporación de dos o cuatro nuevos Jueces -según las versiones que se escuchen-obviamente, ha de generar la elección de Autoridades, proceso en el que Lorenzetti lleva importante ventaja, sea porque Rosencrazt no ha demostrado ser hábil para instalar al Poder Judicial en el lugar que le corresponde, sea porque su origen aparece demasiado vinculado al Macrismo, hoy por hoy, no en sus mejores momentos.

Así, excepción hecha del Ministro Rosatti, no existiría para que la esperanza de Lorenzetti se concrete, obstáculo alguno, dando por cierto que ninguno de los recién llegados tendría la posibilidad de pretender ese lugar, justamente, por su juventud en el Cuerpo.

 

Esa reforma sugerida, encontraría su fundamento en la necesidad de darle nuevamente contenido constitucional   a los pronunciamientos de dicho Tribunal, que se ha convertido en tercera o cuarta instancia de las decisiones de los tribunales inferiores, extremo ese que nunca pretendieron asignarle nuestros constituyentes,        que lo imaginaron exclusivamente, para resguardo de los principios y garantías consagradas en la Carta Magna.

Junto con ese imperceptible movimiento cortesano, el Ejecutivo ha señalado que está dispuesto a producir una reforma judicial que, por lo que se sabe, no es tal, sino una decisión encaminada a reducir la influencia de los jueces federales actuales, a los que no se considera confiables o idóneos para ejercer el poder que la Constitución les ha concedido. Podemos ser categóricos en nuestra afirmación, pues es de fácil comprensión que una “reforma judicial” es aquella que mejora para el ciudadano el servicio de justicia y no aquella que solo debilita la intervención de los Magistrados que intervienen, por su competencia, en los temas que involucran al Gobierno en los hechos que pueden evidenciar un desvío en el ejercicio de sus funciones.

Si los actuales jueces federales merecen algún reproche, la solución no es mantenerlos en sus cargos, pero con una intervención limitada por el aumento del número de sus colegas, ya que si son dañinos , no los mejora que puedan volcar su torpeza sobre menos expedientes , y si solo se busca aumentar su número para contar con adhesiones futuras , el camino elegido debe ser rechazado por resultar, exclusivamente una maniobra para restar independencia al único poder que puede poner freno a los excesos de los otros.

Según trascendió, el fuero federal local, se integraría con los 12 jueces actuales, a los que añadirían 11 del fuero penal económico- que salvo por haber sido designados en su mayoría antes de 2015- no presentan ninguna afinidad que les ponga por delante de otros Magistrados para convertirse en federales, y 23 nuevos designados -que deberán ser elegidos dentro del próximo año-. En ese contexto, lo único que se advierte es el propósito de restar independencia al Poder Judicial y menguar la eficacia de su accionar, antes que mejorar alguna de sus actividades.

El punto de inflexión es de extrema sensibilidad y, como si comenzase a convertirse en una técnica de justificación, el argumento de restringir libertades e independencias en aras de un fin superior, comienza a convertirse en habitual -permaneceremos encerrados por que se nos protege del mal- para evitar que unos malos jueces nos juzguen nombraremos muchos más (ojalá que buenos) para que, estadísticamente, los malos reduzcan el porcentaje de su daño. No parece el mejor camino para lograr una República sana, quizás estemos frente al Senado Romano, pero no sabemos quién es Cesar, quien Bruto, ni quien el verdadero dueño de la República.

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