EL VALOR DE LAS PALABRAS.

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Ferdinand Amunchasteguy. El valor de las palabras se ha convertido en una ciencia que permite asignarle a los discursos un contenido que trasciende, incluso, el que se intenta trasmitir en apariencia. La lectura entre líneas se ha convertido en una actividad cotidiana que, casi todos, nos atrevemos a afrontar. Junto con esta nueva modalidad de interpretación de la realidad oral, se ha instalado lo que se ha dado en llamar “análisis contrafáctico” que construye una interpretación de los hechos a partir lo aquello que no ha sucedido en la realidad.

Este galimatías permite teorizar, sin necesidad de realizar un examen minucioso, sobre las consecuencias que podrían haber sobrevenido si los hechos hubiesen ocurrido de un modo distinto al de aquel en el que efectivamente sucedieron. En pocas palabras, un ejercicio de gabinete que explica lo que no es necesario analizar. Sin embargo, solo por un instante, seguiremos ese camino, vinculándolo al virus que tan a mal traer nos tiene.

La razón, de emplear un método al que no adherimos, solo tiene sentido para imaginar que hubiese ocurrido en el mundo , si la OMS no hubiese tenido la ocurrencia de señalar que  el Covid 19 era una “pandemia”. Es claro poder anticipar que, de no existir esa declaración, ninguna de las medidas dispuestas por las Autoridades de nuestro país hubiese podido prosperar. La clara lesión a los derechos individuales no hubiera soportado el control judicial y las decisiones hubieran sido detenidas con poco esfuerzo.

Planteado ese escenario ficticio, es permitido interrogarnos respecto de la entidad que posee una declaración de esas características, para borrar la construcción jurídica de nuestros constituyentes, cuando decidieron la Organización Nacional. En los hechos, las garantías que la Constitución acuerda a sus ciudadanos ha cedido frente a las características con que se ha instalado el virus y el consecuente temor surgido en el ánimo de los habitantes.

Establecidas así las cosas, cabría preguntarse si alguna de las medidas restrictivas podría prolongarse, con algún otro fundamento más o menos defendible desde las urgencias, finalizada la incierta pandemia de la que muchos ya quieren dudar. George Orwell, tan citado últimamente por su novela “1984”, también será citado aquí: “.. Lo importante es mantener a la población en estado de continuo miedo,…., así se mantiene un estado de emergencia nacional interminable justificando cualquier abuso de las autoridades”.

La ficción que no necesariamente debe ocurrir, no deja sin embargo, de anidar en alguna de las cabezas que se encuentran alteradas por la extensa cuarentena a la que se encuentran sometidas, y recuerdan otra de las eficaces figuras utilizadas por Orwell en otra de sus obras trascendentes -Rebelión en la Granja- cuándo menciona  el principio instalado por los animales que gobiernan la granja después de desplazar a los humanos y que rezaba que “todos los anímale son iguales,  aunque algunos son más iguales que otros”.

En realidad, lo que va dicho intenta recoger las sensaciones que, cada vez de un modo más evidente, empiezan a trascender entre los ciudadanos que sienten hostilidad hacia ellos, a consecuencia  de las decisiones tomadas por  el Gobierno. Podrá responderse que son razonamientos caprichosos, producto exclusivamente de un desinterés o de la irresponsabilidad social de quienes así se pronuncian.

Sin embargo, y más allá del apagado sentido de la solidaridad que posee nuestra sociedad, debe computarse que esas manifestaciones resultan también producto del prolongado encierro. Cierto es que casi todas las razones dadas para mantenerlo encuentran razón en la protección de la salud pública, pero no lo es menos que dicho encierro favorece los razonamientos torcidos. Baste como ejemplo recordar como los jóvenes que participan de los reality show en los que permanecen varios meses encerrados, al salir son la evidencia empírica de los efectos emocionales y psicológicos del aislamiento prolongado, alternativa que más allá del rating o los sponsors, puede trasladarse como consecuencia, también, a aquellos que hoy se encuentran sometidos a la misma situación, aunque sin la vocación de hacerse famosos .

Finalmente, y para enturbiar aún más la conclusión, no debe soslayarse que, en la Argentina, todas aquellas situaciones que se han presentado como decisiones de emergencia, se han extendido hasta resultar habituales, circunstancia que impone redoblar los cuidados para no deslizarse a un régimen contrario a aquel con el que pretendemos conducirnos desde Mayo de hace más de dos siglos.

 

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