DE FORTALEZAS PRESENTES Y TSUNAMIS FUTUROS.

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Por: Luis Tonelli. No podía haber magia. Los efectos económicos de la cuarentena total están golpeando con intensidad creciente a la sociedad argentina. No hay recesión anterior que pueda equipararse. La economía está en coma inducido, pero lo cierto es que las empresas que caen no se podrán activar de la noche a la mañana cuando pase la pandemia (de cuya finalización estamos cada vez más cerca, aunque no sabemos a cuanta distancia estemos de ella).

Se habla de una caída del PBI de 16 puntos en el segundo trimestre (aunque algunos la estiran a más de 20 puntos). La economía en el 2002, cuando al estallido de la convertibilidad le sucedió la hiperdevaluación asimétrica duhaldista, cayo 16% (en gran medida por la caída en la paridad del peso con el dólar). Pero esta reducción del PBI es por la reducción espantosa tanto del consumo como de la producción. No se podía esperar menos con la gente en la casa.

Es totalmente contrafáctico (o sea, un pasatiempo) discutir a esta altura del partido si al Presidente Alberto Fernández se le presentaban otras opciones cuando tomó la decisión de imponer a nivel nacional (con semejante expansión territorial de la Argentina) la cuarentena total. Como el mismo lo manifestó (y lo sigue diciendo, aunque de modo mucho más moderado) primero se imponía responder a la amenaza a la salud, y después venía la economía. Ahora dicen desde el Gobierno que vienen juntas, abandonando levemente la primera versión discursiva que hacía gala del típico populismo peronista-kirchnerista: la culpa es del neoliberalismo -por la expansión del virus que causó la globalización- y la crisis la pagan los ricos  -que hicieron pingües ganancias durante la globalización-.

La crisis del capitalismo global, sin embargo, no ha sido causada por un organismo microscópico, como les gusta repetir al Presidente y al Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, en un coro que cada vez desafina más fuerte. La crisis se debe a su remedio, la cuarentena total, que es la única herramienta efectiva que nuestros Estados occidentales han tomado de la tecnología moderna (esa misma que nos ha permitido mandar cohetes al espacio desconocido y hacer que los niños no molesten cuando comemos  -gracias a los jueguitos del celular-).

O sea, la misma terapia reclusiva que se usa desde hace unos 3400 años atrás, sin mayores cambios -y complementada por un invento clave de principios del siglo pasado, el respirador artificial-. Después tenemos estadístisticas sofisticadas, que hasta ahora solo nos dicen cuántos son los muertos que contamos como causados por el coronavirus, cuántos infectados descubrimos, cuántos de ellos son hospitalizados, y cuánto de ellos se curan. Todos datos tremendamente endebles, ya que dependen de un numero de testeo que es variable tanto en cantidad como a quienes se testean, como de la definición misma de “enfermo de coronavirus” (sujeta muchas veces a la gravedad con que se manifiesta la enfermedad y en muchos casos, considerándose la causa del deceso la enfermedad que el COVID-19 potenció, no siendo contado como víctima del virus).

Y por supuesto, también tenemos toda la parafernalia de la tecnología de la hipercomunicación de punta para difundir las más estúpidas elucubraciones, tenernos todo el día sometidos a la insistencia periodística monotemática, explotando nuestro miedo natural al virus, y difundir las fake news más obvias. Y también, cosa que no se tenía en el medioevo, permite una comunicación digital bastante flúída entre los confinados. O sea, la globalización terrestre facilitó la pandemia (y que decir si el virus fue un producto de laboratorio), cosa que causó la cuarentena, que a su vez expande la globalización virtual, conectando a los cuarentenados.

La tecnología si ha sido usada en Oriente para enfrentar de modo más efectivo a la pandemia. Países como China y Corea del Sur han conjugado el desarrollo de su industria tecnológica con una cultura de sumisión y disciplina que no se queja de la vigilancia y rastreo permanente (y si se quejan, dejan de hacerlo por fuerza mayor), de la que se aprovechó Mao, y sigue haciéndolo el PCCh. Allí Geolocalización (para rastrear a los posibles infectados y controlar su aislamiento posterior), Análisis de redes (para detectar los contactos potenciales de los contagiados), y BIG DATA (para utilizar toda información que se tiene a mano). Se utilizan corrientemente para luchar contra la pandemia. La gran ironía es que esa es tecnología estándar que usan las miles de cookies que nos envían los portales web desde hace años, de las cuales los Estados occidentales no hacen uso contra la peste. O sea, ellos han servido para hacer que consumamos más pero no para que no nos consuma el virus.

Se esgrimen con razón las amenazas a la libertad, pero no recreamos sistemas de transparencia y anonimato en la vigilancia estatal con la participación de oposiciones y ONGs. Así nos negamos a usar la tecnología que tenemos a mano (de todas maneras, si hemos permitido la “cuarentena comunitaria” en las villas, dejando adentro a los grupos de riesgo, y más aún, fallamos en organizar colas de jubilados, y proteger a los geriátricos, a las cárceles y a los trabajadores de la salud, que caen como chorlitos, tenemos un gran problema de déficit de la tecnología biopolítica estatal más elemental). Lo mismo sucede con la ayuda estatal, que es del orden de 3 puntos del PBI cuando en Europa ha sido del 25%, en EEUU del 20%, y en Chile del 15% (lo que hace del gobierno peronista el más neoliberal del mundo). Estamos ante la limitación que el peso ni siquiera es una cuasi moneda, sino un pseudo moneda y la emisión se vuelve inflación y presión sobre el dólar inmediatamente, pero de nuevo, ¿Dónde está la tecnología para gambetearle a esos problemas, y máxime con los argentinos encerrados en el corralón de la cuarentena?).

Si es así, estamos absolutamente condenados solo a repetir los ciclos de cuarentena y reinfectación (cuyas olas sucesivas pueden ser incluso más fuertes que en la primera -alerta Argentina con eso!- esperando la vacuna Godot, o cualquier cura que aparezca. Sin embargo, la ciencia no sabe hoy cuánto dura la autoinmunización contra el dichoso COVID 19.

En síntesis, el Presidente ha posiblemente echado a mano a la única herramienta con la que contaba, la cuarentena total,  lo que hasta el momento evitó la propagación el ritmo de multiplicación exponencial de la epidemia. Las cifras de apoyo de la opinión pública a su gestión son impresionantes (e impresionan tanto a la oposición que se muestra impotente frente a ella). Ha conseguido gracias a la desgracia del coronavirus y de su la afortunada efectividad para controlarlo inicialmente conquistar el Sillón de Rivadavia. Pero son dos y no una las amenazas que enfrenta su Gobierno: la pandemia y un parate económico sin precedentes, nacional y mundial.

Si sale airoso de esas pruebas abismales (cosa que es lo mismo que decir que los argentinos también lo hagamos) seguramente la avenida 9 de Julio de la Ciudad de Buenos Aires, llevará su nombre -aún en vida-). Pero ante la perspectiva de las dificultades que pueden presentarse, uno le recomendaría que en vez de solo recostarse en el coro de asesores epimediológicos, ponga en marcha cuanto antes, un amplio acuerdo político, económico y social. Por si las moscas (o el coronavirus).

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