CARTA DEL EDITOR.

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Hoy ya estamos en el dintel de la Semana Santa. Es el lapso más intenso del cristianismo, por las reflexiones que provoca. Todas las religiones –y sus grandes culturas- tienen sus tiempos de  meditación y proyecto  de vida, singular y social.

Pero la  sociedad cayó gradualmente en brazos de una precoz pausa vacacional de otoño.  La desgracia de la pandemia cerró la puerta de la diversión fugaz de la festiva pausa otoñal. Ahora la preocupación recae sobre el día a día en la Argentina.

Ni siquiera distrae la gravedad de la enfermedad en el mundo, donde estamos insertos. Se rezaga definir el destino de la Argentina. Falta generar liderazgos imprescindibles y hoy urgentes. La sociedad, tarde o temprano se hará cargo de esos pendientes.

El Presidente se ganó el beneplácito de la sociedad por su rápida reacción ante la crisis. Ese apoyo exige vulnerabilidad moral de su gobierno y eficiencia en el manejo de la administración. La corrupción que lastima al locuaz ministro Arroyo es una herida abierta, o el maltrato sufrida por un grupo creciente de personas a la espera de que se cumpla con los recursos que  les corresponden, no ayudan al Presidente. Tampoco agraviar a empresarios ni ejemplificar con sindicalistas oscuros.  Inútil molestarse con las redes o las versiones de la prensa. No hay tiempo para la susceptibilidad o el resentimiento. La responsabilidad es tanta que exige el dominio del carácter y del decir.

No vale la pena. No ayudan a la situación los pozos ciegos del Gobierno y la Oposición.

No está de más en estas Pascuas inminentes recordar las palabras del Profeta ((Isaías 26:20)

«Anda, pueblo mío, entra en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas; escóndete un poquito, por un momento, en tanto que pasa la ira de Dios.”

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