APOSTILLAS DEL 17A

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Carlos Fara. La semana pasada titulamos nuestra columna “Se terminó la cuarentena” y el presidente nos dio la razón. Al día siguiente dijo “de qué cuarentena me hablan?”, entre otras cosas influido por los expertos que le aconsejaron no seguir mencionando el término. Esa redefinición no desalentó la movilización del 17A de todos modos. Vamos a tratar de despejar algunos elementos de lo que ocurrió el lunes pasado.

 

  1. Más allá de la diversidad de reclamos que hubo (economía, cuarentena, república, grieta, inseguridad, corrupción, etc.), la movilización fue un termómetro de la intensidad del fastidio de una parte de la población. Muestra el clima de opinión que describimos en la columna de la semana pasada.

 

  1. El hecho de que haya sido la movilización más fuerte de las que se convocaron desde la cuarentena indica no solo un estado de ánimo en un sector, sino también una predisposición energética. En esto sin duda ayudan los 153 días de encierro (al momento de escribir estas líneas), para la búsqueda de oxigenación en el amplio sentido del término y una necesidad de hacer catarsis.

 

  1. De todos modos, la movilización no es una encuesta de opinión pública. Es la expresión de una parte de la sociedad –mayormente opositora, lógicamente- pero no retrata el promedio social. El presidente sigue recogiendo más aprobación que desaprobación, pese a que la tendencia favorable viene en baja desde hace unos 3 meses.

 

  1. Fue una movilización opositora más que una movilización de la oposición. Esto dispara interrogantes sobre el rol de la oposición, lo cual –a nuestro juicio- está pobremente analizado en los medios. Más de un periodista dijo “a ver si la oposición se anima más después de esta movilización”. La pregunta del consultor político es: ¿animarse más a qué? a confrontar más? a liderar más marchas? a gritar más fuerte? a encadenarse al Congreso para que no se trate la reforma judicial? Las cuestiones del poder se resuelven con estrategia, no comportándose como un ciudadano más ya que los roles son distintos (aunque a más de un opinólogo pareciera que eso no le queda claro). Por enésima vez recordamos la frase del nunca bien ponderado Giulio Andreotti: “el poder desgasta, sobre todo cuando no se tiene”.

  1. Como debería ser obvio, ninguna movilización es totalmente espontánea. Eso no tiene ningún misterio. De hecho la motorizó Luis Brandoni, cuya identificación partidaria es histórica, y muchos dirigentes de Cambiemos la viralizaron. Es legítimo y no merece mayor comentario.

 

  1. Otro error conceptual que anduvo dando vueltas es que la movilización se produce por ausencia de representación política, que si la gente estuviera bien representada no tendría que salir a la calle. La movilización ciudadana, sectorial, gremial, etc. no es un defecto del sistema, es solo un componente. Los sectores no solo se movilización a veces por ausencia de referencia, sino también para contagiar a otros, como una demostración de poder, por un estado de ánimo, por un reclamo puntual, para apoyar una iniciativa, etc. Las motivaciones pueden ser múltiples. Ergo, no es cierto que la Argentina esté mal representada. Al menos un 70 % seguro está alineada electoralmente con alguna fuerza política (lo cual no significa que sea simpatizante o adherente, pero ese es otro tema): un tercio peronista / kirchnerista, un tercio macrista / cambiemita; y otros segmentos. Después de 1983 que no teníamos una elección presidencial tan polarizada.

 

  1. Los ciudadanos sobrepasan a los dirigentes? Sí, muchas veces, lo cual no es malo en sí mismo. La famosa frase de Perón “con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes” ya está vieja en la era de las redes sociales, la horizontalidad y el empoderamiento ciudadano. Era un buen slogan para la sociedad industrial. De modo que si queremos que los nuevos liderazgos sean más ciudadanos y menos verticales es incongruente con esperar que los dirigentes lideren todo.

 

  1. La pregunta del millón: quién capitaliza esto? Probablemente nadie, pero no necesariamente por error, sino por cuestiones de timing y estrategia. En primer lugar, si el ciudadano movilizado el 17A se siente dueño de la gesta, es contraproducente que algún dirigente se quiera llevar el trofeo a su casa. En segundo lugar, si alguien capitaliza hoy ¿cuánto le dura? (a Alberto la luna de miel “cuarentenada” le duró no más de 3 meses). En tercer término, hay algunos que quieren liderar, pero creen que no es el momento de ponerse a sacar cuentas (fundamentalmente Rodríguez Larreta). Esto recién empieza.

 

El gobierno no retirará la reforma del Congreso por el 17A. Más allá de convencimiento ideológico, hay necesidades perentorias muy concretas. Bajar una bandera (Vicentín) vaya y pase. Bajar una segunda, ya sería muestra de debilidad. A la tercera, cualquier perro te ladra.