ANIMALES VESTIDOS

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John Carlin ​es escritor y periodista británico. Los dos tópicos que más frecuenta se centra en política y deporte. Su libro Playing the Enemy, publicado en 2008, tuvo gran aceptación entre el público y la crítica literaria.​​

Las cientos de millones de personas, en su mayoría prósperas, que estamos confinadas vivimos en condiciones similares a las especies que habitan las selvas y las praderas.

La pandemia de coronavirus es muchas cosas, ante todo una tragedia humana y un desastre para nuestras condiciones materiales de vida. Pero también es una lección de humildad. Nos revela que lejos de ser los amos de la Tierra, los humanos somos un animal más.

Muchos pensábamos que nuestros conocimientos nos colocaban un eslabón por encima del resto de los habitantes de esta bola giratoria, tan insignificante ella en la infinidad del espacio y del universo. Tenemos mucha más capacidad destructiva que nuestros vecinos planetarios, con la posible excepción de los murciélagos, pero nunca lograremos el control al que aspiramos sobre nuestros destinos. Tragamos vitaminas, cuidamos el colesterol, intentamos reducir el consumo de carne y tabaco y alcohol, vamos al gimnasio pero al final da igual.

Envejecemos (si tenemos suerte) y nos morimos. Estamos tanto a la merced del azar o de la naturaleza como los pájaros, o los peces, o los jabalíes que en estos tiempos de plaga nos hacen visitas nocturnas acá en el mero centro de Barcelona. No sabemos qué hacer contra un minúsculo virus que carece de brazos y de piernas, de ojos, de oídos, de un cerebro, del gusto por la comida, por el vino, la música, el arte, el sexo, o por Leo Messi.

Hemos inventado la rueda, la pólvora e Internet; hemos construido las pirámides y el Empire State Building; hemos ido a la luna y hemos enviado un autito a Marte. Pero la ciencia, fuente de todas estas maravillas, no sabe cómo combatir a este bichito invisible, a esta ridiculez del coronavirus​.

La ciencia no sabe por qué los chicos no sucumben a la infección. No sabe

porque los hombres parecen ser más vulnerables que las mujeres. No sabe si, una vez recuperado de la enfermedad, uno se vuelve inmune. No sabe cuánta gente ha sido infectada, ergo no tiene ni idea cuál él es el índice de mortalidad.

Podría ser que uno de cada diez se muere, como sugieren las cifras oficiales españolas, o que uno de cada mil, como propusieron esta semana los grandes cerebros del Imperial College de Londres. Ellos mantienen que el virus ya ha transitado por el 15 por ciento de la población española, es decir siete millones de personas. Si el Imperial College acierta, entonces, las posibilidades de morirse tras sufrir la invasión del virus podrían ser alrededor del 0,1%, parecidas a las cifras para la gripe común y corriente. ¿Será verdad? Ojalá, pero muchos científicos lo disputa, lo cual no nos dice nada salvo que existe una división teológica de opiniones. Podríamos estar hablando del misterio de la Santísima Trinidad.

Otra cosa que la ciencia aún no sabe es si el bicho es igual de virulento cuando hace calor que cuando hace frío. La cuestión es de crítica importancia en cuanto al destino de los países pobres tropicales. Muchos temen que si el virus pega igual de duro en Nicaragua, Nigeria o Etiopía que en Lombardía, Madrid o Nueva York la catástrofe puede llegar a ser bíblica. No solo porqué el colapso que ha provocado el virus en los sistemas sanitarios en los países ricos sería un juego de niños en comparación, sino porque el único consenso que hay por ahora sobre cómo frenar la enfermedad es el aislamiento social, cosa imposible en África dónde el 30 por ciento de la población vive en apretadísimas chabolas urbanas.

La gran cuestión a la que se enfrenta el mundo ahora es si el coronavirus arrasará en los países pobres donde, hasta ahora, apenas ha pegado. La medida de lo ignorantes que seguimos siendo, pese a tanto avance científico, es que desconocemos algo tan básico como si el virus resiste las temperaturas altas.

La otra gran cuestión es si se inventará la ansiada vacuna. El problema es que aunque se descubra la poción mágica, nadie sabe si el virus mutará o si surgirá una epidemia nueva que nos cazará igual de indefensos que ahora, tan vulnerables como una manada de elefantes en época de sequía.

El regreso que se vislumbra a nuestro estado animal no es una abstracción. Las cientas de millones de personas, en su mayoría prósperas, que estamos confinadas hoy vivimos en condiciones similares a las especies que habitan las selvas y las praderas, inclusive los océanos. Siempre ha sido así en la esencia de nuestra condición humana solo que ya no nos podemos engañar más. Somos monos con faldas, o con pantalones.

La gran mayoría vivimos hoy la vida ociosa de nuestro primo gorila, sin noción del futuro, sin poder hacer planes -cosa que pensábamos que nos diferenciaba de los demás animales-. Dormimos, comemos y, si tenemos la oportunidad, hacemos lo necesario para reproducirnos. Y encima hoy, en el zoológico, enjaulados. Algunos nos entretenemos con el teletrabajo, que no es nada más que una manera complicada de buscar comida, como lobos que cazan en equipo; y también una opción para pasar el tiempo jugando, como los delfines. Por lo demás, hacemos lo que podemos para evitar la muerte, como todo ser vivo, hasta que ya no hay más remedio y buenas noches.

Ahora, hay una cosa que sí saben los científicos. Esto lo tienen bien investigado. Que el punto de partida y el gran hervidero de estos víruses tan malignos para el ser humano es el murciélago. Con lo cual, ya que lo que más nos distingue de los demás animales es nuestra capacidad depredadora, quizá deberíamos ponernos manos a la obra y hacer lo que, desde tiempos ancestrales, se nos da mejor: emprender una campaña global para exterminar a los murciélagos de la faz de la tierra.

En inglés los murciélagos se llaman bats. Propongo el baticidio como solución temporal al problema que nos asola. No debería ser tan difícil para la especie que inventó la bomba atómica y las cámaras de gas. Igual me equivoco. Igual acabar con los murciélagos generaría otra catástrofe natural. No sé. Sé incluso menos que los científicos.

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